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Nov 22, 2007

The Whitest Boy Alive

The Whitest Boy Alive
Lunario
22 noviembre 2007
11 pm -12:30 am

Han pasado seis años desde que los noruegos Kings of Convenience lograron atraer la atención del público masivo con tan sólo un par de acústicas confeccionando baladas pop tiernas y sentimentales. Es un dato destacable que dos chicos tímidos, sin dotes de entertainers, sean capaces de llenar foros grandes, donde el interés radique en escuchar las canciones más que en ver el espectáculo. El verdadero carisma del dueto, Erlend Øye, ha generado lazos de afecto con fans y promotores mexicanos a tal grado de que se asegura de visitar el país por lo menos dos veces al año para ofrecer recitales, ya sea con los Kings o con su más reciente proyecto, The Whitest Boy Alive (TWBA), al mismo tiempo que aprovecha escapar del invierno nórdico.

TWBA se forma en 2003 en Alemania con Erlend a la cabeza, acompañado de Marcin Öz, Sebastian Maschat y Daniel Nentwig. Su intención es hacer  pop bailable, más en el estilo de Prefab Sprout y Hall & Oates que de Pet Shop Boys o New Order: instrumentación convencional en lugar de ritmos programados. Pensemos en los mejores grupos actuales de pop elegante y perfeccionista, la gran mayoría recae en programaciones: Junior Boys, Caribou, The Radio Dept...  Es extraño pero tal parece que hacer buen pop sin ruido ni efectos, con sólo bajo, batería, guitarra y teclados, es algo de lo menos convencional hoy en día.

Øye y los chicos editan su primer disco en 2006, “Dreams”: un homenaje al sophisti-pop patentado en los 80 por Prefab, Aztec Camera, Young Marble Giants, Everything But the Girl en sus inicios, el Roxy Music de Avalon, y otros. En Dreams encontramos canciones meticulosamente producidas, melodías memorables, secciones rítmicas perfectamente sincronizadas (“Don’t Give Up” y “Figures”)… un disco ambicioso y técnicamente impecable, pero, ¿y el “blue-eyed soul” que nos habían prometido?

Se da en vivo, gracias a la diligencia del hilo conductor del grupo, Marcin Öz al bajo. Podemos afirmar que a Erlend le aplauden no sólo las sonrisas y el acercamiento con los fans; por momentos sus acordes suenan tan bien como a aquellas composiciones de Sean O’Hagan para Microdisney, y cuando el grupo se emociona con la audiencia que no para de brincar, se dejan ir improvisando sin perder por un segundo el ritmo; Öz bailando y Nentwig trepado sobre sus teclados, con pasitos hawayanos. Suenan casi tan elegantes como The Sea and Cake, casi tan apasionados como Paul Weller en Style Council, Erlend casi tan tierno como Paddy McAloon en su canción menos lograda.

Casi, casi… y si no fuera por su monotonía vocal, podría decirse que esta noche los seguidores de Erlend y compañía no esperaban más que pasar una buena noche de baile siguiendo a su pelirrojo favorito: el flaquillo de las enormes gafas de pasta con fondo de botella; en cambio hemos regresado a casa tras haber gozado una rarísima y afortunada muestra de Soul blanco contemporáneo.

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