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May 7, 2014

Workers (José Luis Valle, 2013)

Workers, José Luis Valle

Adolescentes menesterosos cuyas vidas son mermadas en el contexto de la guerra contra el narcotráfico de un Estado fallido, mujeres veinteañeras que participan en certámenes de belleza que encubren estructuras gubernamentales del crimen organizado, madres solteras reconectando y desprendiéndose sutilmente de hijos adolescentes en búsqueda de su identidad, madres solteras asoladas por enfermedades terminales y esposos-padres ausentes, y en el caso de Workers, trabajadores en condiciones de esclavitud, son algunas de las tendencias del cine mexicano contemporáneo que en el último lustro han colocado en el centro de sus narrativas representaciones complejas y tridimensionales de los sectores de la sociedad más asolados del México neoliberal.


El mexicano-salvadoreño José Luis Valle logra en su primer largometraje Workers una de las composiciones más fascinantes de este nuevo cine separado de la denuncia frontal y más interesado en indagar en la intimidad y la cotidianidad de personajes toscamente bosquejados en la nota del día y el comentario político “experto” que contaminan el espacio público. El debut de Valle es una película pulida de principio a fin y que encuentra un equilibrio pocas veces visto entre el comentario agudo y la viñeta poética, como la elipsis que abre y cierra el filme, y es el hilo conductor de dos vidas paralelas que a lo largo del filme nunca se encuentran.


Workers es la historia de Rafael y Lidia, ex esposos próximos a la jubilación, entendida ésta como uno más de los derechos socavados de los trabajadores en el contexto histórico actual. La trama transcurre en Tijuana, fotografiada con una luz brillante, casi surrealista y alucinatoria, en donde los contrastes de miseria y riqueza del país se concentran en unas cuantas cuadras de la ciudad fronteriza. La de Rafael es una vida monótona en su trabajo como conserje de una fábrica de focos (una trasnacional, para ser exactos), y la de Lidia es una vida con un horario estricto de trabajo como la sirvienta de una patrona extravagante y cruel, más preocupada por el bienestar de su galgo que, a su muerte, hereda la fortuna de la dueña.


La narrativa se intercala en partes iguales entre la vida de Rafael y Lidia. Un día común en la vida de Rafael transcurre dentro del bloque gris y artificialmente iluminado que es su lugar de trabajo, donde limpia con esmero mientras espera la fecha exacta de su jubilación. En sus escasas horas libres se dedica a sentarse en un parque y contemplar el paisaje. Un día entabla amistad con un joven que pronto se ofrece a enseñarle a leer y escribir.


Los días de Lidia consisten en levantarse siempre a una hora específica para atender las necesidades de Princesa, la perra de su patrona moribunda. Lidia hace cortes exactos de gruesos filetes de res, pesados en báscula, para el consumo diario de la perra, entre otras obligaciones retratadas minuciosamente en largas tomas que enfatizan con punzante humor negro el absurdo de un ser humano dedicando irreparables horas de su vida a servir a un perro.


A Lidia siempre la vemos con su uniforme de sirvienta, ya casi una segunda piel después de décadas de servicio, mientras la perra cuenta con una variedad de chalecos y accesorios cosméticos. Lidia duerme en un cuartucho mal alumbrado, en una cama individual y con una pequeña televisión. En medio del cuarto hay un foco rojo que se alumbra cuando la patrona necesita algo, para lo que Lidia debe estar disponible a cualquier hora del día o de la madrugada. Princesa, en cambio, cuenta con su propia habitación y su cama para perro parece más acolchonada que la de Lidia. A ésta la acompaña el chofer de Princesa, cuyo deber es pasearla por las calles de Tijuana cada tarde en un lujoso automóvil, para mantener su bienestar anímico.


Una vez establecidas las condiciones de esclavitud de los personajes principales, la narrativa avanza cuando ambos buscan, ya en el ocaso de sus vidas, emanciparse sólo para adentrarse en un nivel más avanzado en el infierno que es su vida laboral. En el caso de Rafael, un simple error de dedo en sus documentos le impide jubilarse. Condenado a parmanecer indefinidamente en la fábrica por un jefe alienado, quien le destruye la vida mientras literalmente juega solitario en sus horas de trabajo, Rafael comenzará a zafarse de esa existencia rompiendo las reglas del juego. Lo mismo pasará con Lidia.


El tono y el ritmo de Workers emancipa a la misma película del frenesí cotidiano de las urbes caóticas como Tijuana y de las representaciones fílmicas donde la “acción” tiene una duración fija y arbitraria, optando por una lenta que permite la observación y la atención a los detalles, y sobre todo, a la introducción del espectador en las jornadas laborales interminables y agotadoras de Rafael y Lidia, así como al transcurrir lento y fijo, no progresivo, de una ciudad a donde el “desarrollo” nunca llegó. Como el resto del país.


Una de las composiciones más logradas de la película en cuanto capacidad de síntesis y de recursos visuales es precisamente una toma fija y larga de un atardecer tijuanense en una calle en donde es retratada la dinámica y el tránsito entre los trabajadores de una peluquería y un burdel al lado, mientras en la banqueta laboran “dealers” y trabajadoras sexuales hasta que cae la noche.


La mirada de Valle parece transitar también entre el humor cáustico externo y la introspección melancólica de vidas “propias” que en realidad le pertenecen a alguien más. La elipsis que une los puntos de estas vidas destruidas es una metáfora-sueño que inicia con un niño caminando en la playa del lado mexicano, y termina con un adulto caminando en la playa del lado estadounidense: el hijo de la pareja que murió a los 3 años de edad, y que simboliza la muerte de la aspiración mexicana de huir de la miseria sistemática de su lugar origen, buscando el siempre elusivo sueño americano.


El México profundo de José Luis Valle remite inmediatamente a Los Olvidados de Buñuel, pero también al humor cáustico y la destreza que tenía el director español para penetrar en las almas de sus personajes. Valle, como sus contemporáneos, dan cuenta de uno de los momentos más emocionantes del cine mexicano, que no está en la celebración necia de un Oscar ajeno, sino en las filmografías de esta generación de cineastas –Valle, Escalante, Saint-Luce, Eimbcke, etc.– que por medio de representaciones diversas, críticas y relevantes, ha devuelto el cine al público.

https://www.imdb.com/title/tt2763400/?ref_=fn_al_tt_1

https://letterboxd.com/film/workers/

Feb 17, 2013

El Ciudadano Buelna

El Ciudadano Buelna
Felipe Cazals: la mirada historiográfica

Parte del canon de la cinematografía nacional desde la década del 70, con algunos títulos imperdibles para comprender el México del siglo XX, como Las Poquianchis, El apando o Canoa (1976), Felipe Cazals es posiblemente el cineasta en activo más relevante que hay en el país. Y esto no sólo por el trayecto recorrido, sino por su permanente puesta al día, proponiendo algunos de los cuestionamientos más críticos sobre la historia reciente (Digna: Hasta el último aliento, 2004) y en particular, la oficial.
En el marco del festejo bicentenario por la Independencia y la Revolución en 2010, Cazals filmó la que es una de las revisiones más críticas del mito de la Revolución mexicana: Chicogrande. Al respecto, el documentalista argentino Raymundo Gleyzer ya había ofrecido en México, la revolución congelada (1970) una mirada demoledora sobre la historia oficial que se había escrito acerca de ese proceso histórico, y de la que el régimen resultante, al institucionalizar esa revolución, se benefició durante décadas. Este documental fue filmado durante el sexenio de Luis Echeverría quien, al ver la película, ordenó inmediatamente la deportación de Gleyzer y la censura de su documental. 

En una entrevista reciente y denuncando la falta de recursos del CONACULTA para su segunda gran revisión de la Revolución mexicana, que es El Ciudadano Buelna, Felipe Cazals se refiere a que su mirada crítica sobre la Revolución la tenía pensada desde los 70, pero con Echeverría y luego López Portillo en el poder, hubiera resultado no sólo imposible, sino peligroso llevarla a cabo.

Varias décadas más tarde los intentos de censura del régimen no han desaparecido del todo. Con CONACULTA bloqueando el financiamiento (una de muchas formas de censura), Cazals ha conseguido producir El Ciudadano Buelna con dinero del estado de Sinaloa, donde Buelna es un héroe local. En este contexto es que Cazals ha estado examinando los momentos de la historia de México que más le fascinan o preocupan, porque no los ve como un mero asunto del pasado, sino como un continuum en el que las circunstancias que han derivado en los movimientos armados más caóticos y sangrientos de nuestra historia, siguen vigentes.

En Chicogrande Cazals hizo de lado el gran relato de la historia oficial para centrarse en una microhistoria trágica, de esas que no entran ni en un apéndice de la historia oficial: la del villista Chicogrande (Damián Alcázar, estupendo) y el sacrificio al que se sometió por defender al general Villa en una batalla que tenían perdida. El verdadero peso de la historia para Cazals radica en los “procesos vivos”, o en cómo las situaciones que se van concatenando hasta hacer historia, se destruyen vidas sobre las que nunca se hablan. El relato oficial construye mitos, la mirada crítica reivindica las omisiones.

Este es el mismo camino que sigue Cazals en El Ciudadano Buelna, que versa sobre el joven general sinaloense Rafael Buelna Tenorio, quien de acuerdo a Cazals, tuvo una participación crucial en varios momentos de la Revolución, y de los que el gran público no conoce nada. Por ejemplo: el hecho de haber tenido bajo custodia a un joven revolucionario a quien le perdonó la vida, de nombre Lázaro Cárdenas.

La historia de Buelna no es muy disímil de la de Chicogrande: dos hombres leales y de férreas convicciones rebasados por las circunstancias y olvidados por la historia. Para el papel del general Buelna, Cazals puso su confianza en el novato Sebastián Zurita, aduciendo en primera instancia el sorprendente parecido físico de éste con el general Buelna. Demián Alcázar vuelve a participar en el filme, junto a otros importantes actores como Marimar Vega, Bruno Bichir y Tenoch Huerta.

Contra todos los pronósticos, Cazals vuelve a dar la batalla más importante, sobre todo ahora que el régimen ha retomado el poder: entablar una discusión inteligente con el público que le permita cuestionar su pasado y presente, cuando los espacios para ello son cada vez más reducidos y vigilados.

ESPEJOS PARA MIRAR CRÍTICAMENTE
Este mismo año se estrena una mirada diamentralmente opuesta a la del México de Cazals: Mariachi Gringo, producción estadounidense filmada en Guadalajara, es una “comedia romántica sobre un joven de la América profunda que -tras tener como improvisado maestro de guitarra a un emigrante- viaja a México huyendo de su vida tediosa y de su familia, para ejercitarse como mariachi.” Esta propuesta Mexican curious se antoja como un ejercicio de comparación interesante donde un mismo país se ve de manera tan distinta. Por un lado, un cineasta de amplio bagaje cultural, que aprovecha su medio como una plataforma para cuestionar, y por otro lado, una producción planteada por el vecino lejano cuyo acercamiento no pasa de un retrato pintoresco. ¿Cuál es estos Méxicos es el que piensa más el público mexicano?



Jul 17, 2012

Estado actual del documental mexicano, rumbos y perspectivas

Estado actual del documental mexicano, rumbos y perspectivas

El cine, como la poesía, es inherentemente capaz de presentar un número de dimensiones mucho más profundas que el nivel de la tan llamada verdad que encontramos en el cinema verité e incluso en la realidad misma, y son estas dimensiones las áreas más fértiles para los cineastas. Realmente espero ser de los que entierren al cinema verité para siempre. Afortunadamente, cada vez parecen haber más cineastas y público que entienden esto. Chris Marker y Errol Morris son dos nombres que me vienen a la mente. El cinema verité es la verdad de un contador; apenas si bordea la superficie de lo que constituye una forma más honda de la verdad en el cine. – Werner Herzog, 2002.

El cine mexicano contemporáneo tiene en el documental al género que mayor variedad de miradas y propuestas narrativas autorreflexivas aporta a modo de diálogo entre creadores y público. En años recientes ha ganado espacio en cartelera y hoy día cuenta con festivales y encuentros de primer orden como DocsDF, Ambulante o la sección Cámara Lúcida del FICUNAM.

Más aún: el documental auspicia actualmente, como ningún otro género, al cineasta como autor, porque una línea personal, estilística y temática, se puede observar en el corpus fílmico de Everardo González, Ulises Guzmán o Juan Carlos Rulfo, por mencionar algunos nombres que en efecto, han consolidado una obra más significativa que cuantitativa, que se puede distinguir casi inmediatamente entre otras filmografías.

El documental autorreflexivo no se refiere solamente a un punto de vista curado, sino que tiene que ver con el cineasta repensando las posibilidades del género y rompiendo con esquemas tradicionales del mismo. El de Everardo González es un cine completamente desinteresado en ofrecer “un retrato de la realidad”, esa máxima que aún permea como inobjetable entre algunos realizadores y público. Consciente de que semejante tarea no sólo es imposible sino enormemente arrogante (¿qué es *la* realidad?), González se concentra más en filmar un punto de vista personal, y, más al modo de los géneros periodísticos de opinión que informativos, dar rienda suelta a su subjetividad.

Una de las temáticas en las que mejor se desenvuelve González es el relato histórico, y en particular, las disputas por el poder que se inician desde abajo a modo de resistencia, como fue el caso de las guerrillas latinoamericanas durante prácticamente toda la década del 70. Su cinta El cielo abierto está basada en la obra-vida de Monseñor Óscar Romero como una figura de la religión católica que de mediador, se pasa del lado de la resistencia popular y consecuentemente es perseguido y asesinado. González tiene claramente una postura que busca reivindicar y simpatiza con la figura histórica de Romero y la teología de la liberación.

Con una temática semejante se puede ubicar a la ópera prima de la mexicana-salvadoreña Tatiana Huezo, “El lugar más pequeño” (México 2011). La realizadora se interesa más por los efectos devastadores que la guerra civil tiene en quienes sobreviven a ella. El tratamiento que la cineasta da a los elementos tradicionales del documental, como el testimonio y la entrevista, es subjetivo. Los personajes no cuentan la historia, sino que reflexionan sobre ella. La cámara no se posa frente a ellos, sino que los acompaña.

En este tenor del documental como una narrativa íntima, se encuentra el trabajo de Juan Carlos Rulfo. En el hoyo (México, 2006) es un recorrido del día a día de los obreros que en aquellos años construían el segundo piso del Periférico del Distrito Federal. En esta película se pueden apreciar primeros planos, tomas suspendidas y tratamientos sonoros que conforman una poética del documental mexicano. Rulfo manipulaba estos elementos para darle hondura a los testimonios de los trabajadores, muchos de ellos confiando a la cámara íntima del cineasta, sus sueños y aspiraciones mientras se encontraban, literalmente, a un paso del vacío.

Con menos propensión por la poética pero igualmente íntimo es el documental de Ulises Guzmán, Alucardos (México, 2011), una alusión emotiva al cineasta Juan López Moctezuma y su película de culto Alucarda (México, 1978). En Alucardos, Guzmán ofrece una vuelta de tuerca a la mitad del filme, al desplazar su interés por la obra y vida de López Moctezuma, a la influencia que este realizador tuvo sobre sus dos mejores cinéfilos. El cine que moldea vidas parece ser el relato de fondo en uno de los documentales más originales de los últimos años.

Pero el documental tradicional mantiene su prominencia, como es el caso de Roberto Hernández y Geoffrey Smith con Presunto culpable (México, 2008), un filme que denuncia la corrupción del sistema judicial mexicano, centrándose en el caso de un convicto al que se le han imputado delitos basados en pruebas apócrifas. El caso de Toño, el presunto culpable, suscitó enorme polémica en un contexto de enorme descomposición de la vida pública en México. Presunto culpable no se puede entender fuera del marco de la violencia institucional del país, en el que la vasta mayoría de los delitos graves quedan impunes, mientras se encarcela a ciudadanos inocentes. La intención de los cineastas es claramente de denuncia, pero su película nunca pierde la dimensión emotiva del relato, contada sobre todo con primeros planos al protagonista, cuyos silencios y miradas perdidas, al vacío, dotan de profundidad a la narración verbal. Presunto culpable no sólo indigna, ese término tan de moda, sino que afecta.

Finalmente, otra de las perspectivas actuales y más interesantes del género es la frontera borrosa entre el documental y la ficción, o “docuficción”, que se puede observar en el trabajo de Pedro González Rubio, Alamar (México, 2010). Premiada en diversos festivales, Alamar trata de una relación filial escenificada en una reserva natural del caribe mexicano, y tiene un planteamiento visual altamente metafórico y seductor (indispensable verla en pantalla grande), en el que el cineasta pone en entredicho la rigidez de los géneros, consumando un estilo personal que hay que seguir de cerca. 

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