Decía cierto revolucionario estadounidense que no le importaba plantar árboles para su gratificación personal, sino para la posteridad, y a menos de un año de alcanzar su séptima década, Martin Scorsese (Nueva York, 1942) nos muestra en pantalla el que tal vez sea uno de los árboles centrales de su filmografía.
Después de dirigir en años recientes una cadena de ficciones intensas (‘Shutter Island’, ‘The Departed’, ‘Gangs of New York’, ‘El aviador’…) que tardíamente le valieron el reconocimiento máximo de la industria cinematográfica estadounidense, y de varios de documentales sobre íconos de la cultura popular (Bob Dylan, George Harrison, Elia Kazan…), el de este año parece ser un Scorsese nostálgico y reflexivo.
Pocos cierres de año tan emocionantes como el estreno de Hugo, la cinta de temporada adaptada de la novela ‘La invención de Hugo Cabret’ de Brian Selznick, con guión de John Logan (‘El aviador’, ‘El último Samurai’) y editada por la ya clásica Thelma Schoonmaker. En ella Scorsese no sólo ejecuta meticulosamente –píxel por píxel- su narrativa en 3D con tecnología de punta, sino que la historia misma está entroncada en las sensibilidades más primordiales del director estadounidense: su amor por el cine.
Huérfano, pillo e ingenioso, Hugo es un niño de 12 años que vive en una estación de trenes de París durante la década de 1930. A cargo de un pariente en permanente estado de ebriedad, se gana la vida manteniendo a punto el enorme reloj de la estación, mientras que sus hurtos lo tienen siempre en la huída y la persecución por parte del policía de la estación (Sacha Baron-Cohen).
Un día se da un encontronazo con el juguetero al que ha estado robando artilugios sofisticados: Papa George, o el mismo mago del cine, Georges Méliès (‘Viaje a la luna’), quien a su vez toma algo preciado del pequeño Hugo: el diario de su padre, único objeto que lo mantiene conectado a él. Este subrepticio intercambio establece un íntimo vínculo y suscita la misteriosa aventura que ambos –y con Isabelle como interés romántico- protagonizarán en los adentros del tiempo-cine.
Casi a modo de autobiografía contada por otros, Hugo es una historia plagada de citas cinematográficas que harán el deleite del cinéfilo atento: no sólo las alusiones a clásicos del cine como la que es considerada la primera película rodada: ‘Salida de la fábrica’ de los Lumière, ‘Llegada de un tren a la estación de la Ciotat’, también de ellos, o ‘Asalto y robo a un tren’ de Edwin S. Porter, sino muchas secuencias autorreferenciales del cine de Scorsese que en su momento fungieron como homenajes al cine que lo formó.
Además del inusual evento que es ver una de las cintas más personales y emotivas de Martin Scorsese, otro acierto de Hugo reside en su casting: Asa Butterfield (‘El niño con el pijama a rayas’) como Hugo, el siempre sombrío Ray Winstone como el tío Claude y Ben Kingsley interpretando a un Georges Méliès en sus etapas de juventud y vejez.
Es interesante que desde Hollywood se suele revisitar al cineasta francés en tanto personaje histórico o recreando sus efectos especiales y montajes clásicos, pero se ha omitido una representación más humana del hombre, que es precisamente el sentido que le da Ben Kingsley, el multipremiado actor británico. El reparto se completa con Chloë Grace Moretz como Isabelle, la hija de Méliès, Emily Mortimer (convocada de nuevo por Scorsese después de su actuación en Shutter Island, 2010, y con un papel mucho más afable en esta ocasión), y asimismo por magnetos de taquilla como Jude Law, Michael Pitt y Johnny Depp, con una participación más bien modesta.
Por lo que concierne a la tecnología 3D, se plantea en esta cinta de modo más relevante que novedoso. Hugo es con toda probabilidad una de las cintas que mejor la ha aprovechado: más allá de un divertido y hasta cierto punto gratuito mecanismo que realza o intensifica la experiencia visual, aquí forma parte del modo mismo de contar el relato; las texturas logradas por el fotógrafo Robert Richardson (Óscar por ‘JFK’ de Oliver Stone y por ‘El aviador’, nominado por ‘Platoon’ e ‘Inglorious Basterds’), dan una sensación ya no sólo visual sino casi táctil de la historia.
Tal vez desde los acercamientos al destrozado rostro de Robert de Niro en ‘Raging Bull’, el cine de Scorsese no se había sentido como toda una afección física que en Hugo genera, en cambio, una impresión de ensueño y asombro, en clara emulación del efecto que lograba el héroe de Scorsese, Georges Méliès, con las tecnologías que él mismo diseñaba en los albores del siglo XX.
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Jim Henson - Los Muppets
The Muppets 2011
Los títeres más conocidos de la cultura popular serán protagonistas este fin de año de una tercera magna producción que la casa Disney hace con la franquicia fundada por Jim Henson en 1958. Los de 2011 son Muppets globalizados, con problemas propios de nuestros tiempos: su cuartel general de creatividad, el «Muppet Theatre» está en quiebra y a punto de ser demolido. Para revertir esta acongojante situación, los Muppets, ayudados por uno de sus más leales seguidores (Jason Segel, actor y guionista), organizarán un teletón para recaudar fondos y salvar así su proyecto.
Esta versión de los Muppets es dirigida por el británico James Bobin, con una trayectoria fincada más en la televisión que en el cine, en una clara tendencia que ha tenido Disney en los últimos 10 años por reconfigurar sus marcas al estilo televisivo actual. El desafío de The Muppets 2011 es competir con versiones enormes que le anteceden.
En primer lugar, The Muppet Christmas Carol de 1992, dirigida por Brian Henson (hijo de Jim) aún se recuerda, junto a Home Alone (Mi pobre angelito, 1990) como una de esas películas de temporada que hicieron historia por lo imaginativo de su guión y de las actuaciones de primer orden con que contaban. Michael Caine brillaba en esta cinta, y no se puede decir algo distinto de Los Muppets en la Isla del Tesoro (Brian Henson, 1996), otra afortunada adaptación por parte de Henson hijo en colaboración con los talentosos guionistas Jerry Juhl (viejo colaborador de Jim Henson) y James V. Hart.
Ahora que la familia Henson ha cedido prácticamente todos los derechos de los Muppets a Disney, seguramente vienen cambios de forma y fondo. El guión de la actual versión corre a cargo de dos escritores que poco tienen que ver con el clan Henson. Jason Segel y Nicholas Stoller no pasan de los 35 años, aunque novatos no son. Segel tiene amplia experiencia no sólo como guionista y actor, sino también como titiritero, por lo que si hay alguien que aprecia el largo de las cuerdas tras los Muppets, es él. Stoller por su parte, tiene más pericia en las comedias televisivas. Ha sido guionista de algunas producciones de Fox y Universal. Además de los Muppets, ambos guionistas tienen otros proyectos en común.
Ya sin la influencia Henson, los Muppets tienen en esta historia tanto o más protagonismo que los personajes humanos. Otra sorpresa es que al parecer las crisis actuales han hecho mella en el día a día y el temperamento de los Muppets. La Rana René se ha vuelto más ermitaño y disperso, mientras que Miss Piggy ha exagerado su personalidad extravagante y ahora se dedica al negocio de la moda en París. Al que peor le ha ido es a Fozzie, el oso con ese humor siempre en entredicho, quien ahora trabaja en un casino de poca monta, donde actúa junto a renos en un show llamado The Moopets. Animal está encerrado en una clínica, intentando domar su mal carácter y Gonzo se dedica al negocio de la plomería.
Junto a los otros títeres, los Muppets ahora tendrán que restablecer sus lazos afectivos para sortear la adversidad causada por un villano también muy de nuestros tiempos: un mercachifle que no se lo piensa dos veces antes de destruir patrimonios ajenos (en este caso el de los Muppets) a cambio de una gratificación tan instantánea como inmoral. Este inescrupuloso empresario petrolero es interpretado por el excelente Chris Cooper, quien con ese par de hondos y sombríos surcos que lleva por ojeras y esa expresión facial gélida, requiere poco diálogo para establecer su maldad. Queda por ver si es la amistad restablecida lo que sacará a flote el teatro Muppet, más allá de la supuesta caridad que puede brindar un teletón.
Recordando a Jim Henson
A veces cuesta trabajo imaginar algo más interesante que las excentricidades de la vanidosa Miss Piggy o las aflicciones románticas de Gonzo, pero la biografía de su creador, Jim Henson, sobrepasa por mucho a sus legendarios personajes. Oriundo de Mississippi, Jim Henson es ese tipo de temperamentos que se antojan con menos probabilidades de ser el centro de atención. Tan tímido como ingenioso, Jim pasó gran parte de su niñez y adolescencia atento al trabajo del ventrílocuo Edgar Bergen y a los shows televisivos de algunos grandes titireteros del siglo XX como Burr Tillstrom o Bil Baird.
Más tarde, al estar enrolado en la universidad, lo que había sido hasta entonces una mera afición por los títeres se convertiría en su principal actividad. Henson comenzó elaborando títeres para shows infantiles en modestos programas televisivos, como los personajes de Sam and Friends, predecesores de los Muppets. Este periodo fue decisivo para su perfeccionamiento de técnicas, y cuando se le ocurrió el neologismo muppet, una combinación del término puppet (títere hecho de madrea) con marionette (marioneta de trapo y manipulada por cordones). Este títere suave concebido por Henson permitía mayor expresividad a sus personajes.
Durante la siguiente década Henson tuvo éxito en el ámbito de la publicidad, pero no fue hasta mediados de los 60 cuando conoció a Jerry Juhl y Frank Oz que elaboró los personajes por los que hoy es famoso. Se dice que la relación entre la Rana René y Fozzie se basa en la amistad de Jim y Frank. En 1969 creó Plaza Sésamo. El éxito de este show fue tal que le permitió a Jim distanciarse del mundo de la publicidad y dedicarse más a fondo a expandir los medios en que aparecían sus personajes, particularmente al cine y musicales teatrales.
Su primera película, The Muppet Show (1979) fue un éxito de taquilla. Convertido en un magnate del entretenimiento , en 1982 creo la Fundación Jim Henson para promover las pantomimas de títeres y marionetas como un arte. Durante toda la década produjo éxito tras éxito fílmico, mientras sus hijos se involucraban más en el negocio. En tanto, Henson se apartaba un poco del mundo Muppet para diversificar sus intereses en otros proyectos como las películas The Dark Crystal y Labyrinth.
En 1990 murió por complicaciones de una extraña y agresiva neumonía, pero las compañías manejadas por sus hijos continuaban el legado de este creador único. No es sino hasta 2004 que se cierra un ciclo cuando la familia vende gran parte de los personajes de los Muppets a Disney. Sin Henson ni Oz, los Muppets de Disney pasan ahora por una transformación a cargo de nuevos talentos cuya misión es mantener a estos personajes en el gusto del público masivo.
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