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Sep 17, 2012

50 años de El Satánico Dr. No, de Terence Young

50 años de El Satánico Dr. No, de Terence Young

Este año es el cincuenta aniversario de una de las películas más idiosincráticas del cine de la posguerra. El legado de Ian Fleming ha logrado, como pocos, insertar su ideología en el imaginario popular, y de manera más eficaz, con la estetización sofisticada provista por sus adaptaciones al cine, en particular la primera película sobre James Bond, llevada a cabo por el egresado de Cambridge, novelista, guionista y ex-militar Terence Young.
Durante la década del 50 Young se desempeñó como un solvente guionista de historias dramáticas que se convirtieron en éxitos internacionales. Respaldado por los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, Young dirigió las adaptaciones de la novela de Ian Fleming: Dr. No (1962), From Russia With Love (1963) y Thunderball (1965).

La estética de Terence Young y el inicio de un género
En sólo tres años, Young acuñó una de las estéticas más memorables del cine de los 60. Las aventuras y las tramas protagonizadas por el agente Bond serían escenificadas en países “remotos” y exotizados (Jamaica); ambientes propicios para el lucimiento de las habilidades del protagonista, un héroe moderno y conquistador en el terreno político y en el sexual.
Para ello Young se aseguró de que literalmente desde los créditos iniciales, creados por Maurice Binder, su James Bond sería icónico. Young colaboró en el guión con Kevin McClory, Jack Whittingham y el mismo Ian Fleming. El habilidoso editor Peter R. Hunt fue el responsable de esas secuencias de persecuciones que forjaron escuela. La cinematografía, el diseño visual y el soundtrack fueron aspectos en los que se puso especial atención. Pero de todos los elementos que hicieron de la trilogía de Young un clásico, el más importante fue su protagonista, el actor escocés Sean Connery.

La lista de oficios de Connery, previos a su trabajo actoral, son tantos y tan diferentes, que podría decirse que esa fue su verdadera escuela de actuación: lechero, marino, conductor de tren, salvavidas, obrero, modelo, barnizador de ataúdes y fisiculturista.

De toda esta experiencia de vida es que Connery obtuvo más de un secreto para dotar de carisma y habilidades seductoras a su personaje más conocido: el agente 007. El poderío físico de Connery, su mirada y porte de Don Juan, y las decisiones certeras que casi siempre derivaban en acciones heróicas, fueron todos elementos de virilidad que hasta al día presente se asocian a Sean Connery (le siguen llamando “el hombre más sexy del mundo” y la Reina Isabel lo ha hecho Caballero), y de manera más importante, necesarios para el protagonista de un género que entonces se gestaba: el del agente secreto.
Visto a la luz de los años, el legado de Terence Young es una creación visual excepcional que inauguró, desde el cine, la iconografía de los 60. Como un filme eminentemente político, su peso histórico es mucho menor que el estético.  

La lupa sobre el agente
Los personajes que destinan irrecuperables horas de su vida e ingenio, y arriesgan su integridad física y mental en pos de un fin más importante que ellos, siempre han cautivado la imaginación de los lectores, pero los que más asombro provocan son, acaso, aquellos que maniobran en el límite siempre en nombre de un ente supremo o un mando superior incuestionable, que en el caso del James Bond de los 60, es nada menos que el Imperio Británico. James Bond es una narrativa clásica del imperialismo cultural que desde su puesta en escena y casi en cada reedición, ha sido puesta en cuestionamiento desde la crítica cultural y el análisis fílmico, pero quizás de manera más significativa, desde la misma creación literaria y cinematográfica.

La obra de John Le Carré, ex-espía británico que dejó el servicio exterior para dedicarse a la literatura, es una dedicada tarea por desentrañar la sombría política de la Gran Bretaña durante la posguerra. Los de Le Carré, como los de ese gran escritor de tramas políticas que fue Grahan Greene (“El factor humano”), son agentes no al servicio de ningún Estado o corporación, sino agentes en tanto hombres cuyas decisiones tomadas en circunstancias apremiantes, los vuelven libres. Le Carré y Greene forjaron, desde la experiencia y la cuidadosa observación de la política de su tiempo, personajes multidimensionales con dilemas y contradicciones (imperdible es la adaptación al cine de Tinker, Tailor, Soldier, Spy, protagonizada por Gary Oldman en 2011), y en un esquema más amplio, personajes contextualizados que fijaban la postura política de los escritores y se convertían en narrativas históricamente relevantes.  

Más recientemente, nada menos que el actor Matt Damon, en una de las giras promocionales de la saga Jason Bourne (el agente de la CIA que desde la deserción desmonta la corrupción sistemática de sus superiores), defendía esta historia y señalaba a James Bond como un agente “imperialista, misógino y sociópata”. Mientras que las palabras de Damon cuentan con una enorme dosis de verdad, hay que notar que el James Bond interpretado por Daniel Craig es el más interesante en décadas, cuando su destreza como espía lo ha llevado a descubrir los complots de los recientes gobiernos estadounidenses, en particular los de George W. Bush contra ciertos gobiernos de países latinoamericanos, como afirma Juan Cole en su artículo “A Quantum of Anti-Imperialism”[1].

Desde el James Bond de Terence Young al de Marc Forster existe una notoria y astuta estrategia de quienes controlan la franquicia por poner la historia al día. En este sentido, James Bond no está exento de la práctica ya común (aunque no siempre bien lograda) de las historias autorreflexivas.


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