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Mar 17, 2013

The Host (La huésped)

The Host (La huésped)

Tras el éxito rotundo del fenómeno Twilight, la saga de romance-ficción que desde 2008 ha recaudado cerca de dos mil millones de dólares en taquilla y ha colocado a su creadora, la estadounidense Stephanie Meyer, como la productora de mayor notoriedad y ventas dentro del sector púber-adolescente de espectadores –superando incluso a JK Rowling, creadora de Harry Potter–, es que se estrena con enorme anticipación The Host, un romance de corte clásico y ambientación futurista adaptada al lenguaje fílmico por el talentoso escritor y director Andrew Niccol.

Oficinista de tiempo completo devenida escritora de best-sellers, Meyer incursionó en el mundo del espectáculo casi por accidente. Según cuenta, Twilight fue soñada en partes, y escrita sin más expectativas que ser leída por ella y su círculo cercano. Esta modesta afición pronto se convirtió en una novela de trece capítulos que en principio fue rechazada por varias editoriales, y después peleada por otras cuantas. Súbitamente se convirtió en best-seller nacional. La biografía de Meyer remite a la de la escocesa JK Rolling en muchos sentidos; ambas son atentas lectoras que no han forjado su talento en universidades ni escuelas profesionales de escritores, y ciertamente han estado en el lugar y momento propicios.


Una historia futurista con influencias clásicas
Lectora de romances clásicos –Meyer cita como escritores clave a Shakespeare y Jane Austen–, y de la narrativa gótica, las historias de Meyer son el lógico resultado de sus hábitos literarios; sobre todo a esto se puede atribuir el éxito que su historia sobre un motivo eminentemente romántico como el vampiro, ha tenido entre sus lectores adolescentes.

La posesión del cuerpo humano por un ente extraño obliga a preguntar qué significa ser humano. The Host es la historia de seres extraños que invaden la tierra y el cuerpo de los humanos (los huéspedes). La protagonista, Melanie Stryder, es una humana que se resiste a ser invadida completamente por su “visitante”. Dicha resistencia consiste en proteger lo único que no ha sido invadido del todo: su mente. Melanie forzará a su ocupante a recordar las experiencias que la hicieron humana, y a visualizar el deseo que siente por Jared, el último humano que no ha sido invadido. De esta pulsión vital se concatenan una serie de eventos alrededor de un agitado triángulo amoroso.

Niccol y su estética futurista
Alejada ya de la narrativa del vampiro, The Host está más cercana al Lasher de Anne Rice y a la ciencia ficción; se puede pensar incluso en la relación replicantes/humanos que planteaba Blade Runner. Para adaptar este relato al cine, la productora de Meyer ha reclutado a alguien con solvencia en la estética futurista, Andrew Niccol, quien debutó en 1997 con la destacable Gattaca,  puesta en escena en un futuro no muy lejano donde se practica la ingeniería social, “mejorando” a la especie humana por medio de la manipulación genética.

Gattaca fue nominada al óscar en el rubro de mejor diseño de producción, con una estética que tomaba elementos prestados de la arquitectura modernista de los 50 y el cine negro, en la continuación de las visualidades expuestas en cintas como Terminator (84) o Blade Runner (82).

En S1m0ne de 2002, Niccol se centra en el reemplazo del humano por la máquina, aunque en un tono más romántico. El presupuesto de esta película fue bastante modesto, por lo que no se aprecia una producción visual significativa. En 2011 Niccol regresó con una ambiciosa película protagonizada por la estrella pop Justin Timberlake. In Time es otra distopía que transcurre en el año 2169, en la que los humanos dejan de envejecer al cumplir los 25 años. Sorprendentemente Niccol no recurrió a un complicado diseño de producción, sino que el tratamiento visual recae primordialmente en la fotografía.

En The Host el diseño de producción no se distancia mucho del de In Time, en el aprovechamiento de ambientes naturales y abiertos donde conviven y actúan los humanos, y en contraste, espacios generados por computadora donde transcurre el conflicto con los entes. Sin embargo, evocando a Gattaca, Niccol recurre de nuevo a su gusto por el trazo modernista, notorio en el diseño de edificios tanto como helicópteros y hasta planchas de hospital. Es interesante el recurso del modernismo en las distopías de este director: ¿nos invita a constatar, desde este punto post en la historia, que el futuro nunca llegó? 

Queda esto como un apunte para reflexionar en esta película realizada por la mancuerna Meyer-Niccol, que seguramente satisfará a públicos más amplios que los seguidores de los romances adolescentes y de la ciencia ficción.

A LA VISTA: más de Meyer y Niccol
Stephanie Meyer está produciendo la adaptación fílmica de Down A Dark Hall (1974) de Lois Duncan, una de las escritoras norteamericanas más populares del género de fantasía y misterio. Esta adaptación versa sobre las vivencias de una adolescente en un misterioso internado.

Aún sin planes para ser transportados al medio fílmico, Prom Nights From Hell es un conjunto de relatos de misterio en el que participa Meyer junto a otros escritores. Su historia, Hell On Earth, continúa con los motivos de la escritora.

En 2005 Andrew Niccol se apartó brevemente de su interés por la ciencia ficción para incursionar más dentro del terreno del comentario político con la película Lord of War. En ella contó con la actuación de Nicolas Cage, Donald Sutherland y Ethan Hawke (Gattaca) en un relato sobre un mercenario-empresario ruso que trafica con armas legal e ilegalmente. En su agenda destacan los contactos tanto de la mafia, como de los Estados pertenecientes al Consejo de seguridad de la ONU. Imposible no pensar en la relevancia de este tema, sobre todo en las crisis que se han suscitado en Estados Unidos durante los años recientes, promovidas y aprovechadas por la industria armamentista.

World War Z

World War Z

La figura del muerto viviente, portador de un mal peor que la peste y con altísimo grado de contagio, más conocido como zombie, se disputa este verano el reino como el depositario número uno del miedo colectivo. Por colectivo se creía el miedo de un determinado grupo de personas, pertenecientes a un país o una fracción de continente, como se recuerda en la reciente 28 días después (Danny Boyle, 2003), o la clásica Invasion of the Body Snatchers (Don Siegel, 1956). En World War Z esa amenaza se ha vuelto global e inmediata: una pandemia de consecuencias tan catastróficas que la raza humana corre el riesgo de extinguirse.

Producida y protagonizada por Brad Pitt, con apoyo de la Paramount y la productora del joven multimillonario David Ellison (que se perfila, como su hermana Megan, como dos productores cinematográficos a los que hay que prestar atención), esta ambiciosa historia se basa en la novela homónima escrita por Max Brooks en 2006, a su vez basada en los relatos de historia oral que Studs Terkel hizo sobre la Segunda Guerra Mundial en su novela The Good War, y que le valió el premio Pulitzer en 1985.

Atenta a las fuentes históricas orales como estrategia narrativa (la historia oral es el relato de viva voz de actores participantes en algún evento histórico) y con ecos del periodismo de guerra, World War Z es el relato del delegado de la ONU y padre de familia Gerry Lane, quien, ante el brote de la pandemia, decide colaborar con la organización y los gobiernos aliados para intentar frenarla. Lane ha viajado a varias partes del mundo con la misión de documentar el fenómeno zombie, que antes del brote pandémico se consideraba excepcional, por lo que su experiencia será clave en la búsqueda por controlar esta amenaza global.

A diferencia de otras películas que se circunscriben a la figura del muerto viviente, Word War Z resulta mucho más ambiciosa: el zombie es lo que motiva una historia que pronto se desenvuelve en varios nudos dramáticos que exceden por mucho los límites del género del horror. Así, WWZ es en partes iguales una película de horror, como un thriller político que astutamente echa mano del documental ficcionado (o “falso documental”) para reforzar su retórica: tomas aéreas y a ras de suelo, cámaras fijas y de mano, y un manejo magistral de enormes multitudes humanas que huyen despavoridas de muertos vivientes que se parecen físicamente tanto a ellos, que en estas escenas caóticas es prácticamente imposible distinguir unos de otros. 

Al director Marc Forster le ha funcionado espléndidamente esta estrategia híper-realista, de noticiero de televisión, pero sin coquetear nunca visualidades sucias o explotadoras (en el sentido del subgénero “exploitative”) del periodismo amarillista, o incluso el gore. Los tonos marrones de post-guerra en WWZ recuerdan no sólo a distopías apocalípticas y sombrías como War of the Worlds (Spielberg, 2005), sino que su fotografía está más cercana al fotoperiodismo, e incluso por momentos remite a las escalofriantes escenas de la magnífica cinta sueca Songs From The Second Floor (Roy Anderson, 2000), donde los muertos se desprenden de la tierra.

Esto se debe al talento del veterano Robert Richardson, con tres óscares en su haber por cintas como The Aviator o Hugo, y a quien caracteriza su estética sobria e inteligentemente correspondiente al relato y sus tonos dramáticos. Además de este sólido aspecto técnico, la historia en sí misma promete grados de complejidad que no son comunes en este tipo de mega producciones.

No obstante los cortes de última hora que borran incómodas menciones a China como el hipotético sitio de origen del brote infeccioso, el guión fue escrito por uno de los narradores más interesantes de Hollywood, Drew Goddard, quien el año pasado dirigió The Cabin in the Woods, y es conocido por hacer comentarios políticos relevantes en torno a temas como el espectador en momentos de la híper-referencialidad. Será interesante ver cuál es el sello de Goddard en una película que trata un tema eminentemente político, que involucra a los gobiernos del mundo y a la ONU, decidiendo el mismo futuro de la especie humana.

En World War Z el foco de atención no es tanto el aspecto putrefacto del muerto viviente, y la sangre o vísceras de sus víctimas. A cambio de esta viscosidad, el director suizo propone una trama tejida inteligentemente y una visualidad impactante que podrían hacer de esta la película de zombies más importante al inicio de la década.

Biologías amenazantes y otros riesgos de contagio que hay que ver
The Thing (John Carpenter, 1982)
El estadounidense John Carpenter tenía el extraño don de hacer películas incisivas con estéticas escalofriantes. Uno de los más grandes maestros del terror, Carpenter aisla a un grupo de científicos en la Antártida, y en cuestión de días desmenuza el comportamiento humano ante lo desconocido y temido. Las monstruosidades diseñadas por Carpenter y su equipo son tan espantosas como lo que provocan en la mente de quienes las padecen.
Children of Men (Alfonso Cuarón, 2006)

Distopía basada en el libro homónimo de P.D. James, versa sobre la amenaza del fin de la especie humana, pero no por una amenaza externa o una pandemia, sino por una biología en recesión: la infertilidad de las mujeres en un hipotético 2027 semi caótico, donde quedan pocos gobiernos “estables”. En Children of Men, Cuarón usa la misma estrategia narrativa que WWZ: documental ficcionado y elementos de noticiero televisivo como fuentes de realismo.

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