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Jun 17, 2014
Sex Tape (Jake Kasdan, 2014)
May 7, 2014
Workers (José Luis Valle, 2013)
Adolescentes menesterosos cuyas vidas son mermadas en el contexto de la guerra contra el narcotráfico de un Estado fallido, mujeres veinteañeras que participan en certámenes de belleza que encubren estructuras gubernamentales del crimen organizado, madres solteras reconectando y desprendiéndose sutilmente de hijos adolescentes en búsqueda de su identidad, madres solteras asoladas por enfermedades terminales y esposos-padres ausentes, y en el caso de Workers, trabajadores en condiciones de esclavitud, son algunas de las tendencias del cine mexicano contemporáneo que en el último lustro han colocado en el centro de sus narrativas representaciones complejas y tridimensionales de los sectores de la sociedad más asolados del México neoliberal.
El mexicano-salvadoreño José Luis Valle logra en su primer
largometraje Workers una de las composiciones más fascinantes de este nuevo
cine separado de la denuncia frontal y más interesado en indagar en la
intimidad y la cotidianidad de personajes toscamente bosquejados en la nota del
día y el comentario político “experto” que contaminan el espacio público. El
debut de Valle es una película pulida de principio a fin y que encuentra un
equilibrio pocas veces visto entre el comentario agudo y la viñeta poética,
como la elipsis que abre y cierra el filme, y es el hilo conductor de dos vidas
paralelas que a lo largo del filme nunca se encuentran.
Workers es la historia de Rafael y Lidia, ex esposos próximos
a la jubilación, entendida ésta como uno más de los derechos socavados de los
trabajadores en el contexto histórico actual. La trama transcurre en Tijuana,
fotografiada con una luz brillante, casi surrealista y alucinatoria, en donde
los contrastes de miseria y riqueza del país se concentran en unas cuantas
cuadras de la ciudad fronteriza. La de Rafael es una vida monótona en su
trabajo como conserje de una fábrica de focos (una trasnacional, para ser
exactos), y la de Lidia es una vida con un horario estricto de trabajo como la
sirvienta de una patrona extravagante y cruel, más preocupada por el bienestar
de su galgo que, a su muerte, hereda la fortuna de la dueña.
La narrativa se intercala en partes iguales entre la vida de
Rafael y Lidia. Un día común en la vida de Rafael transcurre dentro del bloque
gris y artificialmente iluminado que es su lugar de trabajo, donde limpia con
esmero mientras espera la fecha exacta de su jubilación. En sus escasas horas
libres se dedica a sentarse en un parque y contemplar el paisaje. Un día
entabla amistad con un joven que pronto se ofrece a enseñarle a leer y escribir.
Los días de Lidia consisten en levantarse siempre a una hora
específica para atender las necesidades de Princesa, la perra de su patrona
moribunda. Lidia hace cortes exactos de gruesos filetes de res, pesados en
báscula, para el consumo diario de la perra, entre otras obligaciones
retratadas minuciosamente en largas tomas que enfatizan con punzante humor
negro el absurdo de un ser humano dedicando irreparables horas de su vida a
servir a un perro.
A Lidia siempre la vemos con su uniforme de sirvienta, ya
casi una segunda piel después de décadas de servicio, mientras la perra cuenta
con una variedad de chalecos y accesorios cosméticos. Lidia duerme en un
cuartucho mal alumbrado, en una cama individual y con una pequeña televisión.
En medio del cuarto hay un foco rojo que se alumbra cuando la patrona necesita
algo, para lo que Lidia debe estar disponible a cualquier hora del día o de la
madrugada. Princesa, en cambio, cuenta con su propia habitación y su cama para
perro parece más acolchonada que la de Lidia. A ésta la acompaña el chofer de
Princesa, cuyo deber es pasearla por las calles de Tijuana cada tarde en un
lujoso automóvil, para mantener su bienestar anímico.
Una vez establecidas las condiciones de esclavitud de los
personajes principales, la narrativa avanza cuando ambos buscan, ya en el ocaso
de sus vidas, emanciparse sólo para adentrarse en un nivel más avanzado en el
infierno que es su vida laboral. En el caso de Rafael, un simple error de dedo
en sus documentos le impide jubilarse. Condenado a parmanecer indefinidamente
en la fábrica por un jefe alienado, quien le destruye la vida mientras
literalmente juega solitario en sus horas de trabajo, Rafael comenzará a
zafarse de esa existencia rompiendo las reglas del juego. Lo mismo pasará con
Lidia.
El tono y el ritmo de Workers emancipa a la misma película
del frenesí cotidiano de las urbes caóticas como Tijuana y de las
representaciones fílmicas donde la “acción” tiene una duración fija y
arbitraria, optando por una lenta que permite la observación y la atención a
los detalles, y sobre todo, a la introducción del espectador en las jornadas laborales
interminables y agotadoras de Rafael y Lidia, así como al transcurrir lento y
fijo, no progresivo, de una ciudad a donde el “desarrollo” nunca llegó. Como el
resto del país.
Una de las composiciones más logradas de la película en
cuanto capacidad de síntesis y de recursos visuales es precisamente una toma
fija y larga de un atardecer tijuanense en una calle en donde es retratada la
dinámica y el tránsito entre los trabajadores de una peluquería y un burdel al
lado, mientras en la banqueta laboran “dealers” y trabajadoras sexuales hasta
que cae la noche.
La mirada de Valle parece transitar también entre el humor
cáustico externo y la introspección melancólica de vidas “propias” que en
realidad le pertenecen a alguien más. La elipsis que une los puntos de estas
vidas destruidas es una metáfora-sueño que inicia con un niño caminando en la
playa del lado mexicano, y termina con un adulto caminando en la playa del lado
estadounidense: el hijo de la pareja que murió a los 3 años de edad, y que
simboliza la muerte de la aspiración mexicana de huir de la miseria sistemática
de su lugar origen, buscando el siempre elusivo sueño americano.
El México profundo de José Luis Valle remite inmediatamente a
Los Olvidados de Buñuel, pero también al humor cáustico y la destreza que tenía
el director español para penetrar en las almas de sus personajes. Valle, como
sus contemporáneos, dan cuenta de uno de los momentos más emocionantes del cine
mexicano, que no está en la celebración necia de un Oscar ajeno, sino en las filmografías
de esta generación de cineastas –Valle, Escalante, Saint-Luce, Eimbcke, etc.– que
por medio de representaciones diversas, críticas y relevantes, ha devuelto el
cine al público.
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