Repensar el terror: Piraña 3D y The Cabin in
the Woods
Los relatos posmodernos propios
de finales del siglo XX parecen tener larga perdurabilidad, sobre todo cuando
han resultado tan eficaces y lucrativos para la industria hollywoodense. Uno de
los géneros cinematográficos que más han sido puestos bajo la lupa de la
metaficción, es el terror. Desde este abordaje se ponen en entredicho los
límites y definiciones de los géneros tradicionales, deconstruidos y frecuentemente combinados en
lo que bien se podría denominar “el remix fílmico”.
Casi siempre consciente de sí,
auto y multirreferencial, la metaficción suele estar emparentada con la parodia
y el pastiche, y no siempre logra trascender a la crítica. De hecho, una vez
convertida en fórmula, casi por regla repite viciosamente lo que se propone
denunciar. Esta paradoja fascina al marketing, que la etiqueta y pone en
circulación sobre todo en los remakes de filmes emblemáticos del género, como
Scream. Pero lo interesante es que en este género que aglutina otros, se puede
ver todo menos discursos homogéneos.
Este otoño llama la atención el
estreno de dos películas de terror característico de nuestro tiempo: la tercera
parte de Piraña en 3D, y The Cabin in the Woods, porque comparten las
características del discurso posmoderno, pero no podrían ser más distintas.
De la representación lineal a la parodia
Piraña de 1978 es un clásico del
terror en el sentido más tradicional del género. El director Joe Dante tenía
como intención ulterior representar el miedo de los protagonistas al ser
atacados por esos animales salvajes, y provocar las mismas sensaciones en el
espectador. La segunda parte de Piraña, dirigida por Alexandre Aja en 2010,
rompe con lo lineal de este relato y se convierte en una parodia del original,
pero todavía ubicada en los límites del terror y sin transitar completamente a
la comedia.
Ahora en versión de John Gulager
y en 3D, la película lleva la parodia y el pastiche al extremo, teniendo dentro
de su elenco a Christopher Lloyd (Doc Brown en Vuelta al futuro) y actores
involuntariamente autoparódicos como David Hasselhoff (re)interpretando a su
personaje más conocido, cuando no a sí mismo. Piraña 3D despliega un humor tipo
Frat (de fraternidad universitaria):
plagado de comentarios siempre alusivos a la sexualidad o a los genitales, y
poco más que eso. No en vano la versión estadounidense lleva por nombre Piranha
3DD, en referencia al tamaño del escote femenino que acapara la pantalla
durante casi toda la película.
Piraña promete ser el tipo de
película que se disfruta más mientras se consume una bolsa extragrande de
palomitas con tres capas de manteca derretida y un vaso de 700 mililitros de
agua carbonatada, para estar a tono con las vindicaciones del exceso; quienes
gocen de este tipo de humor –muy explotado en los medios masivos mexicanos, por
cierto–, encontrarán a Piraña mucho más graciosa que terrorífica, mientras que
los nostálgicos del terror tradicional probablemente se decepcionarán.
De la parodia a la toma de posición
Un punto y aparte es The Cabin
in the Woods, y esto se debe a las credenciales de su director y co-guionista,
además de que la fortuna ha acompañado a esta cinta, pospuesta por varios años
después de que su casa productora, la MGM, se declarara en bancarrota y otra
distribuidora la rescatara del archivo muerto. Como ilustra el cartel
promocional, basado en un dibujo de Escher, The Cabin in the Woods asemeja un
cubo de Rubik a media resolución y suspendido en el aire. Se anuncia así como
un relato complejo.
Escrita y dirigida por Drew
Goddard, con colaboración del guionista Joss Whedon, The Cabin in the Woods es
la culminación de los intereses discursivos y formales de ambos, colaboradores
desde la década del 90, cuando escribieron Buffy, the Vampire Slayer, considerada
como una de las series de televisión mejor logradas por su discurso empático y
reivindicativo. No pocas veces se ha catalogado el trabajo de Whedon como
“feminista”; sin embargo, más que feminista, el interés de Whedon y su amigo
Goddard, es intervenir una serie de géneros y discursos con un fin claramente
político, en el sentido más loable del término: una toma de posición respecto a
temas relevantes. Todo un lujo en el Hollywood contemporáneo.
Goddard hizo lo propio en series
como Lost, Alias, Angel, y algunos de los episodios más memorables de Buffy
fueron escritos por él. Considerados, pues, como dos de los realizadores más
inteligentes en la industria, han trasladado sus reinvenciones de la televisión
al cine, y su intervención del género del terror resulta diametralmente opuesta
a la parodia inmediata y de humor fácil que permea en el medio. En una
declaración de principios, Goddard afirma que The Thing (John Carpenter, 1982)
es su película de terror favorita, “no sólo en términos de la elegancia con que
fue filmada y la elegancia narrativa de Carpenter, sino el modo en que abordó
un enorme concepto y lo hizo socialmente relevante […]. Es muy obvio desde el
inicio de The Thing que trata sobre quiénes somos como personas, no sólo de
contar una buena historia de terror, así que fue la influencia más importante
para esta película [The Cabin in the Woods].”
Una de las cosas que le parecen
socialmente relevantes es denunciar, completamente alejado del panfleto y la
obviedad, y con la misma elegancia que admira en Carpenter, la manera en que el
género de terror de los últimos años ha explotado la (híper)violencia sadista
sin ningún sentido crítico, victimizando a adolescentes, mujeres o actores
sociales que se perciben “vulnerables”, sin dotarlos en ningún momento de
capacidad de decisión sobre sus vidas, y reproduciendo así una serie de
estereotipos y valores de época viciosos que son integrados a The Cabin in The
Woods con el único propósito de desmontarlos.
De este modo, el adolescente
macho, la rubia promiscua y la soñadora vulnerable y virginal, son estereotipos
que pronto se salen del guión y se convierten en personajes tridimensionales.
Más interesante aún es la mirada crítica sobre el control mediático que en la
cinta es representado por vigilantes que controlan a los adolescentes por medio
de un centro de mando, monitoreando todo el tiempo sus actividades.
El siniestro cuarto poder que
denunciaba hace más de diez años The Truman Show, se ha reconfigurado en el
último lustro, cuando la televisión ha cedido a internet su omnipresencia, y de
manera más alarmante, con el consentimiento y la cooperación total del espectador,
sobre el que alumbra críticamente la linterna de Goddard y Whedon. ¿Será este
filme un mensaje de dos vías, o cumplirá el espectador su papel cada vez más
fijo, el de revisar en su teléfono las redes sociales durante una proyección
que ve a medias, sin sospechar que ésta trata, en gran parte, sobre él?