Los devotos del cine de ciencia ficción, y en particular de uno de sus autores quid, Ridley Scott (Inglaterra, 1937), experimentarán el estreno de lo que promete ser el regreso del director a las grandes ligas del género, después de una filmografía vacilante y varios años en los que abandonó la silla para dedicarse a producir títulos de cuestionable calibre.
El mito
Prometheus está concebida como el antecedente de la saga Alien («el ADN de Alien», ha declarado su director), y su objetivo es develar las causas del desastre que acontece en Alien (1979) y sus secuelas. Los cinéfilos recordarán que Prometheus es el nombre de la nave donde se suscita esa cadena de horrores que amenazan la misma supervivencia de la especie humana, mas no se debe perder de vista que la referencia al Prometeo de la mitología griega, creador mismo de los humanos, es todo menos azarosa.
El error original en la mitología imaginada por Ridley Scott es cometido por un equipo de científicos que se propone descubrir los orígenes de la humanidad, hallando en el proceso lo opuesto. Su curiosidad tan ingenua como humana, los llevará a abrir, metafóricamente, la caja de Pandora, aquella mujer que Zeus destinó como uno de los castigos a los desafíos de Prometeo.
La producción
Para esta obra titánica, Scott de nuevo ha hecho mancuerna con su viejos colegas Walter Hill y David Giler, productores originales de ese clásico de la ficción. Pero la 20th Century Fox no ha cedido un cheque en blanco a Scott. Para asegurarse una audiencia masiva, la casa productora asignó al guionista Damon Lindeloff (creador de la serie de TV Lost) rehacer el guión junto a Scott. Más que una restricción, este reacomodo en la historia le ha servido al director para conformar una nueva mitología que no se debe en su totalidad a Alien.
Aunado a estas condiciones favorables, el inglés ha convocado a un equipo de trabajo de primer orden. Si la ciencia ficción producida en Hollywood durante la última década ha recaído casi en su totalidad en la solidez de su guión (La guerra de los mundos, 2005) o en lo atractivo de su planteamiento visual de última tecnología, como fue el caso de Inteligencia Artificial (2001), Star Trek (2009) o Avatar (2010), el personal actoral listado en Prometheus sugiere que el vigor principal de esta cinta residirá en la capacidad histriónica de los protagonistas: dos europeos cuyo talento está desbancando sobrevalorados histriones estadounidenses.
La toma de Hollywood por los europeos
Noomi Rapace. La interpretación que esta sueca de 33 años dio a Lisbeth Salander en la trilogía Milenio (Suecia, 2009) le generó una copiosa lista de nominaciones y premios, así como fama internacional. Se rumora que Ridley Scott quedó tan impresionado con su actuación, que le aseguró el rol principal en Prometheus, y que ni siquiera tuvo que hacer audiciones. Noomi tiene en el teatro y en el cine de autor nórdico algunos de sus mejores trabajos. Hay que rastrear las películas Daisy Diamond (2007) y Babycall (2011) para comprobar que esta actriz requiere de muy pocos adornos para ofrecer interpretaciones impecables.
Michael Fassbender. Lo mismo puede decirse de este irlandés, que el año pasado fue uno de los nombres más alabados en Hollywood. Su interpretación como el líder del Ejército Revolucionario Irlandés, Bobby Sands, en Hunger (2008), fue de las más memorables y premiadas ese año. Fassbender ha llevado un ritmo frenético en su filmografía del último lustro, combinando producciones hollywoodenses con cine de autor. En Prometheus da vida a David, un androide que recuerda a Roy Batter, el replicante interpretado por Rutger Hauer en Blade Runner (1982).
Guy Pearce. El solvente actor de Memento y The Hurt Locker aparece brevemente en Prometheus, pero su intervención como la cabeza de la siniestra Weyland Corp. (http://www.weylandindustries.com/) asegura que la avaricia organizada es un componente primordial en la debacle humana.
Tras las cámaras
Aunado a estos tres interesantes nombres, hay que prestar atención a la cinematografía a cargo de Dariusz Wolski. Su trabajo más memorable se puede ver en los claroscuros expresionistas de El Cuervo (1994), y más recientemente en la versión que hizo Tim Burton de Alicia en el país de las maravillas (2010). Wolski sustituye así al cinefotógrafo de Alien, Derek Vanlint, que seguramente hubiera sido convocado por Scott para esta ocasión, de no haber sido por su inesperada muerte en 2010.
Finalmente, una de las contribuciones más esperadas es la del artista suizo HR Giger, creador del diseño visual distintivo de Alien. En Prometheus se explorará la historia de la escalofriante criatura Space Jockey, también conocido como El Piloto. El equipo de producción construyó este animatronic de casi 2,50 metros de largo bajo la supervisión de Giger, lo que constituye en sí mismo todo un acontecimiento que hará el deleite de los seguidores de este singular creador.
A sus 74 años, Ridley Scott no está dispuesto a ceder la estafeta como uno de los directores de ciencia ficción con las signaturas mas distintivas y vigentes.
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Blade Runner y Tron: conmemorando dos filmes de culto
Blade
Runner y Tron: conmemorando dos filmes de culto
Han pasado 30 años desde aquel verano cuando
Hollywood legó algunas de las películas más icónicas de los 80. Blade Runner,
Tron, Regreso al futuro, y E.T. el extraterrestre, entre otras, nos hablan de
que su año de producción fue mucho más que una coincidencia. El hilo conductor
de estas películas es un espíritu de competencia y de exploración por
narrativas enmarcadas dentro de la entonces incipiente industria informática.
Si en efecto 1982 era el año que presagiaba una revolución en la computación
personal -la primera computadora portátil, una Macintosh, sería introducida al
público al año siguiente-, los directores avezados en géneros como la ciencia
ficción y la inteligencia artificial, tomaban nota de las posibilidades
fílmicas que permitían las nuevas tecnologías. En el caso de Blade Runner y
Tron, los resultados no podían ser más diferentes, pero igual de
significativos.
TRON o el nano evangelio
Gran parte de la puesta en escena de esta
arriesgada cinta de ciencia ficción acontece en un ambiente generado por computadora
(CGI), yuxtapuesto sobre escenas reales, o no cibernéticas. Para el director Steven
M. Lisberger esta cinta fue la culminación de un largo periodo de experimentar
con tecnologías computacionales, para profundizar en sus intereses centrados en
la fantasía y la animación. Su cinta Animalympics de 1980 no fue sólo un ensayo
importante, sino que le abrió las puertas de la Warner Bros. Ya instalado ahí y
con un generoso presupuesto a su disposición, Tron se basa en la vieja premisa
del hombre vs. máquina. Su antecedente más obvio sea quizás Odisea, 2001 de
Kubrick, no sólo en la adopción de una estética futurista, sino en ese dilema
ético tan propio de la modernidad. El programador genio de Tron es “absorbido”
por la máquina. Una nano versión suya (especie de avatar) tendrá que luchar con
el mal supremo, Master Control (que por momentos recuerda a Hal 9000), cuyas
ulteriores intenciones son hacerse del poder de los humanos, accediendo a los
sistemas protegidos del Pentágono y de la KGB, en la entonces Guerra Fría.
Los elementos de esta cinta, que provocaron
una fascinación entre los adeptos de la ciencia ficción, fue la imaginativa
estética adoptada por Lisberger, que requirió tanta mano de obra como cualquier
película épica. Se cuenta que las escenas de acción fueron filmadas en blanco y
negro, para ser coloreadas a mano en un segundo proceso. Con las herramientas
de edición que tenemos hoy día, las tecnologías de 1982, no obstante lo
primitivas que parecen, sólo añaden mérito a sus creadores fílmicos. Los
trajes, escenarios y naves en los que se transportaba el protagonista Flynn,
sentaron en buena medida la estética cibernética de la década. Transformers,
por ejemplo, es completamente deudora de las naves que sobrevuelan el
ciberespacio de Tron.
La yuxtaposición de imágenes obedece no a la
imposibilidad de crear un ambiente 100% digital, sino precisamente a
representar visualmente la relación entre máquina y humano. A diferencia de
Odisea 2001, el dilema de Flynn es poco sutil en el sentido de que remite
inmediatamente al relato judeocristiano del creador de un diseño supremo, que
se sacrifica por el bien común en un mundo opresivo. Es posible que la premisa
de la película, más religiosa que filosófica, le haya costado un
posicionamiento muy lejano respecto a su contemporánea Blade Runner, con todos
los elementos para ser considerada una película de culto, pero que incluso ha
logrado sobrepasar esa categoría.
BLADE RUNNER. Si escuchas lo suficiente a la
máquina, la máquina te habla.
Para 1982, el inglés Ridley Scott ya contaba
con una importante carrera como director de ciencia ficción. En 1979 había
fincado las bases de Alien. Scott, menos adepto a mitificar la tecnología, sino
a hallar las aristas de la condición humana por medio de ella, ha basado sus
mejores filmes en novelas clásicas de la literatura contemporánea. Blade Runner
es la adaptación libre de la novela ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas? del autor estadounidense Philip K.
Dick.
La puesta en escena ocurre en un futuro sombrío
y decadente, donde unas máquinas (“Replicantes”) diseñadas a la imagen y
semejanza de los humanos, hacen trabajo de esclavos. Después de que los
Replicantes organizan un motín, se les prohibe la estancia o el regreso a la
Tierra. Perseguidos inclementemente por la policía (Blade Runners), pronto la
relación entre ambos será como una especie de espejo que cada uno atraviesa
hacia el lado opuesto: el humano, en pleno proceso de deshumanización, escucha
de parte de una máquina a punto de expirar, más del significado que de
cualquier sabio, de su padre, o de cualquier fuente que en este futuro
oprobioso, carecen de importancia.
Más autómata que las máquinas, el policía
interpretado por Harrison Ford adquirirá su inconmensurable grado de humanidad
de la manera menos esperada: enamorándose de una Replicante. Este guiño a la
posibilidad del humano de aceptar e incorporar a su ser al otro, es la historia de amor más improbable, posible a pesar de
todos, epezando por ellos mismos, que tal vez ha calado más hondo en la
adoración que suscita el filme en generaciones de cinéfilos, no sólo de la
ciencia ficción, sino del cine sin más. La relación entre Rick Deckard y
Rachael es una de las pocas fuentes de luz en un entorno que sin ellos,
resultaría asfixiante.
El gran mérito de Ridley Scott fue la manera
de dar cuerpo a esta historia, impregnando su ambiente de un estilo noir, la
música enormemente emotiva del compositor griego Vangelis, y un conjunto de
espléndidas actuaciones por parte de Harrison Ford, Sean Young y un soberbio
Rutger Hauer como la máquina capaz de filosofar sobre las cuestiones centrales
de la existencia.
Las “nuevas tecnologías” de los 80 son hoy
meros artefactos de uso común. A 30 años de distancia y con el supuesto fin de
las ideologías, ¿qué tan vigentes son los argumentos principales de estas
películas? ¿Sigue la tecnología dando paso a la reflexión sobre la condición
humana, o se ha adecuado ésta, en nuestro contexto de niños esclavos cobrando
centavos por fabricar teléfonos-computadora de precios estratosféricos, cada
vez más a la distopía imaginada por Philip K. Dick?
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