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Jan 18, 2012
La chica del dragón tatuado
Se podría afirmar que el género policiaco ha sido reinventado en los últimos años por escritores suecos como Henning Mankell y Stieg Larsson. Sus libros se venden por millones, incluyendo el novísimo formato digital, y la industria del cine paga cifras de vértigo para hacerse de los derechos y adaptar sus historias a la pantalla grande.
En el caso de Larsson, sus historias son las más imbricadas en la “realidad”, pues el oriundo de Skelleftehamn ejerció por más de veinte años el oficio de periodista, plataforma que le permitió investigar a fondo los principales y más violentos grupos de extrema derecha de su país, y denunciar sus actividades. Políticamente inquieto desde la adolescencia, formó parte de la Liga de Trabajadores Comunistas, donde fungió como fotorreportero y periodista para publicaciones de corte marxista.
Larsson nunca tuvo problemas para reconciliar sus intereses socialistas con su afición por la ciencia ficción y la literatura. Es precisamente esa mediación la que da a sus ficciones una sensación de familiaridad para el lector “de abajo”: el asalariado, el inmigrante, y de manera más notoria, la mujer. Porque ha sido en su trilogía Milenio, de la que forma parte The Girl with the Dragon Tattoo, que Larsson ha denunciado las condiciones de permanente acoso y sometimiento en que viven las mujeres. De las que él habla son mujeres imaginadas a partir de sus observaciones como periodista, experiencia que le permitió conocer las entrañas del sistema sueco.
Este es un punto a su favor: los tortuosos avatares por los que pasa su protagonista, Lisbeth Salander, la colocan como una verdadera víctima de un sistema que se sigue pensando modelo de democracia y progreso en el mundo occidental. El debate central de esta historia radica en discernir si las acciones de esta (anti) heroína forman parte de una pensada agenda de reivindicaciones feministas o de la reacción violenta de una mujer que desde niña ha sido víctima de un sistema patriarcal.
La adaptación de David Fincher se antoja prometedora no sólo por el estilo noir que se le conoce al director estadounidense desde Seven o El club de la pelea, sino por una preocupación reciente de que en sus cintas no impere el estilo sobre la sustancia. En su reciente película sobre la historia de Facebook (The Social Network) y su fundador, Fincher seguramente incomodó no sólo al poderoso nuevo rico Mark Zuckerberg y sus aliados, sino de manera más importante, a los usuarios comunes que sin un mínimo de cuestionamiento ya no ven cómo deshacerse del último reducto de su privacidad en esa red social. Además de utilizar inteligentemente un medio masivo para poner el dedo en la llaga, Fincher ha sido cuidadoso de filmar en las locaciones adecuadas (Suecia y no cualquier sitio nevado) y convocar a un equipo de colaboradores con enorme pericia: Daniel Craig como el periodista Mikael Blomkvist, Rooney Mara como Lisbeth Salander y Christopher Plummer como el patriarca atormentado que acude a Blomkvist para resolver un crimen familiar.
Un segundo punto a favor de Larsson es su crítica a otra institución fundamental: la familia. El crimen que Blomkvist y Salander resolverán ocurre en el seno de una familia acaudalada que Larsson ha sabido ligar sin excesos a tres generaciones de militantes de ese libero del que Europa parece incapaz de deshacerse: la ultraderecha expresada en el nazismo y sus subsiguientes versiones. El crimen que tiene lugar en una apacible región sueca es una predecible expresión de esta doctrina del odio, donde la supremacía racial cede paso a la misoginia sadista.
El desafío para Fincher es lograr una adaptación que la distinga de su predecesora sueca, filmada en 2009 por director danés Niels Arden Oplev. La versión de Arden es elegante y sobria, narrativamente ingeniosa y cuenta con la talentosa Noomi Rapace como una Lisbeth Salander aguda e introspectiva. En los adelantos de la versión de Fincher se puede apreciar un énfasis en el vestuario extravagante de Salander (¿la estética punk sigue escandalizando en esta década?) y en la actuación agresiva de Rooney Mara, con un currículum muy limitado pero una solvente actuación en The Social Network como la novia de Mark Zuckerberg.
Finalmente la musicalización por parte de Trent Reznor de Nine Inch Nails y Atticus Ross es una de las colaboraciones más esperadas no sólo en el ámbito fílmico sino sobre todo en los no pocos seguidores del grupo que renovó el rock industrial en los 90 y en esta década ha hallado en la elaboración de soundtracks un nuevo rumbo de creación artística. Reznor y Ross ganaron un Oscar con el soundtrack de The Social Network el año pasado. Hay que recordar que el dramatismo que se percibe en los antisépticos pasillos de Harvard y los dormitorios de los programadores del entonces incipiente Facebook, se debe en gran parte al efecto de la música y el sonido que este dúo de compositores logró. No es que una historia con suficientes elementos dramáticos y temas controversiales como The Girl With the Dragon Tattoo necesite el sostén de un buen soundtrack, pero en el caso de la cinta de Fincher, es un plus imperdible.
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