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Aug 11, 2011

El club de los 27

27: el número de la última casa en la calle del rock

La muerte de la cantante inglesa Amy Winehouse en julio de este año ha vigorizado ese relato de la música popular que tanta fascinación provoca: el de una cofradía de infortunados músicos que han perdido la vida a los 27 años en circunstancias a veces misteriosas y siempre dramáticas, y conocida con el ya famoso mote de club de los 27.

Aunque el peso de la muerte no se tasa por edades, resulta difícil resistirse a pensar que hay un algo tan sombrío como mítico en este número. Las membresías más sonadas son las de jóvenes con alma añeja cuyos nombres ya habían sido inscritos con letras doradas en los anales del rock: Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin. La muerte de estos tres íconos de los sesenta significó asimismo el fin de los sueños y la ingenuidad que habían cobrado forma en la contracultura del flower power; los jóvenes-mito de la década prodigiosa norteamericana parecían decir, con su muerte, que las cosas no estaban nada bien.

Porque además de la edad, el punto en común entre la vasta mayoría de estos músicos era, y sigue siendo, la insatisfacción vital, cuando no infelicidad, que los caracterizaba en sus últimos momentos: Hendrix se aseguró una potente dosis de barbitúricos horas antes de ser encontrado muerto; la droga de elección de Joplin fue la heroína combinada con alcohol; y aunque la muerte de Morrison nunca ha sido oficialmente aclarada, no sorprendería ligarla con su legendaria afición por las sustancias fuertes.

A esta generación se suma Brian Jones, el guitarrista de los Rolling Stones que padeció una severa adicción durante años. Su último verano fue el de 1969, cuando lo hallaron muerto por ahogamiento en su piscina. También el menos conocido Alan Wilson, líder de Canned Heat, grupo norteamericano de blues que participó en Woodstock y el festival Monterey Pop. La última sobredosis de Wilson fue la tercera llamada desesperada por una ayuda que nunca llegó.

Se puede afirmar que una persona que canta líneas como “siempre está el mañana, el fin de tu pesar” posee un sentido trágico de la vida. Ese era Pete Ham, una de las personalidades más sombrías de este club. La melancolía que lo habitaba fue frecuentemente expresada en temas como Maybe Tomorrow, Baby Blue, Sometimes o Without You, que escribió para su grupo Badfinger en los 60. Aunado a su temperamento, los problemas de dinero, con su disquera y representantes, lo condujeron a beber tragos en demasía unas cuantas horas antes de colgarse en su cochera, en abril del 75. Es posible añadir una capa más negra a la historia de este grupo: años más tarde Tom Evans, co-compositor, se sumió en una depresión y declaró que quería seguir el camino de su amigo. Se colgó en noviembre de 1983. 

La muerte por mano propia tiene sin duda el tinte más perturbador de esta trágica comunidad: el violentísimo fin de Kurt Cobain en la primavera del 94 aún se recuerda con estupefacción. Las lentas autoinmolaciones de Kristen Pfaff (bajista de Hole) y la desaparición en 1995 de un errante Richey Edwards (compositor y guitarrista de Manic Street Preachers) en el Severn Bridge, un puente que conecta a Inglaterra con Gales y que es conocido por la gente que salta de él, signaron el lado más oscuro del rock de esa década. El caso de Amy Winehouse no es muy distinto a estos últimos. Los reportes médicos señalan que su muerte estuvo relacionada con su adicción a las drogas, pero todo apunta, empezando por las declaraciones de la propia Amy,  a que su muerte la provocó un corazón roto.

No menos abrumadores resultan los accidentes fatales de los 27, como el que tuvo el norteamericano D. Boon, cantante y compositor del grupo más inteligente y articulado que ha dado el punk: Minutemen. Desnucado en un accidente de tráfico una tarde de diciembre, 1985 en el árido desierto de Arizona, Boon vivió para constatar el importante e intenso vínculo político y emocional que estableció a través de su música. Minutemen es hoy un grupo de culto y el mensaje de Boon se antoja más vigente que nunca. Aunque la relevancia de sus canciones le aseguraba a Boon lo más cercano a la inmortalidad, su compañero de grupo, Mike Watt, nunca desaprovecha la ocasión para asegurarse de que la memoria de su entrañable amigo prevalezca.

Chris Bell tuvo una muerte semejante. Segundo al mando de esa gloriosa banda de power pop que fue Big Star, se apartó del grupo y un poco de la vida a mediados de los 70 para componer en solitario una maravilla de disco que lleva por nombre I Am The Cosmos. Una enorme flama en porciones de trece canciones es lo que el estadounidense Bell escribió antes de que pudiera editar el disco, pues en el último mes de sus 27 años, el 27 (!) de diciembre del 78, su coche se estrelló en una carretera de Memphis, y él murió instantáneamente. 

Nunca los conocimos en persona, y a veces pareciera que el simple hecho de que sus biografías sean esquematizadas y reproducidas infinitamente por los medios, los hace más lejanos y los priva de su humanidad. Bastó con ver el tratamiento sensacionalista que incontables publicaciones dieron a la muerte de Winehouse: la selección de fotografías de Amy con aspecto enfermo, la minimización y ridiculización de su enfermedad, la burla sintetizada en la engañosa pirotecnia del titular que vende, y mucho. Y más lamentable aún: la reacción muchas veces insensible y automatizada de espectadores impresionables que saturaban las redes sociales o las secciones de comentarios de populares diarios para compartir su absoluta incomprensión.

Ante ello, que esta alusión al club de los 27, en la que se incluyen nombres que no siempre aparecen en el radar, sirva para recordarlos y reconectar con ellos de la mejor manera, de la que legaron: su música.  



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