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Jun 20, 2011

MTV o la televisión moldeó la música

MTV o la televisión moldeó la música
El primero de agosto MTV cumple 30 años de transmisión. La próximamente treintañera Music Television ha pasado de canal de videos musicales a franquicia trasnacional y en el camino, ha moldeado una paradoja: el acercamiento a la música popular en el último tramo del siglo XX fue… visual.
Escuchar viendo
Bob Pittman y John Lack, fundadores de MTV, probablemente nunca previeron el efecto que tendría su canal en la industria musical, más allá de una mera plataforma masiva de promoción.  Los que sí sentenciaron el futuro próximo serían The Buggles y el primer videoclip transmitido a primera hora de la madrugada: Video Killed The Radio Star, en lo que pronto se convirtió en un fenómeno cultural que impactó no sólo la esfera de la música transmitida por radio, sino el cine y la moda.
Esta simbiosis audiovisual ha tenido en tres décadas  algunos momentos definitorios:
Thriller, de Michael Jackson
Jackson no sólo pavimentó la presencia negra en un canal que transmitía, casi sin excepción, videos de músicos blancos. Primero con Billie Jean, y más tarde con Thriller, la historia de horror escrita por Rod Temperton y producida por Quincy Jones,  que visualmente fue extendida a un cortometraje para el canal de videos.
Situado en la década del 50, esta pequeño musical de 14 minutos presenta una narrativa que significó toda una ruptura en tiempos, temas y géneros del aún joven videoclip. El progreso de una cita amorosa a una estilizada historia de horror en la que Jackson se convierte en zombie, le significó al cantante y a la televisora numerosos premios y ganancias millonarias, pero más que nada, la inserción en el imaginario colectivo como uno de los momentos más importantes de la época. 

Masificación de lo “alternativo” y cabida de lo experimental
Sin duda Thriller abrió paso a una serie de cambios importantes –aunque no sustanciales- dentro de la televisora. Su vocación industrial nunca estuvo en cuestionamiento: la rotación ad nauseum de un reducido número de grupos y solistas masivos en su programación principal, y de modo secundario, en horas de madrugada, pequeños pero significativos espacios para músicos mucho menos conocidos y otros contenidos que para entonces resultaban innovadores en la televisión de paga. 
120 Minutes se transmitió de 1986 a 2000, y por él desfilaron innumerables grupos que salieron de los círculos “subterráneos” del rock.  Durante sus dos horas semanales, su segmento de espectadores vio a nombres que de otra manera no hubieran conocido, sobre todo más allá de las fronteras norteamericanas: Hüsker Dü, The Jesus & Mary Chain, Pixies, The Replacements…  y ese grupo que borró la línea entre lo “subterráneo” y lo masivo: Nirvana y Smells Like Teen Spirit.
Menos conocido que 120 Minutes era MTV Buzz, un programa asociado con el Channel 4 de Gran Bretaña y dedicado a presentar manifestaciones audiovisuales aún más desconocidas. A altas horas de la noche, Buzz presentaba collages de reflexiones remezcladas de William S. Burroughs, Dennis Hopper, Genesis P-Orrigde y Ofra Haza, entre otros, sobre los motivos posmodernos de entonces. Buzz sería el capítulo más atrevido de una televisora que pronto presentaría otra metamorfosis. 

De canal a franquicia
La diversificación de contenidos que la televisora ha tenido desde los 90 la ha llevado a una crisis de identidad, particularmente desde que el videoclip dejó de tener prominencia en la programación, para ceder paso a los reality shows. MTV se convertía a paso acelerado en una franquicia que abría sucursales en Europa, América Latina y Asia. Del 2000 a la fecha, la televisora se ha convertido en productora de dramas supuestamente realistas que hoy se multiplican y transmiten en varios canales, y cada vez de manera más tangencial, presenta videos musicales.
En la lógica de la industria musical, no sorprende que ahora internet esté cerca de matar a la estrella del video: las generaciones que nacieron de los 90 en adelante son nativos digitales para los que el televisor es un artefacto del paleolítico. Para seguir siendo comercialmente viable, la televisora se ha tenido que fragmentar aún más y contar con una presencia en la red que no es para nada monopólica, sino que cuenta con vasta competencia. Eso, y el anuncio de que rescatará  viejas recetas como 120 minutes, pueden significarle más aliento. Lo que es difícil de discutir, a la luz de 30 años, es su carácter icónico.


El realismo social de Mike Leigh

Este 2011 se cumplen 40 años en los que Mike Leigh ha trazado una línea de quehacer fílmico dentro del género del realismo social imbricado en el Free Cinema británico, que ha tenido en nombres como Humphrey Jennings, Lindsay Anderson o Ken Loach a sus principales referentes. Sin la poética de Anderson ni el naturalismo de Loach, Leigh ha forjado una narrativa propia cuyos motivos tienen que ver con personajes marginales enmarcados en ambientes frecuentemente hostiles o de desasosiego, desde una óptica casi siempre reivindicativa.

Su pulso ha sido, desde el inicio, firme: en los créditos iniciales de Bleak Moments (1971) advierte que “Cualquier semejanza entre los personajes de esta cinta y personas vivas o muertas en el mundo real, es completamente intencional”. Esta declaración de principios fue sentidamente puesta en práctica en las poco conocidas Grown-Ups (1980), comedia negra basada en las diferencias de clase de los protagonistas, y High Hopes (1988), que usando el mismo esquema, nos revela a un Leigh como arquitecto de personajes meticulosamente pensados y de manera más notable, a un director capaz de simpatizar con ellos.

Leigh como cronista taciturno 

Mas su nombre permanecería relativamente desconocido hasta su producción de 1993, Naked: inmediato festín para la cinefilia mundial que se ganó el máximo galardón de Cannes por su brillante guión, estilizada narrativa y la intensa actuación de David Thewlis como Johnny, un vago elocuente a modo de anti-héroe que procura su trance de misantropía autodestructiva en los años inmediatos a más de una década de feroz thatcherismo. Un necesario y violento corte de caja, Naked causó polémica, más por la misoginia extrema de Johnny que por su odisea en el Londres de la miseria espiritual y económica de aquella época. Tal vez a ello se deba que en las realizaciones posteriores de Leigh es notoria una intención por repensar su mirada sobre la mujer.

Reivindicaciones feministas 

No es usual que un hombre se asuma públicamente como feminista, pero Mike Leigh lo hizo en 2008. En películas como Secrets and Lies (1996) y Vera Drake (2004) dejó constancia de su preocupación por elaborar representaciones totalmente alejadas de la fantasía masculina. Su mirada crítica otorga capacidad de agencia a sus personajes femeninos, no sólo en las historias realistas de su día a día, ni en sus resoluciones satisfactorias y verosímiles, sino en la libertad de improvisación con que contaban sus actrices para, en lo espontáneo del momento, explorar sus propias experiencias y dotar a sus personajes de mayor hondura.

Vejez, consuelo, felicidad 

Alejado completamente del esquema fatalista y desencantado de Naked o de otros tantos personajes neuróticos, la más reciente obra de Leigh, Another Year (2010), nos muestra a un director desinteresado en ocultar el afecto que siente por sus personajes principales, y los dota de una sustanciosa dosis de ternura y estabilidad: Tom y Gerri son una pareja cuya larga trayectoria sentimental es como un roble al que se acude buscando sombra y protección, y eso es exactamente lo que hacen amigos y familiares a lo largo de las cuatro estaciones del año.

En una más de sus viñetas de época tan acertadas, es destacable que Leigh coloque al hijo de la pareja, Joe, como un joven abogado con rumbo y futuro incierto, o a Mary, la amiga “solterona” y solitaria como personajes cuya queda ansiedad encuentra consuelo en esta pareja casi anciana, símbolo de armonía y un másti al cual aferrarse en lo que pasa la tormenta. Lo polémico ahora sería la representación, en pleno 2010, de una pareja tan convencional como ésta, pero al mismo tiempo significa nuevos bríos para un director que, rozando los 70 años, sabiamente consulta en el diccionario “optimismo”, palabra nada gratuita para alguien dedicado a construir una filmografía que ha atendido inteligentemente y sin adornos las problemáticas sociales complejas que se han suscitado en la Inglaterra de los últimos cuarenta años.

 

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