Blade
Runner y Tron: conmemorando dos filmes de culto
Han pasado 30 años desde aquel verano cuando
Hollywood legó algunas de las películas más icónicas de los 80. Blade Runner,
Tron, Regreso al futuro, y E.T. el extraterrestre, entre otras, nos hablan de
que su año de producción fue mucho más que una coincidencia. El hilo conductor
de estas películas es un espíritu de competencia y de exploración por
narrativas enmarcadas dentro de la entonces incipiente industria informática.
Si en efecto 1982 era el año que presagiaba una revolución en la computación
personal -la primera computadora portátil, una Macintosh, sería introducida al
público al año siguiente-, los directores avezados en géneros como la ciencia
ficción y la inteligencia artificial, tomaban nota de las posibilidades
fílmicas que permitían las nuevas tecnologías. En el caso de Blade Runner y
Tron, los resultados no podían ser más diferentes, pero igual de
significativos.
TRON o el nano evangelio
Gran parte de la puesta en escena de esta
arriesgada cinta de ciencia ficción acontece en un ambiente generado por computadora
(CGI), yuxtapuesto sobre escenas reales, o no cibernéticas. Para el director Steven
M. Lisberger esta cinta fue la culminación de un largo periodo de experimentar
con tecnologías computacionales, para profundizar en sus intereses centrados en
la fantasía y la animación. Su cinta Animalympics de 1980 no fue sólo un ensayo
importante, sino que le abrió las puertas de la Warner Bros. Ya instalado ahí y
con un generoso presupuesto a su disposición, Tron se basa en la vieja premisa
del hombre vs. máquina. Su antecedente más obvio sea quizás Odisea, 2001 de
Kubrick, no sólo en la adopción de una estética futurista, sino en ese dilema
ético tan propio de la modernidad. El programador genio de Tron es “absorbido”
por la máquina. Una nano versión suya (especie de avatar) tendrá que luchar con
el mal supremo, Master Control (que por momentos recuerda a Hal 9000), cuyas
ulteriores intenciones son hacerse del poder de los humanos, accediendo a los
sistemas protegidos del Pentágono y de la KGB, en la entonces Guerra Fría.
Los elementos de esta cinta, que provocaron
una fascinación entre los adeptos de la ciencia ficción, fue la imaginativa
estética adoptada por Lisberger, que requirió tanta mano de obra como cualquier
película épica. Se cuenta que las escenas de acción fueron filmadas en blanco y
negro, para ser coloreadas a mano en un segundo proceso. Con las herramientas
de edición que tenemos hoy día, las tecnologías de 1982, no obstante lo
primitivas que parecen, sólo añaden mérito a sus creadores fílmicos. Los
trajes, escenarios y naves en los que se transportaba el protagonista Flynn,
sentaron en buena medida la estética cibernética de la década. Transformers,
por ejemplo, es completamente deudora de las naves que sobrevuelan el
ciberespacio de Tron.
La yuxtaposición de imágenes obedece no a la
imposibilidad de crear un ambiente 100% digital, sino precisamente a
representar visualmente la relación entre máquina y humano. A diferencia de
Odisea 2001, el dilema de Flynn es poco sutil en el sentido de que remite
inmediatamente al relato judeocristiano del creador de un diseño supremo, que
se sacrifica por el bien común en un mundo opresivo. Es posible que la premisa
de la película, más religiosa que filosófica, le haya costado un
posicionamiento muy lejano respecto a su contemporánea Blade Runner, con todos
los elementos para ser considerada una película de culto, pero que incluso ha
logrado sobrepasar esa categoría.
BLADE RUNNER. Si escuchas lo suficiente a la
máquina, la máquina te habla.
Para 1982, el inglés Ridley Scott ya contaba
con una importante carrera como director de ciencia ficción. En 1979 había
fincado las bases de Alien. Scott, menos adepto a mitificar la tecnología, sino
a hallar las aristas de la condición humana por medio de ella, ha basado sus
mejores filmes en novelas clásicas de la literatura contemporánea. Blade Runner
es la adaptación libre de la novela ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas? del autor estadounidense Philip K.
Dick.
La puesta en escena ocurre en un futuro sombrío
y decadente, donde unas máquinas (“Replicantes”) diseñadas a la imagen y
semejanza de los humanos, hacen trabajo de esclavos. Después de que los
Replicantes organizan un motín, se les prohibe la estancia o el regreso a la
Tierra. Perseguidos inclementemente por la policía (Blade Runners), pronto la
relación entre ambos será como una especie de espejo que cada uno atraviesa
hacia el lado opuesto: el humano, en pleno proceso de deshumanización, escucha
de parte de una máquina a punto de expirar, más del significado que de
cualquier sabio, de su padre, o de cualquier fuente que en este futuro
oprobioso, carecen de importancia.
Más autómata que las máquinas, el policía
interpretado por Harrison Ford adquirirá su inconmensurable grado de humanidad
de la manera menos esperada: enamorándose de una Replicante. Este guiño a la
posibilidad del humano de aceptar e incorporar a su ser al otro, es la historia de amor más improbable, posible a pesar de
todos, epezando por ellos mismos, que tal vez ha calado más hondo en la
adoración que suscita el filme en generaciones de cinéfilos, no sólo de la
ciencia ficción, sino del cine sin más. La relación entre Rick Deckard y
Rachael es una de las pocas fuentes de luz en un entorno que sin ellos,
resultaría asfixiante.
El gran mérito de Ridley Scott fue la manera
de dar cuerpo a esta historia, impregnando su ambiente de un estilo noir, la
música enormemente emotiva del compositor griego Vangelis, y un conjunto de
espléndidas actuaciones por parte de Harrison Ford, Sean Young y un soberbio
Rutger Hauer como la máquina capaz de filosofar sobre las cuestiones centrales
de la existencia.
Las “nuevas tecnologías” de los 80 son hoy
meros artefactos de uso común. A 30 años de distancia y con el supuesto fin de
las ideologías, ¿qué tan vigentes son los argumentos principales de estas
películas? ¿Sigue la tecnología dando paso a la reflexión sobre la condición
humana, o se ha adecuado ésta, en nuestro contexto de niños esclavos cobrando
centavos por fabricar teléfonos-computadora de precios estratosféricos, cada
vez más a la distopía imaginada por Philip K. Dick?