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50 años de Lawrence of Arabia

Este año se cumplen 50 años de una de las películas más canónicas en la historia del cine. La épica dirigida por el británico David Lean...

Apr 18, 2012

Los Vengadores (Avengers)

The Avengers




















En esta década del cómic llevado a la pantalla grande, es innegable que la mancuerna entre esas dos industrias ha resultado una mina de oro para ambas. Después de los 90, cuando Marvel cayó en bancarrota, la legendaria casa editorial fue rescatada por varias compañías y diversificó su oferta de productos. Sus franquicias más reconocibles se adaptaron al cine con un éxito sorprendente para el público y los propios ejecutivos de la empresa. X-Men de 2000 abrió el camino con un magnífico resultado para las empresas y nombres particulares asociados, como los actores protagónicos, que a raíz de la cinta fincaron carreras y fortunas.


Spiderman de 2002 (protagonizada por Toby Maguire) recaudó más de 100
millones de dólares en la semana de su estreno. La adaptación de cómics
clásicos al cine se convertiría ipso facto en una fórmula altamente redituable y de probada popularidad. En esta titánica fusión de industrias del entretenimiento, no podría esperarse un género más apto para generar ganancias: el superhéroe. Y no es coincidencia que éste haya tenido semejante recepción precisamente en el contexto del 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo, impulsada por Estados Unidos.


Dentro de estas narrativas de heroísmo patriótico no podía faltar la adaptación de Superman, hecha por Bryan Singer en 2006, que, aunque desangelada y con un uso extremo de efectos de computadora, el simple nombre le significó una ganancia de casi 400 millones de dólares. Batman, el hombre murciélago que protagoniza una historia de heroísmo individual más matizada, fue recreada en cine por el talentoso director británico Christopher Nolan en 2005. Su versión fue aclamada unánimemente, así como la secuela de 2008 en las que probablemente sean las adaptaciones más arriesgadas del cómic al cine hasta el momento.


No se puede dejar de mencionar el cómic posmoderno y crítico del género de superhéroe que es Watchmen, escrita por el británico Alan Moore y llevado a la pantalla grande en 2009 por Zack Snyder, quien actualmente prepara su versión de Superman, que se estrenará el próximo año. En tanto, la división fílmica de Marvel, Marvel Cinematic Universe, ha producido en años recientes títulos como Hulk, Iron Man, Thor y el Capitán América, en una agenda felizmente saturada para los no pocos lectores de cómics.


En esta cartera de títulos que han hecho historia en las narrativas populares estadounidenses exportadas hasta el más insospechado rincón del planeta, no podía faltar otro clásico de la mitología historietística de ese país y que reúne a los últimos héroes individuales que Marvel ha llevado al cine: The Avengers.
Una historia creada originalmente en 1963, estos vengadores hacen lo mismo que el superhéroe individual, pero en grupo: rescatan al planeta de la destrucción mientras se aseguran de expandir sus valores como universales.


Si bien esta premisa resultaba un tanto obsoleta en aquella década de
importantes cambios sociales y disputas ideológicas, lo cierto es que este cómic fue creado como respuesta a los superhéroes colectivos que editaba la rival de Marvel, DC Comics. The Avengers cuenta con no pocos méritos: Marvel se encargó de contratar a los mejores del gremio de aquel entonces: Stan Lee y Jack Kirby, quienes buscaron hacer personajes más complejos, enfrentándolos a dilemas siempre dentro de las estrictas restricciones del género.


Los vengadores de 2012 han sido pensados en el contexto actual de
cooperación internacional (liderada siempre por Estados Unidos) contra las varias modalidades del crimen. El desafío es precisamente ese: ¿qué pueden aportar los personajes pensados para la posguerra, cincuenta años después? Puede que estos héroes trasnochados se rediman con su know-how, adornado de efectos visuales y una plantilla actoral muy atractiva: Robert Downey Jr (Iron Man en 2008)., Scarlett Johansson, Chris Evans, Mark Ruffalo y Samuel L. Jackson. Es interesante la elección de Downey, no hace mucho politoxicómano, para el protagónico, habiendo experimentado él una suerte de “segundo advenimiento” personal y profesional después de rozar la muerte en más de una ocasión.


La inclusión de Scarlett en el elenco pospuso el estreno de la película por casi un año. Ya la vimos junto a Downey en Iron Man de 2008, y tras alejarse de rodar películas “serias” por un rato, la rubia favorita de Woody Allen ha tenido que someterse a un intenso entrenamiento físico para interpretar a la Viuda Negra. Lo mismo puede decirse del modelo-actor Chris Evans, que ya ha protagonizado con bastante soltura al Capitán América (se esperan al menos dos secuelas de este superhéroe).


Quien parece tener el mayor desafío es Mark Ruffalo en el papel de Hulk. Es imposible disociar a Ruffalo de casi todos sus personajes de hombre común y desaliñado, por lo que esta actuación se perfila como un antes y después en su carrera. Con todo, The Avengers promete atiborrar las taquillas del fin de semana con sus poco más de dos horas de entretenimiento puro. En esta mega-producción pocos salen perdiendo y el festín es para fans del cómic y cinéfilos de extendida curiosidad.




Mar 12, 2012

50 años de Lawrence of Arabia



Este año se cumplen 50 años de una de las películas más canónicas en la historia del cine. La épica dirigida por el británico David Lean está basada en la autobiografía "Los siete pilares de la sabiduría" del teniente coronel T.E. Lawrence, estratega del ejército británico a favor de la Gran Revuelta Árabe contra el Imperio Otomano (1916-1918). Pero la historia que se cuenta de Lawrence se debe en gran parte a las libertades tomadas por el entonces joven historiador, dramaturgo y guionista Robert Bolt, más interesado en indagar en las motivaciones más ondas del emblemático cuan enigmático Lawrence, que en ofrecer un mero retrato realista o de época.

El ambiente de intensa actividad política ligada a todas las disciplinas artísticas que se dio en la década del 60, no es uno que haya escapado a algunas de las súper producciones de Hollywood, como fue este proyecto asignado por Sam Spiegel (productor de Elia Kazan) a David Lean, para entonces un avezado editor y director que se había forjado una voz propia durante la década del 40 con títulos como This Happy Breed (1944), Blithe Spirit (1945) o Brief Encounter (1945), y algunas adaptaciones de la obra de Charles Dickens. Para los 50 se adentra en la industria fílmica estadounidense con Summertime (1955), sin despegar el ojo de los acontecimientos fílmicos del viejo continente, particularmente la Nueva ola francesa.

En 1957 filma su primer gran cinta épica, “grande” en más de un sentido, como será su sello. The Bridge on the River Kwai es la historia de prisioneros de guerra norteamericanos y británicos en el Japón de la Segunda Guerra Mundial, un trabajo que le valió a él y sus más cercanos colaboradores sus primeros Óscares. Para entonces Lean se había convertido en un esteta perfeccionista que seleccionaba con cuidado sus proyectos y se tomaba su tiempo para desarrollarlos. Claude Chabrol contaba la anécdota de que tanto él como Lean podían esperar por siempre para filmar un atardecer perfecto, pero que ese “para siempre” significaba en su caso unas cuantas semanas, y en el de Lean, hasta meses. Como su guionista Robert Bolt, tras Lawrence of Arabia hay simpatías personales innegables por un personaje histórico que elude toda categorización.

Porque de T.E. Lawrence, el erudito políglota de intereses variopintos y más de Arabia que de su natal Inglaterra, se han escrito miles de páginas en libros de historia, de literatura y de crítica cinematográfica, y hasta la fecha, es un personaje inagotable, siempre en riesgo de volverse mito. Lean sabía bien esto, y más que ofrecer un retrato “fiel” o demasiado apegado a los hechos, escogió una ruta mucho más desafiante de las reglas mismas de la épica. En apariencia una narrativa convencional, Lawrence of Arabia desmitifica, en primera instancia, al héroe viril; su protagonista es elusivo y su personalidad tan infranqueable como el mismo desierto que le obsesionaba.

Lean, emulando a Lawrence, piensa su película estratégicamente. Otro segundo gran punto de ataque es el colonialismo del ejército británico, importando modernidad y razón a lo que ellos llaman, una y otra vez, la atrasada Arabia de salvajes. No es ingenuo preguntarse qué hacía un hombre con la preparación y la sensibilidad de T.E. Lawrence ayudando al ejército británico en aquél entonces. Una hipótesis es que era su manera más expedita de escapar de Inglaterra rumbo a la región en la que se había hecho experto desde su carrera como arqueólogo e historiador. El bagaje cultural de Lawrence era el “activo” más importante de los británicos en esa región.

Un tercer punto es que Lean se cuida de no santificar a su personaje. Aunque al principio Lawrence funge más como un estratega claramente a favor de los intereses árabes para liberarse del Imperio otomano, y opta por regalar su pistola y desentenderse de cualquier acto de violencia, la realidad de la región pronto rebasa esta genuina postura. En la profundidad del desierto y como militar, pronto se adentra en el infierno que es la “lógica” de la guerra, y no sale impoluto.

 Un cuarto punto que David Lean ataja políticamente sin reserva y estéticamente con una sensibilidad no muy frecuente en Hollywood, es el vínculo homoerótico entre Lawrence (interpretado exquisitamente por Peter O’Toole) y su compañero de combate Sherif Ali (Omar Sharif), nunca concretado físicamente, pero sí más fuerte después del aprisionamiento y violación de Lawrence en una celda turca. La escena es tan poderosa por la manera en que sugiere la brutal agresión y el efecto devastador en el protagonista, que no sorprende su censura en una de las ediciones que le hicieron a la película. La restaurada de 1989, en la que intervinieron cinéfilos de primer orden como Martin Scorsese, y pensada para ser proyectada en pantallas de 70mm, ha dejado intacta esta parte fundamental de la historia.

Una cinefilia realmente comprometida programaría y vería esta película precisamente en la edición restaurada, y proyectada en una pantalla especial para su tamaño, como era la intención del director. Aunque los cánones del cine se deberían proyectar rutinariamente, la ocasión de los 50 años de este clásico amerita que se acondicionen salas especiales para que las nuevas generaciones la conozcan, y las viejas se quiten la espinita de haberla visto injustamente reducida en la pantalla de su televisor o computadora.


 

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