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50 años de Lawrence of Arabia

Este año se cumplen 50 años de una de las películas más canónicas en la historia del cine. La épica dirigida por el británico David Lean...

Jan 18, 2012

La chica del dragón tatuado



Se podría afirmar que el género policiaco ha sido reinventado en los últimos años por escritores suecos como Henning Mankell y Stieg Larsson. Sus libros se venden por millones, incluyendo el novísimo formato digital, y la industria del cine paga cifras de vértigo para hacerse de los derechos y adaptar sus historias a la pantalla grande.

En el caso de Larsson, sus historias son las más imbricadas en la “realidad”, pues el oriundo de Skelleftehamn ejerció por más de veinte años el oficio de periodista, plataforma que le permitió investigar a fondo los principales y más violentos grupos de extrema derecha de su país, y denunciar sus actividades. Políticamente inquieto desde la adolescencia, formó parte de la Liga de Trabajadores Comunistas, donde fungió como fotorreportero y periodista para publicaciones de corte marxista.

Larsson nunca tuvo problemas para reconciliar sus intereses socialistas con su afición por la ciencia ficción y la literatura. Es precisamente esa mediación la que da a sus ficciones una sensación de familiaridad para el lector “de abajo”: el asalariado, el inmigrante, y de manera más notoria, la mujer. Porque ha sido en su trilogía Milenio, de la que forma parte The Girl with the Dragon Tattoo, que Larsson ha denunciado las condiciones de permanente acoso y sometimiento en que viven las mujeres. De las que él habla son mujeres imaginadas a partir de sus observaciones como periodista, experiencia que le permitió conocer las entrañas del sistema sueco.

Este es un punto a su favor: los tortuosos avatares por los que pasa su protagonista, Lisbeth Salander, la colocan como una verdadera víctima de un sistema que se sigue pensando modelo de democracia y progreso en el mundo occidental. El debate central de esta historia radica en discernir si las acciones de esta (anti) heroína forman parte de una pensada agenda de reivindicaciones feministas o de la reacción violenta de una mujer que desde niña ha sido víctima de un sistema patriarcal.

La adaptación de David Fincher se antoja prometedora no sólo por el estilo noir que se le conoce al director estadounidense desde Seven o El club de la pelea, sino por una preocupación reciente de que en sus cintas no impere el estilo sobre la sustancia. En su reciente película sobre la historia de Facebook (The Social Network) y su fundador, Fincher seguramente incomodó no sólo al poderoso nuevo rico Mark Zuckerberg y sus aliados, sino de manera más importante, a los usuarios comunes que sin un mínimo de cuestionamiento ya no ven cómo deshacerse del último reducto de su privacidad en esa red social. Además de utilizar inteligentemente un medio masivo para poner el dedo en la llaga, Fincher ha sido cuidadoso de filmar en las locaciones adecuadas (Suecia y no cualquier sitio nevado) y convocar a un equipo de colaboradores con enorme pericia: Daniel Craig como el periodista Mikael Blomkvist, Rooney Mara como Lisbeth Salander y Christopher Plummer como el patriarca atormentado que acude a Blomkvist para resolver un crimen familiar.

Un segundo punto a favor de Larsson es su crítica a otra institución fundamental: la familia. El crimen que Blomkvist y Salander resolverán ocurre en el seno de una familia acaudalada que Larsson ha sabido ligar sin excesos a tres generaciones de militantes de ese libero del que Europa parece incapaz de deshacerse: la ultraderecha expresada en el nazismo y sus subsiguientes versiones. El crimen que tiene lugar en una apacible región sueca es una predecible expresión de esta doctrina del odio, donde la supremacía racial cede paso a la misoginia sadista.

El desafío para Fincher es lograr una adaptación que la distinga de su predecesora sueca, filmada en 2009 por director danés Niels Arden Oplev. La versión de Arden es elegante y sobria, narrativamente ingeniosa y cuenta con la talentosa Noomi Rapace como una Lisbeth Salander aguda e introspectiva. En los adelantos de la versión de Fincher se puede apreciar un énfasis en el vestuario extravagante de Salander (¿la estética punk sigue escandalizando en esta década?) y en la actuación agresiva de Rooney Mara, con un currículum muy limitado pero una solvente actuación en The Social Network como la novia de Mark Zuckerberg.

 Finalmente la musicalización por parte de Trent Reznor de Nine Inch Nails y Atticus Ross es una de las colaboraciones más esperadas no sólo en el ámbito fílmico sino sobre todo en los no pocos seguidores del grupo que renovó el rock industrial en los 90 y en esta década ha hallado en la elaboración de soundtracks un nuevo rumbo de creación artística. Reznor y Ross ganaron un Oscar con el soundtrack de The Social Network el año pasado. Hay que recordar que el dramatismo que se percibe en los antisépticos pasillos de Harvard y los dormitorios de los programadores del entonces incipiente Facebook, se debe en gran parte al efecto de la música y el sonido que este dúo de compositores logró. No es que una historia con suficientes elementos dramáticos y temas controversiales como The Girl With the Dragon Tattoo necesite el sostén de un buen soundtrack, pero en el caso de la cinta de Fincher, es un plus imperdible.

 

Dec 18, 2011

Hugo o el niño que visitaba las entrañas de la máquina de ensueño

Decía cierto revolucionario estadounidense que no le importaba plantar árboles para su gratificación personal, sino para la posteridad, y a menos de un año de alcanzar su séptima década, Martin Scorsese (Nueva York, 1942) nos muestra en pantalla el que tal vez sea uno de los árboles centrales de su filmografía.

Después de dirigir en años recientes una cadena de ficciones intensas (‘Shutter Island’, ‘The Departed’, ‘Gangs of New York’, ‘El aviador’…) que tardíamente le valieron el reconocimiento máximo de la industria cinematográfica estadounidense, y de varios de documentales sobre íconos de la cultura popular (Bob Dylan, George Harrison, Elia Kazan…), el de este año parece ser un Scorsese nostálgico y reflexivo.

Pocos cierres de año tan emocionantes como el estreno de Hugo, la cinta de temporada adaptada de la novela ‘La invención de Hugo Cabret’ de Brian Selznick, con guión de John Logan (‘El aviador’, ‘El último Samurai’) y editada por la ya clásica Thelma Schoonmaker. En ella Scorsese no sólo ejecuta meticulosamente –píxel por píxel- su narrativa en 3D con tecnología de punta, sino que la historia misma está entroncada en las sensibilidades más primordiales del director estadounidense: su amor por el cine.

Huérfano, pillo e ingenioso, Hugo es un niño de 12 años que vive en una estación de trenes de París durante la década de 1930. A cargo de un pariente en permanente estado de ebriedad, se gana la vida manteniendo a punto el enorme reloj de la estación, mientras que sus hurtos lo tienen siempre en la huída y la persecución por parte del policía de la estación (Sacha Baron-Cohen).

Un día se da un encontronazo con el juguetero al que ha estado robando artilugios sofisticados: Papa George, o el mismo mago del cine, Georges Méliès (‘Viaje a la luna’), quien a su vez toma algo preciado del pequeño Hugo: el diario de su padre, único objeto que lo mantiene conectado a él. Este subrepticio intercambio establece un íntimo vínculo y suscita la misteriosa aventura que ambos –y con Isabelle como interés romántico- protagonizarán en los adentros del tiempo-cine.

Casi a modo de autobiografía contada por otros, Hugo es una historia plagada de citas cinematográficas que harán el deleite del cinéfilo atento: no sólo las alusiones a clásicos del cine como la que es considerada la primera película rodada: ‘Salida de la fábrica’ de los Lumière, ‘Llegada de un tren a la estación de la Ciotat’, también de ellos, o ‘Asalto y robo a un tren’ de Edwin S. Porter, sino muchas secuencias autorreferenciales del cine de Scorsese que en su momento fungieron como homenajes al cine que lo formó.

Además del inusual evento que es ver una de las cintas más personales y emotivas de Martin Scorsese, otro acierto de Hugo reside en su casting: Asa Butterfield (‘El niño con el pijama a rayas’) como Hugo, el siempre sombrío Ray Winstone como el tío Claude y Ben Kingsley interpretando a un Georges Méliès en sus etapas de juventud y vejez.

Es interesante que desde Hollywood se suele revisitar al cineasta francés en tanto personaje histórico o recreando sus efectos especiales y montajes clásicos, pero se ha omitido una representación más humana del hombre, que es precisamente el sentido que le da Ben Kingsley, el multipremiado actor británico. El reparto se completa con Chloë Grace Moretz como Isabelle, la hija de Méliès, Emily Mortimer (convocada de nuevo por Scorsese después de su actuación en Shutter Island, 2010, y con un papel mucho más afable en esta ocasión), y asimismo por magnetos de taquilla como Jude Law, Michael Pitt y Johnny Depp, con una participación más bien modesta.

Por lo que concierne a la tecnología 3D, se plantea en esta cinta de modo más relevante que novedoso. Hugo es con toda probabilidad una de las cintas que mejor la ha aprovechado: más allá de un divertido y hasta cierto punto gratuito mecanismo que realza o intensifica la experiencia visual, aquí forma parte del modo mismo de contar el relato; las texturas logradas por el fotógrafo Robert Richardson (Óscar por ‘JFK’ de Oliver Stone y por ‘El aviador’, nominado por ‘Platoon’ e ‘Inglorious Basterds’), dan una sensación ya no sólo visual sino casi táctil de la historia. Tal vez desde los acercamientos al destrozado rostro de Robert de Niro en ‘Raging Bull’, el cine de Scorsese no se había sentido como toda una afección física que en Hugo genera, en cambio, una impresión de ensueño y asombro, en clara emulación del efecto que lograba el héroe de Scorsese, Georges Méliès, con las tecnologías que él mismo diseñaba en los albores del siglo XX.

 

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