50 años de El Satánico Dr. No, de Terence
Young
Este año es el cincuenta
aniversario de una de las películas más idiosincráticas del cine de la
posguerra. El legado de Ian Fleming ha logrado, como pocos, insertar su
ideología en el imaginario popular, y de manera más eficaz, con la estetización
sofisticada provista por sus adaptaciones al cine, en particular la primera
película sobre James Bond, llevada a cabo por el egresado de Cambridge,
novelista, guionista y ex-militar Terence Young.
Durante la década del 50 Young
se desempeñó como un solvente guionista de historias dramáticas que se
convirtieron en éxitos internacionales. Respaldado por los productores Albert
R. Broccoli y Harry Saltzman, Young dirigió las adaptaciones de la novela de
Ian Fleming: Dr. No (1962), From Russia With Love (1963) y Thunderball (1965).
La estética de Terence Young y el inicio de un género
En sólo tres años, Young acuñó
una de las estéticas más memorables del cine de los 60. Las aventuras y las tramas
protagonizadas por el agente Bond serían escenificadas en países “remotos” y
exotizados (Jamaica); ambientes propicios para el lucimiento de las habilidades
del protagonista, un héroe moderno y conquistador en el terreno político y en
el sexual.
Para ello Young se aseguró de
que literalmente desde los créditos iniciales, creados por Maurice Binder, su
James Bond sería icónico. Young colaboró en el guión con Kevin McClory, Jack
Whittingham y el mismo Ian Fleming. El habilidoso editor Peter R. Hunt fue el
responsable de esas secuencias de persecuciones que forjaron escuela. La
cinematografía, el diseño visual y el soundtrack fueron aspectos en los que se
puso especial atención. Pero de todos los elementos que hicieron de la trilogía
de Young un clásico, el más importante fue su protagonista, el actor escocés
Sean Connery.
La lista de oficios de Connery,
previos a su trabajo actoral, son tantos y tan diferentes, que podría decirse
que esa fue su verdadera escuela de actuación: lechero, marino, conductor de
tren, salvavidas, obrero, modelo, barnizador de ataúdes y fisiculturista.
De toda esta experiencia de vida
es que Connery obtuvo más de un secreto para dotar de carisma y habilidades
seductoras a su personaje más conocido: el agente 007. El poderío físico de
Connery, su mirada y porte de Don Juan, y las decisiones certeras que casi
siempre derivaban en acciones heróicas, fueron todos elementos de virilidad que
hasta al día presente se asocian a Sean Connery (le siguen llamando “el hombre
más sexy del mundo” y la Reina Isabel lo ha hecho Caballero), y de manera más
importante, necesarios para el protagonista de un género que entonces se
gestaba: el del agente secreto.
Visto a la luz de los años, el
legado de Terence Young es una creación visual excepcional que inauguró, desde
el cine, la iconografía de los 60. Como un filme eminentemente político, su
peso histórico es mucho menor que el estético.
La lupa sobre el agente
Los personajes que destinan
irrecuperables horas de su vida e ingenio, y arriesgan su integridad física y
mental en pos de un fin más importante que ellos, siempre han cautivado la
imaginación de los lectores, pero los que más asombro provocan son, acaso,
aquellos que maniobran en el límite siempre en nombre de un ente supremo o un
mando superior incuestionable, que en el caso del James Bond de los 60, es nada
menos que el Imperio Británico. James Bond es una narrativa clásica del
imperialismo cultural que desde su puesta en escena y casi en cada reedición,
ha sido puesta en cuestionamiento desde la crítica cultural y el análisis
fílmico, pero quizás de manera más significativa, desde la misma creación
literaria y cinematográfica.
La obra de John Le Carré,
ex-espía británico que dejó el servicio exterior para dedicarse a la
literatura, es una dedicada tarea por desentrañar la sombría política de la
Gran Bretaña durante la posguerra. Los de Le Carré, como los de ese gran
escritor de tramas políticas que fue Grahan Greene (“El factor humano”), son agentes
no al servicio de ningún Estado o corporación, sino agentes en tanto hombres cuyas
decisiones tomadas en circunstancias apremiantes, los vuelven libres. Le Carré
y Greene forjaron, desde la experiencia y la cuidadosa observación de la
política de su tiempo, personajes multidimensionales con dilemas y
contradicciones (imperdible es la adaptación al cine de Tinker, Tailor,
Soldier, Spy, protagonizada por Gary Oldman en 2011), y en un esquema más
amplio, personajes contextualizados que fijaban la postura política de los
escritores y se convertían en narrativas históricamente relevantes.
Más recientemente, nada menos
que el actor Matt Damon, en una de las giras promocionales de la saga Jason
Bourne (el agente de la CIA que desde la deserción desmonta la corrupción
sistemática de sus superiores), defendía esta historia y señalaba a James Bond
como un agente “imperialista, misógino y sociópata”. Mientras que las palabras
de Damon cuentan con una enorme dosis de verdad, hay que notar que el James
Bond interpretado por Daniel Craig es el más interesante en décadas, cuando su
destreza como espía lo ha llevado a descubrir los complots de los recientes
gobiernos estadounidenses, en particular los de George W. Bush contra ciertos
gobiernos de países latinoamericanos, como afirma Juan Cole en su artículo “A
Quantum of Anti-Imperialism”[1].
Desde el James Bond de Terence
Young al de Marc Forster existe una notoria y astuta estrategia de quienes
controlan la franquicia por poner la historia al día. En este sentido, James
Bond no está exento de la práctica ya común (aunque no siempre bien lograda) de
las historias autorreflexivas.