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Feb 2, 2014

3 Days To Kill (Joseph McGinty, 2013)

3 Days To Kill

El thriller político pasa por una interesante renovación: la premisa del individuo contra la estructura de poder tuvo un impresionante éxito a inicio de los dosmiles con la franquicia basada en el personaje de Jason Bourne, un antihéroe que pasa de ser un agente del Estado a un opositor que usa su entrenamiento para desentrañar la corrupción estructural en la que él ha servido de poco más que alfil.

Otra cinta que también tiene un relevante comentario político, pero centrado en la relación padre-hija, es Taken (2008), escrita y producida por Luc Besson y protagonizada por Liam Neeson, un ex-agente que se enfrenta al crimen organizado coludido con mandos de gobierno en la búsqueda de su hija secuestrada. Ambas películas comparten un montaje trepidante en donde la historia se cuenta desde la perspectiva del anti héroe. Simpatizando con él y por ende, en contra de las corruptas estructuras legales e ilegales con las que se enfrenta, el espectador ve una trama de acción no peleada con el comentario reflexivo.

Más cercana al género de acción y no tanto al thriller político, y ciertamente menos incisiva que las anteriores películas, se encuentra 3 Days To Kill, la historia de un agente del servicio secreto (el matón “Ethan Renner”, interpretado por Kevin Costner) que adquiere una enfermedad letal para la cual hay una cura que sólo conoce y puede proveer su mando superior, a cambio de un trabajo final que frustrará el plan de Renner de jubilarse para entablar una relación con su hija adolescente.

Escrita por Adi Hasak (Shadow Conspiracy) y Luc Besson (La Femme Nikita, El professional…), se podría pensar que 3 Days To Kill remite precisamente a esas historias, pero su tratamiento tiene el sello del director Joseph McGinty, más conocido por la estetizada acción de su película del 2000, Charlie’s Angels, y no tanto por el ritmo trepidante ni la testosterona de sus personajes masculinos. 3 Days To Kill es también –o sobre todo– el regreso de Kevin Costner a la pantalla grande, tras varios años de dedicarse a hacer papeles secundarios, series de televisión o incluso de dedicarse a tocar en su banda de música country.
Ya casi en sus 60, Costner se preparó físicamente para el demandante papel del agente Renner, aunque su interpretación de un hombre rudo, cuya fortaleza interior es aún más ferrea, está muy lejana de la que tan bien le sale a Liam Neeson, el actor irlandés a quien indudablemente Coster quiere emular. El agente de Costner no está exento de hacer chistes para aligerar el peso de su ocupación, y de hecho resulta notable la interacción que tiene con los tres personajes femeninos más cercanos a él: su esposa, su hija y la mujer que le provee la droga que debe salvar su vida: una misteriosa Amber Heard en plan de femme fatale.
Las motivaciones de Ethan Renner no son políticas, sino personales, y en su retorno al oficio de matón, no lo notamos vacilante excepto por el hecho de que ya no podrá llevarse con su familia como él deseaba. El lado amable y sentimental de un matón es un sello tan distintivo en el universo Costner, y extensivo a esta historia, donde tenemos a la familia en un pedestal mientras literalmente explotan bombas alrededor de ella, haciendo que el personaje funcione como un ladrillo más de ese muro político que nunca se cuestiona ni mucho menos se resquebraja, y de hecho va a la caza del villano predecible y ya exhausto que es “el terrorista”.
3 Days to Kill, una co-producción estadounidense-francesa, se antoja como una paso titubeante del reconocido Besson (productor, además de guionista) al mercado estadounidense, al que ya había entrado con la exitosa Taken. En esta ocasión desaprovecha no sólo su bagaje, prestigio y fórmula, sino las condiciones actuales del debate político que urgen una mirada menos relajada a las prácticas perversas del Estado, comenzando por Estados Unidos pero que no se limitan a ese país.
Lo que Besson no desaprovecha, y que resulta de lo más atractivo, es la colaboración con el fotógrafo Thierry Arbogast, cuyo ojo fue clave en la creación de los ambientes laberínticos y claustrofóbicos habitados por personajes ya icónicos como León, el matón interpretado por Jean Reno en El profesional, así como la antisistema Nikita y casi una decena de películas reconocidas por su calidad visual: Ridículo o El quinto elemento.
Mientras que existen planes para una tercera parte de la más compleja Taken, 3 Days To Kill tiene el potencial de construir al menos dos personajes importantes que no son el protagonista: Bresson y McGinty han mostrado tino en la creación de personajes femeninos fuertes. En primera intancia y mucho más interesante que Renner, resulta su némesis Vivi Delay, una agente del FBI bien instalada en esa psicopatía perfeccionada de los guardianes del orden que ya no sorprende a nadie, y ataviada de trajes de látex negro a lo Gatúbela. Será interesante ver a este personaje con un alto componente de sadismo administrar la droga que mantiene vivo a Renner por tiempo indefinido.
Por su parte, la adolescente Zooey Renner es interpretada por una actriz que ya ha tenido interpretaciones convincentes en True Grit, Ender’s Game y su protagónico en Romeo y Julieta de Carlo Carlei. Como la hija de un hombre misterioso que lleva una doble vida, Zooey representa lo opuesto, una chica que genuinamente quiere acercarse a su padre, y cuya vida está en riesgo sin que ella lo sepa.
Filmada en París y Bosnia, los admiradores de la tecnología y los efectos especiales se regocijarán con el despliegue de artefactos, desde mini bombas hasta sofisticados autos deportivos y persecusiones vertiginosas que tienen el sello Bresson, ya no tanto como el director-autor de los 90, sino como el productor de un modelo de películas de acción que sin duda todavía cuenta con un buen número de seguidores.


Jan 11, 2014

Claire Denis, Los Perversos

Claire Denis, Los Perversos

Dice Claire Denis (Francia, 1948) que el suyo es un cine creado a partir de las sensaciones, que sus guiones le duelen y que dirige a sus actores como si estuviera bailando con ellos. El tono contemplativo, lánguido y frecuentemente hipnótico de sus largas tomas y complejas elipsis parecería ser una meditación en escena a la que se accede no siempre con facilidad, y mucho menos con las formas de contar hegemónicas a que el cine comercial nos tiene acostumbrados. Aunque sin hacer una división tajante entre “cine comercial” y “cine de autor” en el caso de Denis, lo cierto es que la francesa ha construido durante las recientes dos décadas una filmografía de claras señales autorales no sólo a partir su distintiva manera de contar, sino de sus temáticas.

Un cine sensorial
Inmediatamente reconocibles son las preocupaciones –cuando no obsesiones– de Denis por hacer un cine de texturas y relieves que excitan los sentidos mientras sus temáticas, que frecuentemente rondan las cuestiones de raza y género, transgreden en un nivel casi subconsciente. Denis creció en la África colonial, y en alguna ocasión contó que ver de cerca la humillación de la opresión racial, fue una experiencia que la marcó. Sin ser nunca un cine de denuncia ni mensaje, sus historias desafían la narrativa convencional y rara vez ofrecen respuestas. Más interesada en contar de la manera más vívida posible las experiencias –su cine en sí es una experiencia sensorial que afecta, no sólo la historia que cuenta– de sus personajes, muchos de ellos ficcionalizados a partir de su experiencia propia.

Mientras que el consenso en la crítica la ha colocado como una de las autoras más relevantes de la actualidad, a Denis se le da bastante bien desconcertar. Algunas de sus películas son consideradas obras maestras (Beau Travail de 1999 o White Material de 2009 recibieron críticas casi unánimemente favorables), mientras que otras son recibidas con confusión y hasta shock. Trouble Every Day, de 2001, es en realidad un regreso a la metáfora del vampirismo como el deseo obsesivo que puede escalar hasta consumir al objeto adorado. Se le llegó a malinterpretar como mero “canibalismo gore”, y I Can’t Sleep (1994), basada en la historia real de un asesino serial trasvestido y negro que asesinaba a ancianas blancas, produjo un debate intenso entre la comunidad negra de Francia.

En Los Perversos (2013), Denis no elude la provocación a partir de los cuerpos, en el que quizás sea uno de los filmes más oscuros de la directora. Protagonizado por Vincent Lindon (“Marco Silvestri”) con un semblante permanentemente lúgubre, y Chiara Mastroianni, Los Perversos es la historia de un capitán naval dedicado al transporte de carga que tiene que volver de emergencia a Francia cuando le informan del suicidio de su cuñado.

La rutina y el necesario distanciamiento que Marco se ha procurado durante gran parte de su vida adulta, son trastocados cuando descubre los secretos viciosos de su hermana, y que han destruido la vida de su sobrina. En el centro de esta historia se encuentra la figura de un anciano rico y perverso (Michel Subor, uno de los actores fetiche de la directora), simbolizando el poder patriarcal corruptor de todo. Marco se infiltra en la vida de este amenazante ser sin reparar en la destrucción que dejará a su paso.

El filme más noir de Claire Denis hasta el momento, Los Perversos recuerda por instantes a las ambientaciones sombrías y la ansiedad en el aire de Lost Highway (David Lynch, 1997), así como los impulsos tanáticos de Crash (David Cronenberg, 1996). El descenso de Marco toca fondo cuando descubre lo que ha sucedido con su sobrina, un personaje fantasmal cuya cuyo cuerpo poseído y traumatizado es una cárcel de la que escapa en uno de los momentos más climáticos de la historia.


La familia de(con)struída
Se ha dicho que Los Perversos se desvía del tema del colonialismo que tanto interesa a Denis; nada más lejano. Los cuerpos colonizados y/o traficados como moneda de cambio son uno de los sellos de la francesa desde sus inicios. En Los Perversos, sólo se traslada a una historia familiar, sin contexto aparente. El cuerpo femenino esclavizado, vejado, mutilado y violado de todas las formas posibles, se presenta con la brutalidad que amerita la trama, pero nunca con una intención explotativa. Los protagonistas varones son personajes tridimensionales: Marco se asume como el patriarca sustituto de una familia destruída, y a la vez es el patriarca ausente de su propia familia. Incluso el anciano perverso se muestra mucho más complicado que “el personaje malo” cuando, afectando la vida de todos a su alrededor, pone a su hijo pequeño en el centro de sus prioridades, pero como su propiedad.

La subtrama de Marco con la esposa (Mastroianni) del anciano tiene una importancia para nada secundaria en la película, sino que se imbrica con la historia principal y revela, cual caja de pandora, los secretos más siniestros de la familia, así como la propia oscuridad de Marco. Los personajes femeninos son un tanto pasivos: sus cuerpos han sido apropiados por hombres con fines distintos, hasta opuestos. Excepto que hacia el final ellas tienen la última decisión. El poder patriarcal es destructivo hasta el punto de su propia disolución: los bastardos (traducción precisa del título en francés), la carencia de padre, es una alusión a ese poder –el masculino– deconstruído una vez más en la obra de la cineasta francesa.

La música como un elemento principal

Claire Denis no sólo filma y edita como quien improvisa un tema musical. El ambiente desolador y oscuro de Los Perversos es provisto tanto por la imagen como por la banda sonora. El grupo inglés Tindersticks lleva años colaborando con Denis con piezas especiales para sus historias, proveyendo su característico soul orquestal y lúgubre. En la película las composiciones de Stuart A. Staples cobra intensidad hacia el denso final.


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