Pages

Featured post

50 años de Lawrence of Arabia

Este año se cumplen 50 años de una de las películas más canónicas en la historia del cine. La épica dirigida por el británico David Lean...

Mar 17, 2013

The Host (La huésped)

The Host (La huésped)

Tras el éxito rotundo del fenómeno Twilight, la saga de romance-ficción que desde 2008 ha recaudado cerca de dos mil millones de dólares en taquilla y ha colocado a su creadora, la estadounidense Stephanie Meyer, como la productora de mayor notoriedad y ventas dentro del sector púber-adolescente de espectadores –superando incluso a JK Rowling, creadora de Harry Potter–, es que se estrena con enorme anticipación The Host, un romance de corte clásico y ambientación futurista adaptada al lenguaje fílmico por el talentoso escritor y director Andrew Niccol.

Oficinista de tiempo completo devenida escritora de best-sellers, Meyer incursionó en el mundo del espectáculo casi por accidente. Según cuenta, Twilight fue soñada en partes, y escrita sin más expectativas que ser leída por ella y su círculo cercano. Esta modesta afición pronto se convirtió en una novela de trece capítulos que en principio fue rechazada por varias editoriales, y después peleada por otras cuantas. Súbitamente se convirtió en best-seller nacional. La biografía de Meyer remite a la de la escocesa JK Rolling en muchos sentidos; ambas son atentas lectoras que no han forjado su talento en universidades ni escuelas profesionales de escritores, y ciertamente han estado en el lugar y momento propicios.


Una historia futurista con influencias clásicas
Lectora de romances clásicos –Meyer cita como escritores clave a Shakespeare y Jane Austen–, y de la narrativa gótica, las historias de Meyer son el lógico resultado de sus hábitos literarios; sobre todo a esto se puede atribuir el éxito que su historia sobre un motivo eminentemente romántico como el vampiro, ha tenido entre sus lectores adolescentes.

La posesión del cuerpo humano por un ente extraño obliga a preguntar qué significa ser humano. The Host es la historia de seres extraños que invaden la tierra y el cuerpo de los humanos (los huéspedes). La protagonista, Melanie Stryder, es una humana que se resiste a ser invadida completamente por su “visitante”. Dicha resistencia consiste en proteger lo único que no ha sido invadido del todo: su mente. Melanie forzará a su ocupante a recordar las experiencias que la hicieron humana, y a visualizar el deseo que siente por Jared, el último humano que no ha sido invadido. De esta pulsión vital se concatenan una serie de eventos alrededor de un agitado triángulo amoroso.

Niccol y su estética futurista
Alejada ya de la narrativa del vampiro, The Host está más cercana al Lasher de Anne Rice y a la ciencia ficción; se puede pensar incluso en la relación replicantes/humanos que planteaba Blade Runner. Para adaptar este relato al cine, la productora de Meyer ha reclutado a alguien con solvencia en la estética futurista, Andrew Niccol, quien debutó en 1997 con la destacable Gattaca,  puesta en escena en un futuro no muy lejano donde se practica la ingeniería social, “mejorando” a la especie humana por medio de la manipulación genética.

Gattaca fue nominada al óscar en el rubro de mejor diseño de producción, con una estética que tomaba elementos prestados de la arquitectura modernista de los 50 y el cine negro, en la continuación de las visualidades expuestas en cintas como Terminator (84) o Blade Runner (82).

En S1m0ne de 2002, Niccol se centra en el reemplazo del humano por la máquina, aunque en un tono más romántico. El presupuesto de esta película fue bastante modesto, por lo que no se aprecia una producción visual significativa. En 2011 Niccol regresó con una ambiciosa película protagonizada por la estrella pop Justin Timberlake. In Time es otra distopía que transcurre en el año 2169, en la que los humanos dejan de envejecer al cumplir los 25 años. Sorprendentemente Niccol no recurrió a un complicado diseño de producción, sino que el tratamiento visual recae primordialmente en la fotografía.

En The Host el diseño de producción no se distancia mucho del de In Time, en el aprovechamiento de ambientes naturales y abiertos donde conviven y actúan los humanos, y en contraste, espacios generados por computadora donde transcurre el conflicto con los entes. Sin embargo, evocando a Gattaca, Niccol recurre de nuevo a su gusto por el trazo modernista, notorio en el diseño de edificios tanto como helicópteros y hasta planchas de hospital. Es interesante el recurso del modernismo en las distopías de este director: ¿nos invita a constatar, desde este punto post en la historia, que el futuro nunca llegó? 

Queda esto como un apunte para reflexionar en esta película realizada por la mancuerna Meyer-Niccol, que seguramente satisfará a públicos más amplios que los seguidores de los romances adolescentes y de la ciencia ficción.

A LA VISTA: más de Meyer y Niccol
Stephanie Meyer está produciendo la adaptación fílmica de Down A Dark Hall (1974) de Lois Duncan, una de las escritoras norteamericanas más populares del género de fantasía y misterio. Esta adaptación versa sobre las vivencias de una adolescente en un misterioso internado.

Aún sin planes para ser transportados al medio fílmico, Prom Nights From Hell es un conjunto de relatos de misterio en el que participa Meyer junto a otros escritores. Su historia, Hell On Earth, continúa con los motivos de la escritora.

En 2005 Andrew Niccol se apartó brevemente de su interés por la ciencia ficción para incursionar más dentro del terreno del comentario político con la película Lord of War. En ella contó con la actuación de Nicolas Cage, Donald Sutherland y Ethan Hawke (Gattaca) en un relato sobre un mercenario-empresario ruso que trafica con armas legal e ilegalmente. En su agenda destacan los contactos tanto de la mafia, como de los Estados pertenecientes al Consejo de seguridad de la ONU. Imposible no pensar en la relevancia de este tema, sobre todo en las crisis que se han suscitado en Estados Unidos durante los años recientes, promovidas y aprovechadas por la industria armamentista.

World War Z

World War Z

La figura del muerto viviente, portador de un mal peor que la peste y con altísimo grado de contagio, más conocido como zombie, se disputa este verano el reino como el depositario número uno del miedo colectivo. Por colectivo se creía el miedo de un determinado grupo de personas, pertenecientes a un país o una fracción de continente, como se recuerda en la reciente 28 días después (Danny Boyle, 2003), o la clásica Invasion of the Body Snatchers (Don Siegel, 1956). En World War Z esa amenaza se ha vuelto global e inmediata: una pandemia de consecuencias tan catastróficas que la raza humana corre el riesgo de extinguirse.

Producida y protagonizada por Brad Pitt, con apoyo de la Paramount y la productora del joven multimillonario David Ellison (que se perfila, como su hermana Megan, como dos productores cinematográficos a los que hay que prestar atención), esta ambiciosa historia se basa en la novela homónima escrita por Max Brooks en 2006, a su vez basada en los relatos de historia oral que Studs Terkel hizo sobre la Segunda Guerra Mundial en su novela The Good War, y que le valió el premio Pulitzer en 1985.

Atenta a las fuentes históricas orales como estrategia narrativa (la historia oral es el relato de viva voz de actores participantes en algún evento histórico) y con ecos del periodismo de guerra, World War Z es el relato del delegado de la ONU y padre de familia Gerry Lane, quien, ante el brote de la pandemia, decide colaborar con la organización y los gobiernos aliados para intentar frenarla. Lane ha viajado a varias partes del mundo con la misión de documentar el fenómeno zombie, que antes del brote pandémico se consideraba excepcional, por lo que su experiencia será clave en la búsqueda por controlar esta amenaza global.

A diferencia de otras películas que se circunscriben a la figura del muerto viviente, Word War Z resulta mucho más ambiciosa: el zombie es lo que motiva una historia que pronto se desenvuelve en varios nudos dramáticos que exceden por mucho los límites del género del horror. Así, WWZ es en partes iguales una película de horror, como un thriller político que astutamente echa mano del documental ficcionado (o “falso documental”) para reforzar su retórica: tomas aéreas y a ras de suelo, cámaras fijas y de mano, y un manejo magistral de enormes multitudes humanas que huyen despavoridas de muertos vivientes que se parecen físicamente tanto a ellos, que en estas escenas caóticas es prácticamente imposible distinguir unos de otros. 

Al director Marc Forster le ha funcionado espléndidamente esta estrategia híper-realista, de noticiero de televisión, pero sin coquetear nunca visualidades sucias o explotadoras (en el sentido del subgénero “exploitative”) del periodismo amarillista, o incluso el gore. Los tonos marrones de post-guerra en WWZ recuerdan no sólo a distopías apocalípticas y sombrías como War of the Worlds (Spielberg, 2005), sino que su fotografía está más cercana al fotoperiodismo, e incluso por momentos remite a las escalofriantes escenas de la magnífica cinta sueca Songs From The Second Floor (Roy Anderson, 2000), donde los muertos se desprenden de la tierra.

Esto se debe al talento del veterano Robert Richardson, con tres óscares en su haber por cintas como The Aviator o Hugo, y a quien caracteriza su estética sobria e inteligentemente correspondiente al relato y sus tonos dramáticos. Además de este sólido aspecto técnico, la historia en sí misma promete grados de complejidad que no son comunes en este tipo de mega producciones.

No obstante los cortes de última hora que borran incómodas menciones a China como el hipotético sitio de origen del brote infeccioso, el guión fue escrito por uno de los narradores más interesantes de Hollywood, Drew Goddard, quien el año pasado dirigió The Cabin in the Woods, y es conocido por hacer comentarios políticos relevantes en torno a temas como el espectador en momentos de la híper-referencialidad. Será interesante ver cuál es el sello de Goddard en una película que trata un tema eminentemente político, que involucra a los gobiernos del mundo y a la ONU, decidiendo el mismo futuro de la especie humana.

En World War Z el foco de atención no es tanto el aspecto putrefacto del muerto viviente, y la sangre o vísceras de sus víctimas. A cambio de esta viscosidad, el director suizo propone una trama tejida inteligentemente y una visualidad impactante que podrían hacer de esta la película de zombies más importante al inicio de la década.

Biologías amenazantes y otros riesgos de contagio que hay que ver
The Thing (John Carpenter, 1982)
El estadounidense John Carpenter tenía el extraño don de hacer películas incisivas con estéticas escalofriantes. Uno de los más grandes maestros del terror, Carpenter aisla a un grupo de científicos en la Antártida, y en cuestión de días desmenuza el comportamiento humano ante lo desconocido y temido. Las monstruosidades diseñadas por Carpenter y su equipo son tan espantosas como lo que provocan en la mente de quienes las padecen.
Children of Men (Alfonso Cuarón, 2006)

Distopía basada en el libro homónimo de P.D. James, versa sobre la amenaza del fin de la especie humana, pero no por una amenaza externa o una pandemia, sino por una biología en recesión: la infertilidad de las mujeres en un hipotético 2027 semi caótico, donde quedan pocos gobiernos “estables”. En Children of Men, Cuarón usa la misma estrategia narrativa que WWZ: documental ficcionado y elementos de noticiero televisivo como fuentes de realismo.

OBLIVION

OBLIVION

Las adaptaciones de la novela gráfica al cine pasan por un excelente momento. De Watchmen, la historia escrita y graficada por Alan Moore y Dave Gibbons en los 80, se dijo durante años que nunca podría ser adaptada al cine por la dificultad de pensar su poli-narrativa en clave cinematográfica, mas el director Zack Snyder presentó en 2009 una adaptación correspondiente e imaginativa que abrió paso al traslado mediático de otras novelas gráficas.

Ese es el caso de Oblivion, cómic escrito por Joseph Kosinski, quien funge también como guionista, director y productor de esta historia de ciencia ficción distópica, ambientada en el año 2073 en la tierra, décadas después de haber sido colonizada por una devastadora invasión alienígena. El de Kosinski es uno de los nombres que se barajan entre los candidatos para dirigir el episodio 7 de Star Wars en 2015. De ser así, sucedería a Christopher Nolan como el director de ciencia ficción más importante en la industria del cine.

Kosinski hizo el año pasado un imaginativo remake, a partir de tecnologías actuales como el IMAX 3D, del clásico Tron de los años 80, y ha fungido como director de arte para comerciales de los videojuegos Gears of War y Halo 3.

El nuevo orden post-invasión
El estelar de Oblivion queda a cargo de Tom Cruise, quien interpreta al ex marino Jack Harper, semi ermitaño refugiado en una estación aérea, y cuyo descenso a la tierra es provocado por varias circunstancias que remiten inmediatamente a la exitosa adaptación de la novela anónima de H.G. Wells “War of Worlds” (2005), las sagas Mission Impossible, así como al argumento de Blade Runner y el oficial Rick Deckard (Harrison Ford), particularmente en las complicaciones surgidas del involucramiento entre el protagonista y el personaje femenino, interpretado en Oblivion por la actriz Olga Kurylenko.

En 2073 la tierra se ha convertido en un estado policíaco, sitiado, y uno de los personajes más interesantes y complejos es el de Malcolm Beech (interpretado por Morgan Freeman), líder de la resistencia insurgente que a sus 102 años comparte algo de su sabiduría con el joven e inexperto Jack Harper.

Planteamiento visual
Planeada desde el inicio como una película filmada para ser proyectada en pantallas IMAX, el planteamiento visual de Oblivion es, en primera instancia, monumental. La acción transcurre en una apocalíptica Nueva York, donde los rascacielos contrastan con el paisaje abismal de la tierra abierta, y con las estaciones espaciales localizadas a la altura de las nubes. En las tétricas hendiduras viven “sociedades secretas”, y es ahí a donde Jack Harper tendrá que descender en su búsqueda por recursos naturales.

Joseph Kosinski tiene un estilo visual muy distintivo, que se acerca más a los blancos minimalistas concebidos por Stanley Kubrick en 2001: Odisea del espacio, que el estilo noir y opresivo de Ridley Scott en Blade Runner. El atuendo del oficial-héroe Jack Harper, por ejemplo, es un traje futurista color blanco, ciertamente parecido a los trajes de astronauta de la NASA, pero más estilizados.

La estación de monitoreo y la nave aérea en que se traslada son espacios amplios y claros, diseñados para aprovechar la luz solar, y remiten a la arquitectura modernista de los años 50. Este estilo elegante y geométrico cumple un propósito muy específico: contrastar con las visualidades oscuras que se desarrollan en las entrañas de la tierra, donde se desarrolla en nudo de la acción.

He aquí una de las principales diferencias entre el cómic y la película. El primero tiene un planteamiento visual más homogéneo y oscuro, mientras que la película propone un “estilo colisionado”, de blancos contra negros. El diseño visual corrió a cargo de los artistas Andree Wallin, Arvid Nelson y el mismo Kosinski, quien planteó abiertamente la intención de romper con la visualidad noir de los últimos 30 años, y que se asocia a películas como Blade Runner, Alien o la reciente Prometheus, donde Ridley Scott aportó pocas novedades a su estilo característico.  

Algo es cierto: la historia cumple cabalmente con lo que se espera de la ciencia ficción, y el personaje interpretado por Cruise no trastoca lo que debe ser un héroe. Lo novedoso aquí, y que seguramente dará paso a re-pensar la estética de las distopías, es precisamente la visualidad que propone Kosinski, rica en referencias no sólo al cine, sino también a la arquitectura y el diseño mas innovador del siglo XX, sin caer en el hábito “retro” tan propio de esta década. 

–– EXTRAS ––
Distopías en cómic
Además de las obras referidas, el nuevo orden impuesto tras una invasión alienígena ha sido motivo de muchos cómics, entre los que destacan el Batman de Frank Miller, Akira, o las más conocidas obras de Alan Moore como Watchmen o V For Vendetta. En América Latina la ciencia ficción distópica destaca en el trabajo de Alejandro Jodorowski y su The Incal, en el que colaboró con el francés Moebius, así como El Eternauta, el gran cómic que escribió el argentino Héctor G. Oesterheld, y dibujó el peruano Solano López en 1957.
La resistencia de un grupo de porteños unidos por el deseo de libertad, es una historia que se ha intentado adaptar al cine desde hace varios años. No sorprendería que en cualquier momento Hollywood adquiera los derechos de este clásico latinoamericano. Mientras tanto, hay varias ediciones de este cómic que hacen justicia a las grandiosas viñetas de Solano López. La mexicana de 2010 es una de ellas.


Dirección: Joseph Kosinski
Guión: Joseph Kosinski, William Monahan, Karl Gajdusek, Michael Arndt
Con: Tom Cruise, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Morgan Freeman, Melissa Leo, Nikolaj Coster-Waldau
Lenguaje: Inglés
País: EEUU
Distribuidora: Universal Pictures 


Mar 12, 2013

100 años de cine hindú: la construcción de una identidad nacional

Primavera de 1913, Bombay. Raja Harishchandra es la primera película proyectada en un teatro de esta metrópoli. Ante el éxito, se difunde en áreas rurales de la India. Una historia con motivos mitológicos de la literatura hindú, es escrita, dirigida y producida por Dadasaheb Phalke, un artista que intuye desde temprano la importancia del medio cinematográfico no sólo como un canal de comunicación, sino como fuente histórica. Consciente de que filmaba para el presente, pero también para la posteridad, Phalke fundó así una de las industrias fílmicas que más han moldeado la noción de “identidad nacional”.

Puede afirmarse que desde entonces, la India se ha visto a sí misma a través del cine, el medio más popular y relevante del siglo XX en ese país, crucial para que éste se pensara a sí mismo como un país independiente de la colonia británica durante los cuarenta años previos al proceso de independencia liderado por Gandhi en 1947.

Lo que Phalke probablemente nunca anticipó es que la industria hindú llegaría a ser la más prolífica del mundo; hacia finales del siglo XX, una de cada cuatro películas producidas a nivel global, era hindú. Desde entonces, la India es el único país en vías de desarrollo que exporta tanto cine.

Dos cines 

Este volumen de producción es tan vasto como diverso. El cine hindú se puede pensar en dos vertientes generales, el comercial y el “de autor”. El primero, más conocido con la exitosa etiqueta de “Bollywood”, se gestó cuando la India era dominada por el imperio británico; específicamente fue en la década del 30 cuando cuajó la fórmula Bollywood: una síntesis de diálogos, baile y canto recibida con gran entusiasmo por el público general. En las películas de entonces, el público hindú encontraba un espacio propio en donde se podía sentir identificado. Afuera de este público, el incipiente Bollywood resultaba (y en gran medida, sigue resultando) extraño, exótico… un lenguaje ciertamente musical y ameno, pero difícil de decodificar.

Bollywood

Bollywood, tan popular como era, significaba un espacio de resistencia cultural y política. Después de la independencia, Bollywood pasó de la resistencia a la búsqueda de la reconciliación entre el pasado y el futuro, adaptando en gran medida el modelo de Hollywood: grandes estudios, estrellas de cine, argumentos cinematográficos y técnicas de filmación; sintetizando así una estética propia, con elementos del teatro folclórico hindú y del drama sánscrito.

Desde la década del 50 hasta la actualidad, el cine comercial hindú se ha ido configurando cada vez más como una forma que echa mano de géneros como el musical, la comedia, el drama y el melodrama en una fórmula que ha resultado en un cine de visualidades y contenidos homogéneos, donde la forma seduce y exacerba la emociones a la par de que el contenido refuerza los valores tradicionales de la época.

Awaara de 1951, protagonizada por las estrellas Raj Kapoor y Nargis, es uno de los filmes canónicos de Bollywood. Muy a tono con su tiempo, da cuenta de la lucha de clases entre pobres y privilegiados, contada desde el microcosmos de una pareja. La película cuenta con una sofisticada estilización, actuaciones excelsas y una pista sonora que abona a la emotividad de las actuaciones. 

Mother India de 1957 muestra a Nargis como una heroína-matriarca de las clases bajas que contra viento y marea defiende a sus hijos. Guía de 1965 contiene todos los elementos narrativos de Bollywood, añadiendo a la fórmula un componente de espiritualidad que siempre tiene reverbera en la sociedad hindú. Además de los valores conservadores hindúes (como los matrimonios arreglados, por ejemplo) Bollywood transmite y remite de manera jocosa y celebratoria a la milenaria espiritualidad hindú; esto puede explicar en parte la resonancia que tiene este cine entre el público de ese país, y la misma que resulta tan incomprensible, exótica e incluso contraria para Occidente: “La industria fílmica de la India hace las peores películas del mundo – y los hindúes las adoran”, se afirmaba en un artículo de 1976 publicado por The New York Times. Más recientemente, en 2010, la revista Time publicó su lista de las mejores películas de Bollywood, con el texto introductorio: “Ya sea que [el lector] las encuentre increíblemente irritantes o increíblemente fascinantes, los filmes Bollywood siempre le proporcionarán un drama familiar para el entretenimiento”.

Nuevo Cine 

Del extrañamiento occidental a la crítica dentro de la misma India, la cinematografía de este país cuenta con otras narrativas completamente alejadas de la fórmula Bollywood. Sin plataformas de producción o difusión tan grandes como las del cine comercial, en India se gestó desde mediados de los 50 el llamado Nuevo Cine, un movimiento de directores que rechazaron la estética, los temas y los valores opresivos del cine comercial de su país.Estos creadores compartían una visión progresista sobre el medio; consideraban al cine como un arte con posibilidades expresivas y que podían transformar la sociedad de la India.

Entre los directores principales se encuentran Satyajit Ray, Ritwik Ghatak y Mrinal Sen. El primero consolidó el cine de autor de su país durante varias décadas. Ray filmó Song of the Road en 1955, película que compitió en Cannes. El planteamiento estético de Ray tenía mucho más en común con el neorrealismo italiano de esa época, y sus temáticas versaban sobre la vida en la India rural, la conformación de las grandes urbes y de manera más transgresora, el papel de la mujer como sujeto que luchaba por su autonomía en un país con feroces valores patriarcales.

La incidencia del Nuevo Cine hindú y de Satyajit Ray en el terreno político fue tal que el director logró que el cine fuera legitimado y fundado económicamente por el Estado. Además de sustento económico, el Estado creó programas como sociedades fílmicas y patrocinios de festivales de cine, premios nacionales y educación fílmica formal, así como la promoción de este tipo de cine en el extranjero. Hacia finales de los 60, había un programa para financiar el cine experimental hindú, por lo que se trata de una época próspera para contar historias que no tenían cabida en los melodramas musicales del cine comercial.

Desde el sincretismo híper estilizado, y tan exuberante como tradicionalista y conservador de Bollywood, hasta las preocupaciones realistas, reflexivas y transgresoras del Nuevo Cine, la riquísima cinematografía de la India muestra cómo esta industria, arte y medio (todo en uno) no sólo transmite la historia, sino que activamente la construye.

Destacables de Bollywood 

Bombay, 1995. Melodrama sobre una pareja que se enamora y se muda a Bombay en el momento de los disturbios causados por las tensiones religiosas en esa ciudad. dirigido por Mani Rathnam con soporte musical por A.R. Rahman, Bombay es una de las cintas más efectistas y que mayor repercusión nacional e internacional han tenido, en tanto representaciones de hechos históricos. La cuestión es, ¿qué tan reflexiva o banal es esta representación?

Kuch Kuch Hota Hai, 1998. Melodrama sobre romances adolescentes donde se refuerza el papel sumiso o de femme fatale de la mujer en la relación sentimental. Un producto que encuentra eco en las telenovelas latinoamericanas con semejante temática y tratamiento.

Destacables de Nuevo Cine 

Mr. Shome, 1969. Dirigida por Mrinal Sen. Comedia satírica en la que una pequeña niña aldeana da una lección de humanidad a un burócrata soberbio de un barrio adinerado en Calcuta. Sen filmó estratégicamente la historia en hindú, el lenguaje más hablado de los 16 idiomas oficiales de la India, y el lenguaje principal del cine comercial. Sen se apropió de esta estrategia comercial, con lo que su cine transgresor tuvo mayor incidencia.

Samskara (Funeral Rites, 1970). Escrita y dirigida por Pattabhi Rama Reddy, este filme cuestiona los valores tradicionales hindúes en relación con quién merece y quién no los honores fúnebres. La representación del personaje principal es compleja y la historia se cuenta desde su punto de vista.

An Unfinished Story (Mrinal Sen, 1971) y The Churning (Shyam Benegal, 1976), versan sobre los enfrentamientos entre trabajadores y patrones, y cooperativas que rebajan el carácter feudal del trabajo.

PDF:
      

Popular entries