Decía cierto revolucionario estadounidense que no le importaba plantar árboles para su gratificación personal, sino para la posteridad, y a menos de un año de alcanzar su séptima década, Martin Scorsese (Nueva York, 1942) nos muestra en pantalla el que tal vez sea uno de los árboles centrales de su filmografía.
Después de dirigir en años recientes una cadena de ficciones intensas (‘Shutter Island’, ‘The Departed’, ‘Gangs of New York’, ‘El aviador’…) que tardíamente le valieron el reconocimiento máximo de la industria cinematográfica estadounidense, y de varios de documentales sobre íconos de la cultura popular (Bob Dylan, George Harrison, Elia Kazan…), el de este año parece ser un Scorsese nostálgico y reflexivo.
Pocos cierres de año tan emocionantes como el estreno de Hugo, la cinta de temporada adaptada de la novela ‘La invención de Hugo Cabret’ de Brian Selznick, con guión de John Logan (‘El aviador’, ‘El último Samurai’) y editada por la ya clásica Thelma Schoonmaker. En ella Scorsese no sólo ejecuta meticulosamente –píxel por píxel- su narrativa en 3D con tecnología de punta, sino que la historia misma está entroncada en las sensibilidades más primordiales del director estadounidense: su amor por el cine.
Huérfano, pillo e ingenioso, Hugo es un niño de 12 años que vive en una estación de trenes de París durante la década de 1930. A cargo de un pariente en permanente estado de ebriedad, se gana la vida manteniendo a punto el enorme reloj de la estación, mientras que sus hurtos lo tienen siempre en la huída y la persecución por parte del policía de la estación (Sacha Baron-Cohen).
Un día se da un encontronazo con el juguetero al que ha estado robando artilugios sofisticados: Papa George, o el mismo mago del cine, Georges Méliès (‘Viaje a la luna’), quien a su vez toma algo preciado del pequeño Hugo: el diario de su padre, único objeto que lo mantiene conectado a él. Este subrepticio intercambio establece un íntimo vínculo y suscita la misteriosa aventura que ambos –y con Isabelle como interés romántico- protagonizarán en los adentros del tiempo-cine.
Casi a modo de autobiografía contada por otros, Hugo es una historia plagada de citas cinematográficas que harán el deleite del cinéfilo atento: no sólo las alusiones a clásicos del cine como la que es considerada la primera película rodada: ‘Salida de la fábrica’ de los Lumière, ‘Llegada de un tren a la estación de la Ciotat’, también de ellos, o ‘Asalto y robo a un tren’ de Edwin S. Porter, sino muchas secuencias autorreferenciales del cine de Scorsese que en su momento fungieron como homenajes al cine que lo formó.
Además del inusual evento que es ver una de las cintas más personales y emotivas de Martin Scorsese, otro acierto de Hugo reside en su casting: Asa Butterfield (‘El niño con el pijama a rayas’) como Hugo, el siempre sombrío Ray Winstone como el tío Claude y Ben Kingsley interpretando a un Georges Méliès en sus etapas de juventud y vejez.
Es interesante que desde Hollywood se suele revisitar al cineasta francés en tanto personaje histórico o recreando sus efectos especiales y montajes clásicos, pero se ha omitido una representación más humana del hombre, que es precisamente el sentido que le da Ben Kingsley, el multipremiado actor británico. El reparto se completa con Chloë Grace Moretz como Isabelle, la hija de Méliès, Emily Mortimer (convocada de nuevo por Scorsese después de su actuación en Shutter Island, 2010, y con un papel mucho más afable en esta ocasión), y asimismo por magnetos de taquilla como Jude Law, Michael Pitt y Johnny Depp, con una participación más bien modesta.
Por lo que concierne a la tecnología 3D, se plantea en esta cinta de modo más relevante que novedoso. Hugo es con toda probabilidad una de las cintas que mejor la ha aprovechado: más allá de un divertido y hasta cierto punto gratuito mecanismo que realza o intensifica la experiencia visual, aquí forma parte del modo mismo de contar el relato; las texturas logradas por el fotógrafo Robert Richardson (Óscar por ‘JFK’ de Oliver Stone y por ‘El aviador’, nominado por ‘Platoon’ e ‘Inglorious Basterds’), dan una sensación ya no sólo visual sino casi táctil de la historia.
Tal vez desde los acercamientos al destrozado rostro de Robert de Niro en ‘Raging Bull’, el cine de Scorsese no se había sentido como toda una afección física que en Hugo genera, en cambio, una impresión de ensueño y asombro, en clara emulación del efecto que lograba el héroe de Scorsese, Georges Méliès, con las tecnologías que él mismo diseñaba en los albores del siglo XX.
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Dec 18, 2011
Nov 18, 2011
Jim Henson - Los Muppets
The Muppets 2011
Los títeres más conocidos de la cultura popular serán protagonistas este fin de año de una tercera magna producción que la casa Disney hace con la franquicia fundada por Jim Henson en 1958. Los de 2011 son Muppets globalizados, con problemas propios de nuestros tiempos: su cuartel general de creatividad, el «Muppet Theatre» está en quiebra y a punto de ser demolido. Para revertir esta acongojante situación, los Muppets, ayudados por uno de sus más leales seguidores (Jason Segel, actor y guionista), organizarán un teletón para recaudar fondos y salvar así su proyecto.
Esta versión de los Muppets es dirigida por el británico James Bobin, con una trayectoria fincada más en la televisión que en el cine, en una clara tendencia que ha tenido Disney en los últimos 10 años por reconfigurar sus marcas al estilo televisivo actual. El desafío de The Muppets 2011 es competir con versiones enormes que le anteceden.
En primer lugar, The Muppet Christmas Carol de 1992, dirigida por Brian Henson (hijo de Jim) aún se recuerda, junto a Home Alone (Mi pobre angelito, 1990) como una de esas películas de temporada que hicieron historia por lo imaginativo de su guión y de las actuaciones de primer orden con que contaban. Michael Caine brillaba en esta cinta, y no se puede decir algo distinto de Los Muppets en la Isla del Tesoro (Brian Henson, 1996), otra afortunada adaptación por parte de Henson hijo en colaboración con los talentosos guionistas Jerry Juhl (viejo colaborador de Jim Henson) y James V. Hart.
Ahora que la familia Henson ha cedido prácticamente todos los derechos de los Muppets a Disney, seguramente vienen cambios de forma y fondo. El guión de la actual versión corre a cargo de dos escritores que poco tienen que ver con el clan Henson. Jason Segel y Nicholas Stoller no pasan de los 35 años, aunque novatos no son. Segel tiene amplia experiencia no sólo como guionista y actor, sino también como titiritero, por lo que si hay alguien que aprecia el largo de las cuerdas tras los Muppets, es él. Stoller por su parte, tiene más pericia en las comedias televisivas. Ha sido guionista de algunas producciones de Fox y Universal. Además de los Muppets, ambos guionistas tienen otros proyectos en común.
Ya sin la influencia Henson, los Muppets tienen en esta historia tanto o más protagonismo que los personajes humanos. Otra sorpresa es que al parecer las crisis actuales han hecho mella en el día a día y el temperamento de los Muppets. La Rana René se ha vuelto más ermitaño y disperso, mientras que Miss Piggy ha exagerado su personalidad extravagante y ahora se dedica al negocio de la moda en París. Al que peor le ha ido es a Fozzie, el oso con ese humor siempre en entredicho, quien ahora trabaja en un casino de poca monta, donde actúa junto a renos en un show llamado The Moopets. Animal está encerrado en una clínica, intentando domar su mal carácter y Gonzo se dedica al negocio de la plomería.
Junto a los otros títeres, los Muppets ahora tendrán que restablecer sus lazos afectivos para sortear la adversidad causada por un villano también muy de nuestros tiempos: un mercachifle que no se lo piensa dos veces antes de destruir patrimonios ajenos (en este caso el de los Muppets) a cambio de una gratificación tan instantánea como inmoral. Este inescrupuloso empresario petrolero es interpretado por el excelente Chris Cooper, quien con ese par de hondos y sombríos surcos que lleva por ojeras y esa expresión facial gélida, requiere poco diálogo para establecer su maldad. Queda por ver si es la amistad restablecida lo que sacará a flote el teatro Muppet, más allá de la supuesta caridad que puede brindar un teletón.
Recordando a Jim Henson
A veces cuesta trabajo imaginar algo más interesante que las excentricidades de la vanidosa Miss Piggy o las aflicciones románticas de Gonzo, pero la biografía de su creador, Jim Henson, sobrepasa por mucho a sus legendarios personajes. Oriundo de Mississippi, Jim Henson es ese tipo de temperamentos que se antojan con menos probabilidades de ser el centro de atención. Tan tímido como ingenioso, Jim pasó gran parte de su niñez y adolescencia atento al trabajo del ventrílocuo Edgar Bergen y a los shows televisivos de algunos grandes titireteros del siglo XX como Burr Tillstrom o Bil Baird.
Más tarde, al estar enrolado en la universidad, lo que había sido hasta entonces una mera afición por los títeres se convertiría en su principal actividad. Henson comenzó elaborando títeres para shows infantiles en modestos programas televisivos, como los personajes de Sam and Friends, predecesores de los Muppets. Este periodo fue decisivo para su perfeccionamiento de técnicas, y cuando se le ocurrió el neologismo muppet, una combinación del término puppet (títere hecho de madrea) con marionette (marioneta de trapo y manipulada por cordones). Este títere suave concebido por Henson permitía mayor expresividad a sus personajes.
Durante la siguiente década Henson tuvo éxito en el ámbito de la publicidad, pero no fue hasta mediados de los 60 cuando conoció a Jerry Juhl y Frank Oz que elaboró los personajes por los que hoy es famoso. Se dice que la relación entre la Rana René y Fozzie se basa en la amistad de Jim y Frank. En 1969 creó Plaza Sésamo. El éxito de este show fue tal que le permitió a Jim distanciarse del mundo de la publicidad y dedicarse más a fondo a expandir los medios en que aparecían sus personajes, particularmente al cine y musicales teatrales.
Su primera película, The Muppet Show (1979) fue un éxito de taquilla. Convertido en un magnate del entretenimiento , en 1982 creo la Fundación Jim Henson para promover las pantomimas de títeres y marionetas como un arte. Durante toda la década produjo éxito tras éxito fílmico, mientras sus hijos se involucraban más en el negocio. En tanto, Henson se apartaba un poco del mundo Muppet para diversificar sus intereses en otros proyectos como las películas The Dark Crystal y Labyrinth.
En 1990 murió por complicaciones de una extraña y agresiva neumonía, pero las compañías manejadas por sus hijos continuaban el legado de este creador único. No es sino hasta 2004 que se cierra un ciclo cuando la familia vende gran parte de los personajes de los Muppets a Disney. Sin Henson ni Oz, los Muppets de Disney pasan ahora por una transformación a cargo de nuevos talentos cuya misión es mantener a estos personajes en el gusto del público masivo.
Sep 17, 2011
Real Steel, el boxeo metálico del futuro
Real Steel, el boxeo
metálico del futuro
Una buena parte de las
producciones hechas por el estudio DreamWorks siempre ha cobrado forma desde el
andamiaje de la ciencia ficción. El más reciente filme de esta casa, fundada en
los 90 por Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen, se titula Real
Steel (basada en el relato Steel de Richard
Matheson, 1956), y se le puede asociar a historias de corte futurista que abordan
la compleja relación hombre-máquina, como son los casos de Inteligencia
Artificial (2001), Minority report: Sentencia previa (2002) y La guerra de los
mundos (2005), entre otros importantes títulos con el sello de esta productora.
Pero a diferencia de
éstas, para Real Steel se ha asegurado una adaptación libre a cargo del
guionista Dan Gilroy (Freejack, Chasers, The Fall y comisionado para The Bourne
Legacy), que se prevee más como un cruce entre la ciencia ficción y la acción; una
puesta en escena en el futuro próximo, que cuenta los avatares de Charlie
Kenton (interpretado por Hugh Jackman), un luchador que ha depuesto los guantes
en un mundo donde el boxeo es de pronto protagonizado por máquinas.
Hombre
vs. máquina
La obsolescencia del
hombre y el reinado de la máquina es el planteamiento básico de esta cinta que
simultáneamente cuenta la complicada y distante relación de Kenton y su pequeño
hijo Max. Ambos encontrarán en su nuevo oficio como entrenadores de máquinas
boxeadoras una oportunidad para intimar y hasta para verse reflejados en su
robot de elección: uno de cualidades técnicas cuestionables y hasta
descartables, pero que por alguna razón (tal vez algo en su interior que es
casi humano) siempre gana los campeonatos.
El director Shawn Levy
la ha llamado una “conmovedora película de deportes”, y no falta quien la vea
como una síntesis de Transformers y Rocky. En efecto, la cinta es coproducida
por la casa ImageMovers Digital, perteneciente a la
división de películas de acción de Universal Studios. La
singularidad de Real Steel es una combinación de géneros fílmicos respaldada
por sus impresionantes artificios visuales, que la diferencian de su antecedente
directo, la adaptación que hizo el mismo Richard Matheson para la serie
televisiva The Twilight Zone, en 1963.
Hollywood ha recurrido
al rico imaginario de Matheson desde hace más de 50 años, y no en pocas
ocasiones. Considerado por escritores como Ray Bradbury, Robert Bloch, William
F. Nolan, Stephen King o Anne Rice como una de las principales plumas de la
ciencia ficción, la trayectoria de Matheson en las letras y el cine es vasta. Además
de sus decenas de historias de ficción y terror para películas y series
televisivas, las más memorables son acaso sus colaboraciones con Steven
Spielberg en Duelo (1971), la tercera parte de Tiburón (1983), o su adaptación
para Pide al tiempo que vuelva (1980).
Los
puños de acero en el Hollywood actual
El desafío de Real Steel
es que sea un éxito de taquilla (desde ya se prepara la secuela) que además de
entretener, suscite en la que seguramente será una audiencia masiva, la
reflexión sobre las problemáticas de la era moderna que siempre preocuparon a
Matheson, y que en concordancia con el estilo sombrío del autor, logre articular
las experiencias de sus personajes con tramas y ambientes hostiles y opresivos.
Se puede anticipar que
la impronta de Real Steel será más de la casa (las expresiones faciales “emotivas”
de los robots, por ejemplo, remiten a Inteligencia artificial, Yo, Robot y Transformers),
que del director, pues como el guionista, Shawn Levy (Una noche en el museo,
2009; Una noche fuera de serie, 2010) cuenta con más experiencia en comedias que
en cintas de acción.
La peso de la cinta
también recae en el trabajo actoral. Por la parte de los protagonistas, el
australiano Hugh Jackman ya tiene una considerable currícula como actor de
acción en la saga de X-Men o en Van Helsing, y Evangeline Lilly, más conocida
por el desempeño físico que exigía su rol en la serie televisiva Lost, hizo un
destacable trabajo en Zona de miedo (2008). Con esta cinta bien podría
consolidarse como una de las principales actrices hollywoodenses de cine de
acción. Y al histrionismo natural y emotivo del púber canadiense Dakota Goyo
hay que atender con especial atención, dada su importancia en la trama de la
historia.
Colofón
Otra interesante alusión
a esta historia es la que hicieron en forma de parodia Los Simpson en el
episodio titulado "I, (Annoyed
Grunt)-Bot" (2004), en donde los robots combatientes, lejos de representar
una competencia para los humanos, responden a una de las leyes básicas de la
robótica, que es servir a los humanos y nunca herirlos, por lo que el boxeador
de acero llamado ED-209 termina sirviéndole un martini a Homero Simpson,
mientras éste desconoce las reglas del juego y se hace del premio.
Aug 11, 2011
El club de los 27
27: el número de la última casa en la calle
del rock
La muerte de la cantante inglesa Amy
Winehouse en julio de este año ha vigorizado ese relato de la música popular que
tanta fascinación provoca: el de una cofradía de infortunados músicos que han
perdido la vida a los 27 años en circunstancias a veces misteriosas y siempre
dramáticas, y conocida con el ya famoso mote de club de los 27.
Aunque el peso de la muerte no se tasa por
edades, resulta difícil resistirse a pensar que hay un algo tan sombrío como
mítico en este número. Las membresías más sonadas son las de jóvenes con alma
añeja cuyos nombres ya habían sido inscritos con letras doradas en los anales
del rock: Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin. La muerte de estos tres íconos
de los sesenta significó asimismo el fin de los sueños y la ingenuidad que
habían cobrado forma en la contracultura del flower power; los jóvenes-mito de la década prodigiosa
norteamericana parecían decir, con su muerte, que las cosas no estaban nada bien.
Porque además de la edad, el punto en común
entre la vasta mayoría de estos músicos era, y sigue siendo, la insatisfacción
vital, cuando no infelicidad, que los caracterizaba en sus últimos momentos:
Hendrix se aseguró una potente dosis de barbitúricos horas antes de ser
encontrado muerto; la droga de elección de Joplin fue la heroína combinada con
alcohol; y aunque la muerte de Morrison nunca ha sido oficialmente aclarada, no
sorprendería ligarla con su legendaria afición por las sustancias fuertes.
A esta generación se suma Brian Jones, el
guitarrista de los Rolling Stones que padeció una severa adicción durante años.
Su último verano fue el de 1969, cuando lo hallaron muerto por ahogamiento en
su piscina. También el menos conocido Alan Wilson, líder de Canned Heat, grupo
norteamericano de blues que participó en Woodstock y el festival Monterey Pop.
La última sobredosis de Wilson fue la tercera llamada desesperada por una ayuda
que nunca llegó.
Se puede afirmar que una persona que canta
líneas como “siempre está el mañana, el fin de tu pesar” posee un sentido
trágico de la vida. Ese era Pete Ham, una de las personalidades más sombrías de
este club. La melancolía que lo habitaba fue frecuentemente expresada en temas
como Maybe Tomorrow, Baby Blue, Sometimes o Without You, que escribió para su
grupo Badfinger en los 60. Aunado a su temperamento, los problemas de dinero,
con su disquera y representantes, lo condujeron a beber tragos en demasía unas
cuantas horas antes de colgarse en su cochera, en abril del 75. Es posible
añadir una capa más negra a la historia de este grupo: años más tarde Tom
Evans, co-compositor, se sumió en una depresión y declaró que quería seguir el
camino de su amigo. Se colgó en noviembre de 1983.
La muerte por mano propia tiene sin duda el
tinte más perturbador de esta trágica comunidad: el violentísimo fin de Kurt
Cobain en la primavera del 94 aún se recuerda con estupefacción. Las lentas
autoinmolaciones de Kristen Pfaff (bajista de Hole) y la desaparición en 1995 de
un errante Richey Edwards (compositor y guitarrista de Manic Street Preachers)
en el Severn Bridge, un puente que conecta a Inglaterra con Gales y que es
conocido por la gente que salta de él, signaron el lado más oscuro del rock de
esa década. El caso de Amy Winehouse no es muy distinto a estos últimos. Los
reportes médicos señalan que su muerte estuvo relacionada con su adicción a las
drogas, pero todo apunta, empezando por las declaraciones de la propia
Amy, a que su muerte la provocó un
corazón roto.
No menos abrumadores resultan los accidentes
fatales de los 27, como el que tuvo
el norteamericano D. Boon, cantante y compositor del grupo más inteligente y
articulado que ha dado el punk: Minutemen. Desnucado en un accidente de tráfico
una tarde de diciembre, 1985 en el árido desierto de Arizona, Boon vivió para
constatar el importante e intenso vínculo político y emocional que estableció a
través de su música. Minutemen es hoy un grupo de culto y el mensaje de Boon se
antoja más vigente que nunca. Aunque la relevancia de sus canciones le
aseguraba a Boon lo más cercano a la inmortalidad, su compañero de grupo, Mike
Watt, nunca desaprovecha la ocasión para asegurarse de que la memoria de su
entrañable amigo prevalezca.
Chris Bell tuvo una muerte semejante. Segundo
al mando de esa gloriosa banda de power
pop que fue Big Star, se apartó del grupo y un poco de la vida a mediados
de los 70 para componer en solitario una maravilla de disco que lleva por
nombre I Am The Cosmos. Una enorme
flama en porciones de trece canciones es lo que el estadounidense Bell escribió
antes de que pudiera editar el disco, pues en el último mes de sus 27 años, el
27 (!) de diciembre del 78, su coche se estrelló en una carretera de Memphis, y
él murió instantáneamente.
Nunca los conocimos en persona, y a veces
pareciera que el simple hecho de que sus biografías sean esquematizadas y reproducidas
infinitamente por los medios, los hace más lejanos y los priva de su humanidad.
Bastó con ver el tratamiento sensacionalista que incontables publicaciones dieron
a la muerte de Winehouse: la selección de fotografías de Amy con aspecto
enfermo, la minimización y ridiculización de su enfermedad, la burla
sintetizada en la engañosa pirotecnia del titular que vende, y mucho. Y más
lamentable aún: la reacción muchas veces insensible y automatizada de
espectadores impresionables que saturaban las redes sociales o las secciones de
comentarios de populares diarios para compartir su absoluta incomprensión.
Ante ello, que esta alusión al club de los 27, en la que se incluyen
nombres que no siempre aparecen en el radar, sirva para recordarlos y
reconectar con ellos de la mejor manera, de la que legaron: su música.
Jun 20, 2011
MTV o la televisión moldeó la música
MTV o la
televisión moldeó la música
El primero de agosto MTV cumple 30 años de
transmisión. La próximamente treintañera Music Television ha pasado de canal de
videos musicales a franquicia trasnacional y en el camino, ha moldeado una
paradoja: el acercamiento a la música popular en el último tramo del siglo XX
fue… visual.
Escuchar viendo
Bob Pittman y John Lack, fundadores de MTV,
probablemente nunca previeron el efecto que tendría su canal en la industria
musical, más allá de una mera plataforma masiva de promoción. Los que sí sentenciaron el futuro próximo
serían The Buggles y el primer videoclip transmitido a primera hora de la
madrugada: Video Killed The Radio Star, en lo que pronto se convirtió en un
fenómeno cultural que impactó no sólo la esfera de la música transmitida por
radio, sino el cine y la moda.
Esta simbiosis audiovisual ha tenido en tres
décadas algunos momentos definitorios:
Thriller, de
Michael Jackson
Jackson no sólo pavimentó la presencia negra
en un canal que transmitía, casi sin excepción, videos de músicos blancos.
Primero con Billie Jean, y más tarde con Thriller, la historia de horror
escrita por Rod Temperton y producida por Quincy Jones, que visualmente fue extendida a un
cortometraje para el canal de videos.
Situado en la década del 50, esta pequeño
musical de 14 minutos presenta una narrativa que significó toda una ruptura en
tiempos, temas y géneros del aún joven videoclip. El progreso de una cita
amorosa a una estilizada historia de horror en la que Jackson se convierte en
zombie, le significó al cantante y a la televisora numerosos premios y
ganancias millonarias, pero más que nada, la inserción en el imaginario
colectivo como uno de los momentos más importantes de la época.
Masificación de lo
“alternativo” y cabida de lo experimental
Sin duda Thriller abrió paso a una serie de
cambios importantes –aunque no sustanciales- dentro de la televisora. Su
vocación industrial nunca estuvo en cuestionamiento: la rotación ad nauseum de un reducido número de
grupos y solistas masivos en su programación principal, y de modo secundario,
en horas de madrugada, pequeños pero significativos espacios para músicos mucho
menos conocidos y otros contenidos que para entonces resultaban innovadores en
la televisión de paga.
120 Minutes se transmitió de 1986 a 2000, y
por él desfilaron innumerables grupos que salieron de los círculos “subterráneos”
del rock. Durante sus dos horas
semanales, su segmento de espectadores vio a nombres que de otra manera no
hubieran conocido, sobre todo más allá de las fronteras norteamericanas: Hüsker
Dü, The Jesus & Mary Chain, Pixies, The Replacements… y ese grupo que borró la línea entre lo
“subterráneo” y lo masivo: Nirvana y Smells Like Teen Spirit.
Menos conocido que 120 Minutes era MTV Buzz,
un programa asociado con el Channel 4 de Gran Bretaña y dedicado a presentar
manifestaciones audiovisuales aún más desconocidas. A altas horas de la noche,
Buzz presentaba collages de reflexiones remezcladas de William S. Burroughs,
Dennis Hopper, Genesis P-Orrigde y Ofra Haza, entre otros, sobre los motivos
posmodernos de entonces. Buzz sería el capítulo más atrevido de una televisora
que pronto presentaría otra metamorfosis.
De canal a
franquicia
La diversificación de contenidos que la
televisora ha tenido desde los 90 la ha llevado a una crisis de identidad,
particularmente desde que el videoclip dejó de tener prominencia en la
programación, para ceder paso a los reality shows. MTV se convertía a paso
acelerado en una franquicia que abría sucursales en Europa, América Latina y
Asia. Del 2000 a la fecha, la televisora se ha convertido en productora de
dramas supuestamente realistas que hoy se multiplican y transmiten en varios
canales, y cada vez de manera más tangencial, presenta videos musicales.
En la lógica de la industria musical, no
sorprende que ahora internet esté cerca de matar a la estrella del video: las generaciones
que nacieron de los 90 en adelante son nativos digitales para los que el
televisor es un artefacto del paleolítico. Para seguir siendo comercialmente
viable, la televisora se ha tenido que fragmentar aún más y contar con una
presencia en la red que no es para nada monopólica, sino que cuenta con vasta
competencia. Eso, y el anuncio de que rescatará
viejas recetas como 120 minutes, pueden significarle más aliento. Lo que
es difícil de discutir, a la luz de 30 años, es su carácter icónico.
El realismo social de Mike Leigh
Este 2011 se cumplen 40 años en los que Mike Leigh ha trazado una línea de quehacer fílmico dentro del género del realismo social imbricado en el Free Cinema británico, que ha tenido en nombres como Humphrey Jennings, Lindsay Anderson o Ken Loach a sus principales referentes.
Sin la poética de Anderson ni el naturalismo de Loach, Leigh ha forjado una narrativa propia cuyos motivos tienen que ver con personajes marginales enmarcados en ambientes frecuentemente hostiles o de desasosiego, desde una óptica casi siempre reivindicativa.
Su pulso ha sido, desde el inicio, firme: en los créditos iniciales de Bleak Moments (1971) advierte que “Cualquier semejanza entre los personajes de esta cinta y personas vivas o muertas en el mundo real, es completamente intencional”. Esta declaración de principios fue sentidamente puesta en práctica en las poco conocidas Grown-Ups (1980), comedia negra basada en las diferencias de clase de los protagonistas, y High Hopes (1988), que usando el mismo esquema, nos revela a un Leigh como arquitecto de personajes meticulosamente pensados y de manera más notable, a un director capaz de simpatizar con ellos.
Leigh como cronista taciturno
Mas su nombre permanecería relativamente desconocido hasta su producción de 1993, Naked: inmediato festín para la cinefilia mundial que se ganó el máximo galardón de Cannes por su brillante guión, estilizada narrativa y la intensa actuación de David Thewlis como Johnny, un vago elocuente a modo de anti-héroe que procura su trance de misantropía autodestructiva en los años inmediatos a más de una década de feroz thatcherismo. Un necesario y violento corte de caja, Naked causó polémica, más por la misoginia extrema de Johnny que por su odisea en el Londres de la miseria espiritual y económica de aquella época. Tal vez a ello se deba que en las realizaciones posteriores de Leigh es notoria una intención por repensar su mirada sobre la mujer.
Reivindicaciones feministas
No es usual que un hombre se asuma públicamente como feminista, pero Mike Leigh lo hizo en 2008. En películas como Secrets and Lies (1996) y Vera Drake (2004) dejó constancia de su preocupación por elaborar representaciones totalmente alejadas de la fantasía masculina. Su mirada crítica otorga capacidad de agencia a sus personajes femeninos, no sólo en las historias realistas de su día a día, ni en sus resoluciones satisfactorias y verosímiles, sino en la libertad de improvisación con que contaban sus actrices para, en lo espontáneo del momento, explorar sus propias experiencias y dotar a sus personajes de mayor hondura.
Vejez, consuelo, felicidad
Alejado completamente del esquema fatalista y desencantado de Naked o de otros tantos personajes neuróticos, la más reciente obra de Leigh, Another Year (2010), nos muestra a un director desinteresado en ocultar el afecto que siente por sus personajes principales, y los dota de una sustanciosa dosis de ternura y estabilidad: Tom y Gerri son una pareja cuya larga trayectoria sentimental es como un roble al que se acude buscando sombra y protección, y eso es exactamente lo que hacen amigos y familiares a lo largo de las cuatro estaciones del año.
En una más de sus viñetas de época tan acertadas, es destacable que Leigh coloque al hijo de la pareja, Joe, como un joven abogado con rumbo y futuro incierto, o a Mary, la amiga “solterona” y solitaria como personajes cuya queda ansiedad encuentra consuelo en esta pareja casi anciana, símbolo de armonía y un másti al cual aferrarse en lo que pasa la tormenta. Lo polémico ahora sería la representación, en pleno 2010, de una pareja tan convencional como ésta, pero al mismo tiempo significa nuevos bríos para un director que, rozando los 70 años, sabiamente consulta en el diccionario “optimismo”, palabra nada gratuita para alguien dedicado a construir una filmografía que ha atendido inteligentemente y sin adornos las problemáticas sociales complejas que se han suscitado en la Inglaterra de los últimos cuarenta años.
Su pulso ha sido, desde el inicio, firme: en los créditos iniciales de Bleak Moments (1971) advierte que “Cualquier semejanza entre los personajes de esta cinta y personas vivas o muertas en el mundo real, es completamente intencional”. Esta declaración de principios fue sentidamente puesta en práctica en las poco conocidas Grown-Ups (1980), comedia negra basada en las diferencias de clase de los protagonistas, y High Hopes (1988), que usando el mismo esquema, nos revela a un Leigh como arquitecto de personajes meticulosamente pensados y de manera más notable, a un director capaz de simpatizar con ellos.
Leigh como cronista taciturno
Mas su nombre permanecería relativamente desconocido hasta su producción de 1993, Naked: inmediato festín para la cinefilia mundial que se ganó el máximo galardón de Cannes por su brillante guión, estilizada narrativa y la intensa actuación de David Thewlis como Johnny, un vago elocuente a modo de anti-héroe que procura su trance de misantropía autodestructiva en los años inmediatos a más de una década de feroz thatcherismo. Un necesario y violento corte de caja, Naked causó polémica, más por la misoginia extrema de Johnny que por su odisea en el Londres de la miseria espiritual y económica de aquella época. Tal vez a ello se deba que en las realizaciones posteriores de Leigh es notoria una intención por repensar su mirada sobre la mujer.
Reivindicaciones feministas
No es usual que un hombre se asuma públicamente como feminista, pero Mike Leigh lo hizo en 2008. En películas como Secrets and Lies (1996) y Vera Drake (2004) dejó constancia de su preocupación por elaborar representaciones totalmente alejadas de la fantasía masculina. Su mirada crítica otorga capacidad de agencia a sus personajes femeninos, no sólo en las historias realistas de su día a día, ni en sus resoluciones satisfactorias y verosímiles, sino en la libertad de improvisación con que contaban sus actrices para, en lo espontáneo del momento, explorar sus propias experiencias y dotar a sus personajes de mayor hondura.
Vejez, consuelo, felicidad
Alejado completamente del esquema fatalista y desencantado de Naked o de otros tantos personajes neuróticos, la más reciente obra de Leigh, Another Year (2010), nos muestra a un director desinteresado en ocultar el afecto que siente por sus personajes principales, y los dota de una sustanciosa dosis de ternura y estabilidad: Tom y Gerri son una pareja cuya larga trayectoria sentimental es como un roble al que se acude buscando sombra y protección, y eso es exactamente lo que hacen amigos y familiares a lo largo de las cuatro estaciones del año.
En una más de sus viñetas de época tan acertadas, es destacable que Leigh coloque al hijo de la pareja, Joe, como un joven abogado con rumbo y futuro incierto, o a Mary, la amiga “solterona” y solitaria como personajes cuya queda ansiedad encuentra consuelo en esta pareja casi anciana, símbolo de armonía y un másti al cual aferrarse en lo que pasa la tormenta. Lo polémico ahora sería la representación, en pleno 2010, de una pareja tan convencional como ésta, pero al mismo tiempo significa nuevos bríos para un director que, rozando los 70 años, sabiamente consulta en el diccionario “optimismo”, palabra nada gratuita para alguien dedicado a construir una filmografía que ha atendido inteligentemente y sin adornos las problemáticas sociales complejas que se han suscitado en la Inglaterra de los últimos cuarenta años.
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