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Dec 18, 2011

Hugo o el niño que visitaba las entrañas de la máquina de ensueño

Decía cierto revolucionario estadounidense que no le importaba plantar árboles para su gratificación personal, sino para la posteridad, y a menos de un año de alcanzar su séptima década, Martin Scorsese (Nueva York, 1942) nos muestra en pantalla el que tal vez sea uno de los árboles centrales de su filmografía.

Después de dirigir en años recientes una cadena de ficciones intensas (‘Shutter Island’, ‘The Departed’, ‘Gangs of New York’, ‘El aviador’…) que tardíamente le valieron el reconocimiento máximo de la industria cinematográfica estadounidense, y de varios de documentales sobre íconos de la cultura popular (Bob Dylan, George Harrison, Elia Kazan…), el de este año parece ser un Scorsese nostálgico y reflexivo.

Pocos cierres de año tan emocionantes como el estreno de Hugo, la cinta de temporada adaptada de la novela ‘La invención de Hugo Cabret’ de Brian Selznick, con guión de John Logan (‘El aviador’, ‘El último Samurai’) y editada por la ya clásica Thelma Schoonmaker. En ella Scorsese no sólo ejecuta meticulosamente –píxel por píxel- su narrativa en 3D con tecnología de punta, sino que la historia misma está entroncada en las sensibilidades más primordiales del director estadounidense: su amor por el cine.

Huérfano, pillo e ingenioso, Hugo es un niño de 12 años que vive en una estación de trenes de París durante la década de 1930. A cargo de un pariente en permanente estado de ebriedad, se gana la vida manteniendo a punto el enorme reloj de la estación, mientras que sus hurtos lo tienen siempre en la huída y la persecución por parte del policía de la estación (Sacha Baron-Cohen).

Un día se da un encontronazo con el juguetero al que ha estado robando artilugios sofisticados: Papa George, o el mismo mago del cine, Georges Méliès (‘Viaje a la luna’), quien a su vez toma algo preciado del pequeño Hugo: el diario de su padre, único objeto que lo mantiene conectado a él. Este subrepticio intercambio establece un íntimo vínculo y suscita la misteriosa aventura que ambos –y con Isabelle como interés romántico- protagonizarán en los adentros del tiempo-cine.

Casi a modo de autobiografía contada por otros, Hugo es una historia plagada de citas cinematográficas que harán el deleite del cinéfilo atento: no sólo las alusiones a clásicos del cine como la que es considerada la primera película rodada: ‘Salida de la fábrica’ de los Lumière, ‘Llegada de un tren a la estación de la Ciotat’, también de ellos, o ‘Asalto y robo a un tren’ de Edwin S. Porter, sino muchas secuencias autorreferenciales del cine de Scorsese que en su momento fungieron como homenajes al cine que lo formó.

Además del inusual evento que es ver una de las cintas más personales y emotivas de Martin Scorsese, otro acierto de Hugo reside en su casting: Asa Butterfield (‘El niño con el pijama a rayas’) como Hugo, el siempre sombrío Ray Winstone como el tío Claude y Ben Kingsley interpretando a un Georges Méliès en sus etapas de juventud y vejez.

Es interesante que desde Hollywood se suele revisitar al cineasta francés en tanto personaje histórico o recreando sus efectos especiales y montajes clásicos, pero se ha omitido una representación más humana del hombre, que es precisamente el sentido que le da Ben Kingsley, el multipremiado actor británico. El reparto se completa con Chloë Grace Moretz como Isabelle, la hija de Méliès, Emily Mortimer (convocada de nuevo por Scorsese después de su actuación en Shutter Island, 2010, y con un papel mucho más afable en esta ocasión), y asimismo por magnetos de taquilla como Jude Law, Michael Pitt y Johnny Depp, con una participación más bien modesta.

Por lo que concierne a la tecnología 3D, se plantea en esta cinta de modo más relevante que novedoso. Hugo es con toda probabilidad una de las cintas que mejor la ha aprovechado: más allá de un divertido y hasta cierto punto gratuito mecanismo que realza o intensifica la experiencia visual, aquí forma parte del modo mismo de contar el relato; las texturas logradas por el fotógrafo Robert Richardson (Óscar por ‘JFK’ de Oliver Stone y por ‘El aviador’, nominado por ‘Platoon’ e ‘Inglorious Basterds’), dan una sensación ya no sólo visual sino casi táctil de la historia. Tal vez desde los acercamientos al destrozado rostro de Robert de Niro en ‘Raging Bull’, el cine de Scorsese no se había sentido como toda una afección física que en Hugo genera, en cambio, una impresión de ensueño y asombro, en clara emulación del efecto que lograba el héroe de Scorsese, Georges Méliès, con las tecnologías que él mismo diseñaba en los albores del siglo XX.

 

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