En el último par de décadas, las representaciones cinematográficas del hacker han contribuido en mucho a la mitificación del experto en seguridad informática: Desde Hackers (1995) hasta las más contemporáneas The Social Network (2010) o Jack Ryan Shadow Recruit (2014), los escribientes de código informático son representados como genios asociales, capaces de infiltrar las redes de corporaciones bancarias, hasta sistemas de defensa gubernamentales.
Es lo propio del cine: crear mitos a
partir de personajes inusuales, poseedores de cierta extravagancia y desapego a
las reglas que aplican para el resto de los mortales. Ese es el caso de
Nicholas Hathaway (Chris Hemsworth), un “hacker blackhat”, informático experto
en seguridad dedicado a infiltrar ilegalmente computadoras, quien negocia con
los gobiernos de Estados Unidos y China
su condena de 15 años en prisión a cambio de descubrir y detener a un
peligroso ciber-criminal terrorista, tan astuto como él.
Aislado en una celda, donde se dedica a
hacer ejercicio para mantenerse en forma, Nicholas Hathaway es una rareza entre
la rareza: un hombre de aspecto atlético y de alto coeficiente intelectual,
graduado del prestigioso MIT a pesar de sus antecedentes de clase trabajadora.
Menos en la línea del programador autista-sociópata
y las redes de complicidad en las que se mueve (trazada con enorme pericia por
David Fincher en The Social Network), y más cercana a las tramas del cine negro
tradicional, Blackhat es el más reciente trabajo del veterano director
estadounidense Michael Mann, bien descrito por el crítico Steven Rybin como un
autor del género. Como Rybin, muchos críticos han atribuido a Mann una personalísima
capacidad de estilización visual-sonora, impresa en sus películas policiacas –Manhunter
(1986), Heat (1995), The Insider (1999) y Collateral (2004)– y la popular serie
de televisión Miami Vice.
Cuenta Mann que comenzó a planear esta
historia de cibercrimen internacional a partir del escándalo del virus
informático Stuxnet en 2010, programado por los gobiernos de Israel y Estados
Unidos para infectar la computadora de la central nuclear iraní Natanz,
considerado el primer ciberataque entre naciones. Siguiendo el método de
investigación empleado en sus películas hoy consideradas de culto, Mann se
entrevistó con un grupo de hackers blackhat, con quienes compartió largas horas
frente a monitores, viéndolos programar código malicioso a sabiendas de las
consecuencias legales de su actividad.
Si las ficciones más cercanas a la “realidad”
y los documentales como Citizenfour (Laura Poitras, 2014) sobre el denunciante
informático Edward Snowden, o Algorithm (Jonathan Schiefer, 2014) nos muestran
a jóvenes programadores tan inteligentes como físicamente frágiles o que por lo
menos pasan inadvertidos, Blackhat no apuesta exactamente a una búsqueda por la
verosimilitud con la elección del galán musculoso Chris Hemsworth como
protagonista, y menos aún cuando su cometido consiste no sólo en infiltrar el
código de su contraparte desde la seguridad de una computadora, sino
trasladarse a otro continente en su búsqueda e involucrarse físicamente en una
tarea de persecución y defensa más propias de un agente policial de élite.
Empero este desliz de casting, los seguidores
de Mann reconocerán desde los adelantos de la película las texturas visuales
logradas por el director, en particular las tomas hechas en las locaciones
asiáticas como Hong Kong y Yakarta, en un guiño al cine de Wong Kar-wai, en
particular la estética atmosférica y expresionista de Chungking Express (1994). El crédito se lo lleva el fotógrafo
neozelandés Stuart Dryburgh, responsable de las memorable The Piano y más
recientemente, de AEon Flux la serie de televisión Luck, dirigida por Michael
Mann, entre muchos otros títulos.
En interesante notar que con Blackhat, Mann y la productora Legendary-Universal responden a la invasión que la cinematografía asiática ha tenido en Estados Unidos en años recientes, no sólo con enormes títulos importados y dirigidos por maestros como el mencionado Wong Kar-wai o el sudcoreano Chan-Wook Park, sino remakes en inglés y a los mismos directores trabajando en el seno de Hollywood. Seleccionando a uno de los actores más taquilleros del momento, así como actores asiáticos o asiático-americanos de renombre –Tang Wei y Wang Leehom– y una trama global, Blackhat es para Mann, en su faceta de productor, una movida astuta que deberá tener en cuenta el resto de la industria estadounidense si le interesa penetrar el bullente mercado asiático.
Sin el romanticismo de Wong Kar-wai, el
cine de Mann tiene un tono pesimista, trágico y “existencial”, siempre
vertiginoso, aunque sin cruzarse necesariamente con el cine de acción. El
apremio con que el protagonista de Collider se dirigía a su autodestrucción,
por ejemplo, hizo de ese antihéroe protagonizado por Tom Cruise, un personaje
fascinante y de los más celebrados en las carreras tanto del director, como de
Cruise. Si Mann puede lograr algo semejante con Hemsworth, será un punto de
viraje en la carrera del australiano y una muestra más del talento de uno de
los autores más interesantes que ha dado la cinematografía estadounidense de
los últimos años.
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