Estado actual del documental mexicano, rumbos
y perspectivas
El cine, como la poesía, es inherentemente capaz de presentar un
número de dimensiones mucho más profundas que el nivel de la tan llamada verdad
que encontramos en el cinema verité e incluso en la realidad misma, y son estas
dimensiones las áreas más fértiles para los cineastas. Realmente espero ser de
los que entierren al cinema verité para siempre. Afortunadamente, cada vez
parecen haber más cineastas y público que entienden esto. Chris Marker y Errol
Morris son dos nombres que me vienen a la mente. El cinema verité es la verdad
de un contador; apenas si bordea la superficie de lo que constituye una forma más
honda de la verdad en el cine. – Werner Herzog, 2002.
El cine mexicano contemporáneo
tiene en el documental al género que mayor variedad de miradas y propuestas
narrativas autorreflexivas aporta a modo de diálogo entre creadores y público. En
años recientes ha ganado espacio en cartelera y hoy día cuenta con festivales y
encuentros de primer orden como DocsDF, Ambulante o la sección Cámara Lúcida
del FICUNAM.
Más aún: el documental auspicia
actualmente, como ningún otro género, al cineasta como autor, porque una línea personal, estilística y temática, se puede
observar en el corpus fílmico de Everardo González, Ulises Guzmán o Juan Carlos
Rulfo, por mencionar algunos nombres que en efecto, han consolidado una obra
más significativa que cuantitativa, que se puede distinguir casi inmediatamente
entre otras filmografías.
El documental autorreflexivo no
se refiere solamente a un punto de vista curado, sino que tiene que ver con el
cineasta repensando las posibilidades del género y rompiendo con esquemas
tradicionales del mismo. El de Everardo González es un cine completamente
desinteresado en ofrecer “un retrato de la realidad”, esa máxima que aún permea
como inobjetable entre algunos realizadores y público. Consciente de que
semejante tarea no sólo es imposible sino enormemente arrogante (¿qué es *la*
realidad?), González se concentra más en filmar un punto de vista personal, y,
más al modo de los géneros periodísticos de opinión que informativos, dar
rienda suelta a su subjetividad.
Una de las temáticas en las que
mejor se desenvuelve González es el relato histórico, y en particular, las
disputas por el poder que se inician desde abajo a modo de resistencia, como
fue el caso de las guerrillas latinoamericanas durante prácticamente toda la
década del 70. Su cinta El cielo abierto
está basada en la obra-vida de Monseñor Óscar Romero como una figura de la
religión católica que de mediador, se pasa del lado de la resistencia popular y
consecuentemente es perseguido y asesinado. González tiene claramente una postura
que busca reivindicar y simpatiza con la figura histórica de Romero y la
teología de la liberación.
Con una temática semejante se
puede ubicar a la ópera prima de la mexicana-salvadoreña Tatiana Huezo, “El
lugar más pequeño” (México 2011). La realizadora se interesa más por los
efectos devastadores que la guerra civil tiene en quienes sobreviven a ella. El
tratamiento que la cineasta da a los elementos tradicionales del documental,
como el testimonio y la entrevista, es subjetivo. Los personajes no cuentan la
historia, sino que reflexionan sobre ella. La cámara no se posa frente a ellos,
sino que los acompaña.
En este tenor del documental
como una narrativa íntima, se encuentra el trabajo de Juan Carlos Rulfo. En el
hoyo (México, 2006) es un recorrido del día a día de los obreros que en
aquellos años construían el segundo piso del Periférico del Distrito Federal.
En esta película se pueden apreciar primeros planos, tomas suspendidas y
tratamientos sonoros que conforman una poética del documental mexicano. Rulfo
manipulaba estos elementos para darle hondura a los testimonios de los
trabajadores, muchos de ellos confiando a la cámara íntima del cineasta, sus
sueños y aspiraciones mientras se encontraban, literalmente, a un paso del
vacío.
Con menos propensión por la
poética pero igualmente íntimo es el documental de Ulises Guzmán, Alucardos
(México, 2011), una alusión emotiva al cineasta Juan López Moctezuma y su
película de culto Alucarda (México, 1978). En Alucardos, Guzmán ofrece una
vuelta de tuerca a la mitad del filme, al desplazar su interés por la obra y
vida de López Moctezuma, a la influencia que este realizador tuvo sobre sus dos
mejores cinéfilos. El cine que moldea vidas parece ser el relato de fondo en
uno de los documentales más originales de los últimos años.
Pero el documental tradicional mantiene
su prominencia, como es el caso de Roberto Hernández y Geoffrey Smith con
Presunto culpable (México, 2008), un
filme que denuncia la corrupción del sistema judicial mexicano, centrándose en
el caso de un convicto al que se le han imputado delitos basados en pruebas
apócrifas. El caso de Toño, el presunto culpable, suscitó enorme polémica en un
contexto de enorme descomposición de la vida pública en México. Presunto
culpable no se puede entender fuera del marco de la violencia institucional del
país, en el que la vasta mayoría de los delitos graves quedan impunes, mientras
se encarcela a ciudadanos inocentes. La intención de los cineastas es
claramente de denuncia, pero su película nunca pierde la dimensión emotiva del
relato, contada sobre todo con primeros planos al protagonista, cuyos silencios
y miradas perdidas, al vacío, dotan de profundidad a la narración verbal.
Presunto culpable no sólo indigna, ese término tan de moda, sino que afecta.
Finalmente, otra de las perspectivas
actuales y más interesantes del género es la frontera borrosa entre el
documental y la ficción, o “docuficción”, que se puede observar en el trabajo
de Pedro González Rubio, Alamar (México, 2010). Premiada en diversos
festivales, Alamar trata de una relación filial escenificada en una reserva
natural del caribe mexicano, y tiene un planteamiento visual altamente
metafórico y seductor (indispensable verla en pantalla grande), en el que el
cineasta pone en entredicho la rigidez de los géneros, consumando un estilo
personal que hay que seguir de cerca.
