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Nov 18, 2014

El francotirador (American Sniper)

El francotirador 

Han pasado poco más de diez años desde que atestiguamos las primeras guerras del siglo XXI, aunque en realidad lo de Afganistán e Irak se trató, como bien apuntó en su momento el historiador Eric Hobsbawm, de dos invasiones sin precedentes, al ser cometidas por un imperio sin contrapeso, como ha sido Estados Unidos después del fin de la Guerra Fría. En este breve lapso ya se han comenzado a consolidar las narrativas del vencedor, escritas, por supuesto, desde ese país, gustoso de verse a sí mismo como el ganador de un “conflicto” entre partes completamente dispares.


Estas narrativas tienen como objetivo un posicionamiento de los “resultados” ante la opinión pública mundial, y en el mejor de los casos, de matización y humanización de los brutales acontecimientos que han tenido como consecuencia dos países completamente destruidos, especialmente en el caso de Irak. A veces de manera poco sutil, estas historias se centran en resaltar las cualidades, dificultades, o por lo menos los dilemas enfrentados por sus protagonistas estadounidenses (militares, agentes, etc.), a la par de envilecer aún más a la contraparte.


Una de las tareas más sobresalientes en este sentido, por su ágil narrativa y la plataforma masiva en que se presentó, fue la película Zero Dark Thirty (2012), de Kathryn Bigelow, quien ya había hecho un ejercicio en la misma línea con The Hurt Locker de 2008, ambas historias sobre la guerra en Irak, contadas desde el punto de vista del invasor. Bigelow fue premiada con un Óscar por mejor dirección, en un claro posicionamiento ideológico de la industria del cine estadounidense.


La industria del libro no se ha quedado atrás, y American Sniper, la autobiografía del francotirador Chris Kyle en que se basa este estreno, fue uno de los best-sellers del 2012. Promocionado por el marketing editorial como “el francotirador más letal de la historia”, un tagline resaltado en negritas y con letras capitalizadas en la portada del libro, se trata de la historia de un hombre oriundo de Texas que encontró en la corporación SEALS de la Marina (la de mayor élite, considerada incluso “secreta”) de Estados Unidos, un segundo hogar en el que terminó de formar su identidad. Es conocido que quienes pertenecen a esta élite son los militares que han tolerado el entrenamiento más tortuoso, tanto en el sentido físico como psicológico.


Es esta élite a la que se le acredita la captura y asesinato de Osama bin Laden, y en el caso de Irak y de este soldado en particular, los 160 disparos certeros en contra de “insurgentes” iraquíes. Premiado con las más altas distinciones militares por su “valor”, Kyle cuenta cómo después del primer tiro, su oficio se convirtió en uno de mayor facilidad, y que ejecutaba con total sangre fría. Textualmente: “No tengo que prepararme ni hacer nada especial mentalmente – miro a través del visor, centro a mi objetivo y mato a mi enemigo, antes de que él mate a uno de los míos”.


No es que se espere reflexión de personas que, carentes de una crianza moral y crítica, terminan siendo cooptadas y sometidas por años a esos niveles de adoctrinamiento por instituciones del Estado, pero el relato de Kyle, quien además se considera un guerrero cristiano que encontró en los iraquíes al enemigo perfecto (“me han quitado tanto”, afirma en un pasaje), da cuenta del estado mental de la mayoría de los hombres que fueron enviados a Irak, antes y después de la guerra: hombres que en casa carecían de rumbo o reconocimiento, y que en la guerra y después de ella, gozaron al fin de estatus social, de respeto y de un propósito en la vida.


Además del relato espeluznante de la guerra y de la banalidad de quienes la hacen en el campo de batalla, en la autobiografía tenemos también un trivial conflicto matrimonial, en el que la esposa de Kyle se queja de que los SEALS le robaron al marido. El texto da cuenta de un hombre de pocas luces, usado para un fin terrible por hombres infinitamente más perversos que él, y su desconocimiento de esta situación es tal vez su peor tragedia personal. La ironía de la vida de Chris Kyle –pasada por alto en la película– es que no perdió la vida en Irak, sino en su propio país y a manos de otro veterano de guerra, quien padecía estrés postraumático y en un arrebato semi esquizofrénico, vació una pistola en la nuca de Kyle mientras ambos practicaban tiro en una localidad de la cada vez más apocalíptica Texas.


La versión simple, superficial y dicharachera de Chris Kyle ha sido adaptada por el guionista Jason Dean Hall, un novato que está encontrando éxito en las narrativas de guerra, y es protagonizada por Bradley Cooper, quien también funge como co-productor después de varios años de haber comprado los derechos del libro y dedicarse a conseguir financiamiento para este proyecto que por alguna razón le resulta el más personal de su carrera. En manos de Clint Eastwood como director, la historia promete más que un relato simplista sobre un conflicto complejo que no parece tener fin: no sólo el de la guerra en el devastado Irak, sino la guerra en forma de trauma que acompaña a los veteranos en caso de poder regresar a casa en otra cosa que no sea una bolsa de cadáver.


De la larguísima carrera cinematográfica de Clint Eastwood se pueden resaltar varias cosas, como el hecho de que hace mucho rompió con el estereotipo del actor de Westerns promotores de la ideología más conservadora y de películas de acción con un exagerado nivel de testosterona. Eastwood se hizo cineasta sobre la marcha, perfeccionando una sensibilidad para penetrar en el alma humana y proyectarla en la pantalla, tanto así que hoy es uno de los autores de cine clásico más importantes.


Tiene, por ejemplo, el crédito de haber repensando géneros que se creían muertos o “superados”, como el Western, en la enorme El jinete pálido de 1985. Pero hablar de una capacidad para hallar meros matices en sus historias y sus personajes, es hacerle poca justicia a este cineasta capaz de desentrañar la misma condición humana, con todas sus contradicciones, errores y dilemas, como hizo en Bird (1988), sobre el jazzista Charlie Parker, y Mystic River (2003).


En sus abordajes sobre la guerra ha posicionado un punto de vista –ejercicio del que muchos rehúyen cuando más se necesita– alejado del aleccionamiento o del panfleto. El caso de Heartbreak Ridge (1986) le costó un enfrentamiento con el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Más recientemente, en Cartas desde Iwo Jima (2006), Eastwood rompe con la narrativa del vencedor para contar la historia desde el punto de vista del otro.


Aunque el veterano director no ha intervenido en el guión de El francotirador, y sobre todo, éste se limita a adaptar la visión del propio Kyle, ignorando el desastre de las principales víctimas –los iraquíes– y el grave problema de salud mental de los veteranos, Eastwood muy probablemente irá más allá de las anécdotas exageradas y las bravuconerías de un hombre macho en realidad inmensamente débil, como fue Chris Kyle, muchas de ellas puestas en tela de juicio por oficiales, periodistas y hasta otros Marines.


¿Quien se esconde detrás de este guerrero que prefería usar una cachucha en vez de casco “para parecer más cool”, y mientras mascaba chicle, qué sentía al matar como un autómata a hombres y niños en un país tan lejano, cuando en el suyo lo esperaban su esposa e hijos en la seguridad de su hogar? Y la devastación del país invadido, ¿qué efecto tiene en los “vencedores”, mucho más allá de la retórica oficial?


Lejos de “trasladar” una historia del libro al cine, la oportunidad de Eastwood es poner en la mira de la cámara cinematográfica al francotirador más letal de Estados Unidos para invitar a una necesaria reflexión colectiva sobre la ignorancia, la religión, el culto a las armas y la oportunidad de negocio que supone la mitificación de este guerrero texano, como elementos novedosos de la bancarrota moral de un imperio que ya conocemos con bastante familiaridad, y cuyos fundamentales delirios de superioridad han causado muerte y destrucción en otras partes del mundo.

http://www.imdb.com/title/tt2179136/?ref_=fn_al_tt_2

Jul 11, 2014

Sin City: una dama por la que matar (Frank Miller, Robert Rodriguez, 2014)

Sin City: una dama por la que matar

Han pasado casi 10 años desde que la novela gráfica noir de Frank Miller, Sin City, fuera llevada a la pantalla grande, resultando en una de las adaptaciones mejor logradas en tanto a su estilización visual. Más arriesgada que las adaptaciones de súper héroes tan en boga en ese entonces, Sin City dio paso a la puesta en cine de cómics cuyo lenguaje resultó ser durante años un desafío para varios directores fílmicos, como fue el caso de Watchmen o V de Venganza, realizadas en los años inmediatos a Sin City. El crédito lo tiene Robert Rodríguez, quien logró imprimir en su película el ambiente de opresión y desasosiego que transmitía la novela gráfica.

Con el mismo Frank Miller ocupándose del guión y la co-dirección, Sin City es una historia protagonizada por varios personajes a lo largo de varios episodios no acomodados en orden cronológico, pero que comparten como hilo conductor a una ciudad lúgubre que, más que servir como el escenario de fondo, cobra la misma importancia de cualquier personaje. La ciudad-personaje moldea, de hecho, los caracteres y destinos de los personajes principales, entre los cuales se encuentran Marv (Mickey Rourke), Hartigan (Bruce Willis) y Nancy (Jessica Alba), presentes también en la secuela.

Una dama por la que matar narra en primer lugar el pasado de Dwight McCarthy, el protagonista de toda la saga, y su tormentosa relación con la femme fatale Ava Lord. En esta segunda parte, el papel de Dwight McCarthy es protagonizado por un Josh Brolin con el rostro transformado (Clive Owen dio vida a Dwight en la cinta de 2005), y Eva Green, ya bien instalada en personajes oscuros y problemáticos, y quien por cierto protagoniza otra de las películas exitosas de Frank Miller: 300: Rise Of An Empire.

A este primer episodio le siguen tres más, dos de los cuales han sido escritos por Miller específicamente para la película, lo que permite pensar en una relación más fluida entre la obra dibujada y la película, interdependientes una de la otra. En estos episodios desfilan alrededor de 40 personajes, entre los que se encuentran los interpretados por Jessica Alba, Rosario Dawson, Joseph Gordon-Levitt, Mickey Rourke, Lady Gaga y el mismo Frank Miller como un cura. En “Just Another Saturday Night” se narran las vivencias de Marv (Rourke), previas a la historia contada en 2005: un hombre que despierta súbitamente en una carretera, al lado de muertos. Rourke luce brutal, más o menos como ha sido su aspecto recientemente: el de un luchador curtido a golpes.

En “The Long Bad Night”, Gordon-Levitt es un jugador sofisticado que se mete en problemas y que a pesar de sus virtudes, es arrastrado por su sed de venganza, y en “The Fat Loss” Jessica Alba es Nancy Callahan penando el suicidio de John Hartigan (Bruce Willis), acto cometido en la versión de 2005, y planeando fríamente el asesinato del político criminal Senator Roark, villano número 1 de la historia.

Robert Rodríguez y Frank Miller continúan con el planteamiento expresionista en esta secuela, añadiendo color a ciertos personajes/situaciones, pero siempre con el monocromo como leitmotiv. Hay tantos elementos propios de la historieta que casi podría afirmarse que Sin City es una novela gráfica en movimiento, con globos de diálogo que añaden información al diálogo verbal, dibujos yuxtapuestos con los actores y el escenario, tipografías y un efecto tridimensional cuadro por cuadro que da la impresión de que las acciones se fueran a salir del plano en cualquier momento.    

Una de las transformaciones que más prometen es la del personaje de Jessica Alba, quien en esta ocasión deja de ser víctima para convertirse en una vengadora que amenaza por completo la impunidad del hombre poderoso. Se ha dicho que la Nancy de Jessica Alba emula a una de esas heroínas tan icónicas del cine de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino… una chica a lo Kill Bill, por ejemplo. Al respecto Alba ha asegurado que eso es sólo reflejo de su mismo crecimiento como actriz, y que a nueve años de la primera película, ha dejado la ingenuidad atrás.

Aunque probablemente se trate más de uno de esos personajes femeninos del polémico Frank Miller y su “violencia sexy”, quien nunca se ha distinguido por sus matices. Desde sus vengadoras “empoderadas” hasta sus femme fatales, lo que tienen en común estas mujeres son las desmesuradas curvas, el busto y los labios como atributos fijos y explotables que no tienen equivalente alguno en los personajes varones. Un ejemplo es el póster promocional impulsado directamente por la productora Miramax, con el no menos polémico Harvey Weinstein a la cabeza, en el que Eva Green muestra sus “atributos femeninos” veladamente escondidos tras una blusa semi-transparente, y que recientemente fue censurado.

Sin la intervención directa de Quentin Tarantino, como se llegó a rumorar durante los meses de producción, es difícil que las mujeres imaginadas por Miller vayan más allá del molde. Pero más allá del tema de las representaciones, será interesante ver qué tanto se aprovechan en esta secuela los recursos tecnológicos –la película es 90% CGI y retoque digital– que ya hicieron de Sin City 2005 una de las películas más llamativas en cuanto a su estilización, y que indudablemente  es un referente para el lucrativo negocio de las franquicias de cómic llevadas a la pantalla grande.

Cómic en movimiento
La legendaria editorial Dark Horse Comics tiene, además de Sin City, otros títulos llevados al cine con excelentes resultados, tanto o más que los títulos de la Marvel o DC Comics:
-       Hellboy. Las adaptaciones de Guillermo del Toro en 2004 y 2008 se convirtieron en dos de las películas más sobresalientes de su carrera, ahora ya como un director indispensable de la fantasía y la ciencia ficción. Cómic original de Mike Mignola, sorprende la facilidad con que del Toro asimiló la historieta sin la ayuda del autor original.

-        300. Frank Miller se inspiró en la Batalla de las termópilas para uno de sus cómics más conocidos. Zack Snyder la llevó a la pantalla grande en 2007 y en 2014 hizo una “precuela”. En la revista Variety le llamaron clásico a la primera y aunque la segunda no salió tan bien parada, muestran que el imaginario de Miller aún no se agota.


Mar 11, 2014

Godzilla, Gareth Edwards

Godzilla

Japón ha dotado al mundo de un sinnúmero de personajes que pueblan el imaginario colectivo; de ellos, el más icónico es Godzilla, el gigantesco monstruo ("kaiju”) originalmente imaginado y dirigido por Ishiro Honda en 1954, menos de diez años después de las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, que cobraron miles de vidas y dejaron sobrevivientes con devastadores efectos por la radiación de las bombas.

El trauma de haber sido el único país atacado por bombas nucleares encontró un cauce de expresión en varias áreas de la cultura japonesa.
El Godzilla de Honda, al representar con un horrible y desproporcionado monstruo el horror y la devastación de las bombas nucleares, casi instantáneamente se convirtió en un ícono que consecuentemente fue reproducido en distintos medios como la televisión, los cómics y varios remakes del filme original.


El tino de Honda, alumno nada menos que de uno de los más grandes cineastas como Akira Kurosawa, fue proveer al monstruo de un temperamento que lo hizo no sólo inolvidable, sino más temido de lo que cualquier otro monstruo intercambiable podría resultar. Un ente memorable en una narrativa que en todo momento mantiene el suspenso y el horror ante la devastación, el remake que el británico Gareth Edwards tiene preparado para este 2014 rescata la visión de Ishiro Honda y lo hace, además, en una de las coyunturas más agitadas desde la Segunda Guerra Mundial, como es la actual, donde el desastre nuclear no sólo sigue presente, sino ahora acompañado por los efectos del calentamiento global que algunos científicos ya han calificado de irreversibles.


Hombre vs Natura
El plan de Edwards y su guionista, David Callaham, es que se vuelva a mirar a Godzilla en estrecha relación con el desastre que lo originó y que multiplica como en un efecto dominó; esto después de que los recientes remakes se han centrado más en el aspecto visual del ente y de su devastación, que en los orígenes, prescindiendo de una historia de fondo que abarata la película. En Godzilla 2014, con Nueva York como locación (algunas escenas fueron filmadas en Japón, Vancouver y Hawaii), Edwards y Callaham aluden explícitamente a la secrecía del gobierno de Estados Unidos en relación con la existencia del monstruo.


Edwards aprovecha las posibilidades de efectos digitales cada vez más avanzados en una seria competencia con el Pacific Rim (2013) de Guillermo del Toro, pero con una visualidad mucho menos oscura, que recuerda más a la narración clásica de Steven Spielberg en Tiburón: el espectador es introducido en un ambiente familiar, cotidiano y de aparente tranquilidad, pero tiene siempre la sensación de que algo ominoso está por ocurrir. El suspenso sostenido se quiebra con la aparición de Godzilla, acompañado ahora por otros malignos kaijus (los horrendos Mutos de múltiples extremidades, diseñados durante cerca de un año) en impresionantes batallas del hombre contra la naturaleza.


El caos de Godzilla y compañeros es representado como el peor terremoto, huracán y estallido atómico combinados, en una ciudad ya bien fetichizada como el pico de la modernidad, cuya destrucción remite inmediatamente a eventos reales. La ventaja aquí es que los rascacielos neoyorkinos dan cuenta de la proporción de las bestias que se asoman del océano, unas vistas no tan alejadas del Tokio de los 50 y que acentúan la magnitud del cataclismo.


El responsible de los efectos visuales, Jim Rygiel (El señor de los anillos, Star Trek: insurrección, etc.) basó el diseño de Godzilla en el movimiento y el comportamiento del oso pardo, el dragón de Komodo y hasta en algunas características faciales del perro y el águila. A Godzilla se le ha reinventado digitalmente: ahora presenta deformidades faciales que resaltan su condición tétrica: sus ojos son dos cavidades hondas y oscuras que antes que ver, parecen devorar. Par a par con la imagen, el sonido provee quizás el lado más espeluznante del monstruo. 

El rugido clásico de Godzilla también fue rediseñado para esta película, pensado sobre todo en las posibilidades del sonido en las salas IMAX, donde el sonido de hondo de este kaiju literalmente vibrará en el pecho del espectador.


Pero si se piensa que la apariencia y la irrupción violenta del monstruo simbolizan la reacción de la naturaleza permanentemente violentada por el hombre, el carácter tétrico de Godzilla adquiere matices: la naturaleza es impredecible y reacciona adversamente, pero también provee y protege. Godzilla, como en el relato original, no es el enemigo del ser humano, ¿pero es éste capaz de darse cuenta?


Los protagónicos son dos de los actores más reconocidos de la televisión estadounidense por sus recientes y memorables personajes como el profesor devenido narcotraficante “Walter White” en la serie Breaking Bad: Bryan Cranston, interpretando en Godzilla a un profesor de física nuclear que recordará indudablemente al primer Walter White, y Elizabeth Olsen, ya con importantes caracterizaciones de personajes femeninos poderosos y complejos (Mad Men, Top Of The Lake), quien en esta ocasión la hace de Elle Brody, la esposa del teniente militar al mando de la operación para destruir a los kaijus.


Godzilla de Gareth Edwards será sin duda una puesta al día imperdible, al retomar las características del Godzilla original e incorporar la tecnología más avanzada a una de las historias más populares del siglo XX, y con la que ya varias generaciones de espectadores han crecido. 


Más del director
Aunque Godzilla es sólo su segundo largometraje, el joven director nacido en 1975 dejó una magnífica impresión en Hollywood con su primer filme independiente, Monsters. Los adeptos al género no se pueden perder esta historia de ciencia ficción que transcurre en la frontera México-Estados Unidos. Una nave de la NASA suspendida en el espacio es colonizada por vida extraterrestre. Una falla causa que se estrelle en esta zona de la tierra, contaminándola por toda la región. Pronto, las diferencias entre los dos países determinarán cuál lado se salva y cuál no.


Una narrativa inteligente, así como un uso creativo de recursos limitados (añaden realismo las tomas de semi-documental), prueban que con Monsters y ahora Godzilla, Edwards es un director capaz de aportar significado y comentario a un género que cada vez con más frecuencia rehúye de ellos, amparándose exclusivamente en la excelencia de los efectos visuales.  

Feb 2, 2014

3 Days To Kill (Joseph McGinty, 2013)

3 Days To Kill

El thriller político pasa por una interesante renovación: la premisa del individuo contra la estructura de poder tuvo un impresionante éxito a inicio de los dosmiles con la franquicia basada en el personaje de Jason Bourne, un antihéroe que pasa de ser un agente del Estado a un opositor que usa su entrenamiento para desentrañar la corrupción estructural en la que él ha servido de poco más que alfil.

Otra cinta que también tiene un relevante comentario político, pero centrado en la relación padre-hija, es Taken (2008), escrita y producida por Luc Besson y protagonizada por Liam Neeson, un ex-agente que se enfrenta al crimen organizado coludido con mandos de gobierno en la búsqueda de su hija secuestrada. Ambas películas comparten un montaje trepidante en donde la historia se cuenta desde la perspectiva del anti héroe. Simpatizando con él y por ende, en contra de las corruptas estructuras legales e ilegales con las que se enfrenta, el espectador ve una trama de acción no peleada con el comentario reflexivo.

Más cercana al género de acción y no tanto al thriller político, y ciertamente menos incisiva que las anteriores películas, se encuentra 3 Days To Kill, la historia de un agente del servicio secreto (el matón “Ethan Renner”, interpretado por Kevin Costner) que adquiere una enfermedad letal para la cual hay una cura que sólo conoce y puede proveer su mando superior, a cambio de un trabajo final que frustrará el plan de Renner de jubilarse para entablar una relación con su hija adolescente.

Escrita por Adi Hasak (Shadow Conspiracy) y Luc Besson (La Femme Nikita, El professional…), se podría pensar que 3 Days To Kill remite precisamente a esas historias, pero su tratamiento tiene el sello del director Joseph McGinty, más conocido por la estetizada acción de su película del 2000, Charlie’s Angels, y no tanto por el ritmo trepidante ni la testosterona de sus personajes masculinos. 3 Days To Kill es también –o sobre todo– el regreso de Kevin Costner a la pantalla grande, tras varios años de dedicarse a hacer papeles secundarios, series de televisión o incluso de dedicarse a tocar en su banda de música country.
Ya casi en sus 60, Costner se preparó físicamente para el demandante papel del agente Renner, aunque su interpretación de un hombre rudo, cuya fortaleza interior es aún más ferrea, está muy lejana de la que tan bien le sale a Liam Neeson, el actor irlandés a quien indudablemente Coster quiere emular. El agente de Costner no está exento de hacer chistes para aligerar el peso de su ocupación, y de hecho resulta notable la interacción que tiene con los tres personajes femeninos más cercanos a él: su esposa, su hija y la mujer que le provee la droga que debe salvar su vida: una misteriosa Amber Heard en plan de femme fatale.
Las motivaciones de Ethan Renner no son políticas, sino personales, y en su retorno al oficio de matón, no lo notamos vacilante excepto por el hecho de que ya no podrá llevarse con su familia como él deseaba. El lado amable y sentimental de un matón es un sello tan distintivo en el universo Costner, y extensivo a esta historia, donde tenemos a la familia en un pedestal mientras literalmente explotan bombas alrededor de ella, haciendo que el personaje funcione como un ladrillo más de ese muro político que nunca se cuestiona ni mucho menos se resquebraja, y de hecho va a la caza del villano predecible y ya exhausto que es “el terrorista”.
3 Days to Kill, una co-producción estadounidense-francesa, se antoja como una paso titubeante del reconocido Besson (productor, además de guionista) al mercado estadounidense, al que ya había entrado con la exitosa Taken. En esta ocasión desaprovecha no sólo su bagaje, prestigio y fórmula, sino las condiciones actuales del debate político que urgen una mirada menos relajada a las prácticas perversas del Estado, comenzando por Estados Unidos pero que no se limitan a ese país.
Lo que Besson no desaprovecha, y que resulta de lo más atractivo, es la colaboración con el fotógrafo Thierry Arbogast, cuyo ojo fue clave en la creación de los ambientes laberínticos y claustrofóbicos habitados por personajes ya icónicos como León, el matón interpretado por Jean Reno en El profesional, así como la antisistema Nikita y casi una decena de películas reconocidas por su calidad visual: Ridículo o El quinto elemento.
Mientras que existen planes para una tercera parte de la más compleja Taken, 3 Days To Kill tiene el potencial de construir al menos dos personajes importantes que no son el protagonista: Bresson y McGinty han mostrado tino en la creación de personajes femeninos fuertes. En primera intancia y mucho más interesante que Renner, resulta su némesis Vivi Delay, una agente del FBI bien instalada en esa psicopatía perfeccionada de los guardianes del orden que ya no sorprende a nadie, y ataviada de trajes de látex negro a lo Gatúbela. Será interesante ver a este personaje con un alto componente de sadismo administrar la droga que mantiene vivo a Renner por tiempo indefinido.
Por su parte, la adolescente Zooey Renner es interpretada por una actriz que ya ha tenido interpretaciones convincentes en True Grit, Ender’s Game y su protagónico en Romeo y Julieta de Carlo Carlei. Como la hija de un hombre misterioso que lleva una doble vida, Zooey representa lo opuesto, una chica que genuinamente quiere acercarse a su padre, y cuya vida está en riesgo sin que ella lo sepa.
Filmada en París y Bosnia, los admiradores de la tecnología y los efectos especiales se regocijarán con el despliegue de artefactos, desde mini bombas hasta sofisticados autos deportivos y persecusiones vertiginosas que tienen el sello Bresson, ya no tanto como el director-autor de los 90, sino como el productor de un modelo de películas de acción que sin duda todavía cuenta con un buen número de seguidores.


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