El Britpop*, reconocido como un movimiento británico de rock alternativo que a mitad de los 90 tomó prestadas influencias de la "Invasión británica"; de los años 60 y 70 (The Beatles, The Rolling Stones, Pink Floyd, etc.) y que fue encabezado principalmente por bandas como Oasis, Blur y Suede, es como Sebastián Suárez autodenife su proyecto musical llamado Mind Noise, ideado durante la estancia del joven cantautor en Oxford, Inglaterra como estudiante de ingeniería en audio, donde compuso todo el material que a su regreso a México en este 2005 produce en un formato de banda rock- pop integrada por cuatro músicos de estudio y para su debut en el Lunario han invitado a una pequeña sección de cuerdas como acompañantes.
Es así como el grupo presenta canciones donde la influencia formal del Britpop no es muy notoria; acaso Suárez se ha inspirado en grupos menos comerciales, pero por el ánimo tendiente a crear melodías, letras -la gran mayoría en inglés- y ambientes melancólicos, su música suena mucho más inspirada en las estructuras de Los Beatles y las ambientaciones del Pink Floyd de mediados de los 70, y no tanto en el ánimo celebratorio del Britpop noventero.
Las de Suárez son composiciones sencillas y testimonios sonoros de un viaje geográfico e interno que siguen una línea de tristeza y nostalgia proyectada en la presencia escénica del cantante y guitarrista. Sin demostrar demasiado nerviosismo pero reservado e introvertido, interactúa con el público sólo cuando comenta el título de las canciones o traduce del inglés para los asistentes no bilingües, y la mayor parte del tiempo la pasa tras el micrófono, tocando su guitarra acústica, con los ojos cerrados, concentrándose en alcanzar las notas con su limitado y poco expresivo rango vocal.
La inspiración estilística es, en efecto, bastante vaga, no sólo en la lírica que pocas veces se podía distinguir nítidamente por quienes entendieran inglés. Sus letras están caracterizadas por una tendencia al escapismo como alternativa a la “dura realidad”, hablan de encontrar el camino a casa, de un angustiante hoyo negro en el cielo, la necesidad de volar alto, lejos de los problemas, o de unirnos “en estos difíciles tiempos de terrorismo” (un día antes se habían manifestado los atentados con bomba en el transporte público de Londres) y de encontrar la felicidad. La interpretación de la banda es técnicamente precisa no obstante los solos de guitarra que resultan largos, rebuscados e innecesarios y en lugar de acentuar algún pasaje, sirven
más para el lucimiento del instrumentista y terminan por distraer la atención de una canción de estructura sencilla, que intenta transmitir un sentimiento sin muchas complicaciones.
Este primer elemento, el de la guitarra, sería más entendible en una banda de rock progresivo pero no en una banda inspirada en el Britpop. Un segundo elemento serían las cuerdas que comienzan a crear ambientes pero pronto reemplazan melodías poco distinguibles; y otros detalles como el incorporar una canción trilingüe —inglés, español y chino— en la que finalmente no se distingue ni una palabra y parece más un experimento gutural injustificado, denotan una visión estética apresurada.
Sin embargo, ni las autodefiniciones de género poco comprobadas ni
los clichés interpretativos impidieron al público, treintañero en su mayoría, estar atento durante la hora y pico del concierto e incluso mostrarse generoso en sus aplausos y pedir un encore al que los músicos accedieron con gusto, un par de temas más, no sin antes dar una salida triunfal, en la cual el líder desaparecía del escenario y dejaba a sus compañeros terminar la última canción, justo antes de las doce en punto.